Pensando el populismo y la democracia

La revista Este país publica la traducción de un texto escrito por el profesor del Collège de France Pierre Rosanvallon en el que nos invita a pensar y comprender, críticamente, la democracia y sus posibles desviaciones, para anticiparnos, creativamente, a esa respuesta simplificadora (y simplona) que suele ser el populismo. Precisamente porque el populismo es connatural a la democracia, estamos obligados, como ciudadanos, a revisar, cuestionar y, sobre todo, complicar nuestros regímenes democráticos; insistir en la igualdad, el reconocimiento de la pluralidad y el arraigo de una verdadera cultura democrática. Una “vida común que no es simplemente la de los grandes momentos solemnes de efervescencia electoral o festiva, sino que está constituida por la cotidianidad, por la confianza común, por la redistribución, por el hecho de que se compartan los espacios públicos”.

La crisis de la representación política, la desigualdad creciente, la exclusión y otro tipo de disfunciones de la democracia ofrecen la oportunidad para que los populistas asomen la cabeza y convenzan. Simplificar la democracia a un festejo electoral, en lugar de darle mayor sustancia, nos coloca ante el riesgo latente de una simplificación más costosa: el populismo. Rechazar el discurso populista sin oponerle un proyecto o una idea de reinvención democrática, es abonar, en los hechos, al desencanto ciudadano con la democracia.

Escribe Pierre Rosanvallon:

Hay dos palabras que hoy se miran como perros de cerámica: pueblo y populismo. Paradójicamente, del fundamento positivo de la vida democrática se deriva un término negativo. Se execra el populismo en tanto que se exalta el principio de la soberanía del pueblo. ¿Qué encubre sospechosamente esta paradoja?

Para aclarar la cuestión, primero es necesario partir de la idea de que el pueblo es efectivamente el principio activo del régimen democrático, pero que es una fuerza indeterminada. Hay, en efecto, una distancia entre la evidencia de un principio –la soberanía del pueblo– y el carácter problemático de ese pueblo como sujeto.

En segundo lugar, está el carácter también problemático de las instituciones y los procedimientos por los que se expresa el pueblo. ¿Existe el sistema representativo porque la representación directa es imposible en una sociedad grande? ¿O existe porque el sistema representativo tiene virtudes propias, por la obligación que lo conduce a deliberar, a explicar en público? Esto no ha sido verdaderamente resuelto nunca.
Es necesario partir, entonces, de esta doble indeterminación para comprender las relaciones equívocas entre las referencias positivas al pueblo y el empleo suspicaz de la noción de populismo. La tercera indeterminación concierne al hecho de que el pueblo no es simplemente un principio ordenador, sino que es también sustancia y forma social de la democracia. Es el rostro de la gente común, la forma de una sociedad de los iguales. Hoy en día podemos decir que el pueblo está en crisis. Hay una crisis particular de la representación. Y por otro lado, la sociedad ya no forma un cuerpo, está dislocada por las desigualdades.

En una primera aproximación, se podría decir del populismo lo que Marx decía de la religión: que es a la vez síntoma de una miseria real y expresión de una ilusión. Es el punto de encuentro entre un desencanto político, debido a la representación fallida, a las disfunciones del régimen democrático y a la no-resolución de la cuestión social de hoy en día.

El populismo es una forma de respuesta simplificadora y perversa a esas dificultades. Es por eso que no podemos solamente aprehenderlo como un “estilo político”, como algunos lo llaman, reduciéndolo a su dimensión demagógica.
Antes que comprender el populismo, es mejor comprender la democracia con sus riesgos de desviación y confiscación, con sus ambigüedades y su inconclusión también. No contentarse con un rechazo pavloviano y automático para hacer de la palabra populismo un espantajo impensado. La cuestión del populismo es, en efecto, intrínseca a la de la democracia.

Y nos podemos plantear aquí una pregunta: ¿acaso el siglo xxi no está en vías de convertirse en la era de los populismos, como el siglo xx fue la de los totalitarismos? ¿No es ésta la nueva patología histórica de la democracia que está en vías de sentar plaza?

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Política, Revistas culturales. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s