La vejez: un orgullo premoderno

En su ensayo Senilidad y postmodernidad, publicado en La Jornada semanal, Fabrizio Andreella escribe una brillante reflexión sobre lo que implica sobrevivir en un cuerpo anciano acicateado por las fantasías, las imposturas estéticas y los deseos de la actualidad. Para el anciano, las arrugas de su rostro, la blancura de su cabello y la flacidez de sus músculos son prácticamente una delación (que padece como algo intolerable y vergonzoso), un señalamiento de desajuste entre la naturaleza y los valores cuasi religiosos de juventud, perfección y belleza. Nada que la medicina, los cosméticos, los productos milagro y todo tipo de prótesis no pueden remediar u ocultar. La vejez ha dejado de ser sinónimo de sabiduría, experiencia, trayectoria, orgullo; hoy la vejez “se enfrenta con el reto grotesco del performance”. El viejo quiere verse y sentirse joven. ¿No debería ser al contrario?, se pregunta Andreella. “…Un cuerpo que relaja los músculos, que cede los cabellos y los dientes, que se despide de las pasiones, que desnuda el alma de su decoración corporal, ¿no es acaso una maravillosa confesión de haber vivido intensamente, sin esconderse a los ojos de los hombres y a la mano del destino?

Les comparto el siguiente fragmento del texto:

“Ponte de pie ante las canas y honra el rostro del anciano.” Con el lenguaje tajante de quien no admite derogaciones, así prescribe Dios a su pueblo a través de Moisés, según se lee en el Levítico (19,32). Hoy, en los países más ricos del planeta, una conducta social conforme o cercana a esa ley parecería una forma vacía y fastidiosa de tradicionalismo.

Frente al espejo, despertando en la mañana con el cuerpo adolorido, el anciano ve su rostro como una delación. Cada arruga lo acusa de no profesar la religión de la modernidad –la juventud– y sus valores sagrados de belleza y performance. Un culto que los regímenes totalitarios del siglo XX siempre han alimentado con la exaltación de cuerpos fuertes y disciplinados, aptos para exhibir la sumisión de la voluntad individual a la gloria colectiva.

Para sobrevivir a su senescencia, el mundo occidental hiperdesarrollado, que concibe la libertad como derecho de acceso a la visibilidad en el escaparate mediático, ha enmendado ligeramente ese culto de manera astuta: todo mundo, a cualquier edad, puede considerarse joven y actuar como tal.

Con este juvenilismo, la tijera entre natura y cultura, entre realidad e imaginación, entre deseo y goce, se abre implacablemente. Aquí es donde la experiencia concreta de la vejez sufre, púdicamente escondida a los demás, las heridas psicológicas de la ineptitud y de la insuficiencia. Porque la vejez, en un mundo senil que sueña y simula la juventud, puede llegar a ser un dolor ocultado.

II

Antes de fallecer, Alicia Montoya dijo: “Quiero que la muerte me agarre viva.” Creo que bien habría aprobado y aplaudido a Amélie Van Elsbeen, que hace dos años, en Bélgica, luchó para conquistar el derecho a morir con la eutanasia. No tenía ningún problema de salud, ninguna discapacidad o dolor físico. ¿Cuál era entonces el motivo de su súplica? El problema era su edad: tenía noventa y tres años y se sentía cansada de vivir. Su vejez era para ella incurable e insoportable.

Fácil sería “clinicalizar” la experiencia de Amélie tachándola de demencia depresiva senil. Pero su muerte (sí, su triste victoria llegó) revela mucho más si damos un paso atrás y nos preguntamos cuál es el contexto social en el cual puede nacer la aspiración a acabar con la vida por añeja.

Abraham o cualquier campesino de antaño moría “viejo y saciado de la vida” porque estaba dentro del ciclo natural de la vida; porque ya había recibido de su vida, al final de sus días, todo lo que la existencia le podía ofrecer; porque no le quedaba ningún enigma que resolver y podía así sentirse “satisfecho”. Por el contrario, un hombre civilizado, inmerso en un mundo que se enriquece continuamente con saberes, diferentes ideas y nuevos problemas, puede llegar a estar “cansado de la vida”, pero no “saciado”

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One Response to La vejez: un orgullo premoderno

  1. Ramiro says:

    Me gustaría saber a quien pertenece la foto de la anciana que se levanta la piel del rostro.

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