Entrevista con Umberto Eco

Revista Ñ traduce una entrevista con Umberto Eco publicada en The Guardian, en la que habla de su trabajo como académico, novelista, defensor apasionado del libro impreso, pero entusiasta, también, al menos como viajero, de los dispositivos electrónicos de lectura (en su caso un iPad).

El nombre de la rosa hizo famoso a Eco como novelista, pero también resultó difícil superarla. “A veces digo que odio El nombre de la rosa porque los libros siguientes probablemente fueron mejores”, admite. “Pero les pasa a muchos escritores. Gabriel García Márquez podrá escribir 50 libros, pero siempre será recordado por Cien años de soledad. Cada vez que publico una nueva novela, crecen las ventas de El nombre de la rosa. ¿Cuál es la reacción? Ah, un nuevo libro de Eco. Pero nunca leí El nombre de la rosa, que, por otra parte, es más barato porque está en rústica”. Se ríe, como suele hacerlo con frecuencia. La gran virtud de Eco es que es un intelectual que no se toma demasiado en serio. La vida, como la ficción, es un juego maravilloso.

Dicen, aunque es poco probable, que en una ocasión calificó a la película El nombre de la rosa de travesti. El solamente afirma que un filme no puede hacer todo lo que hace un libro. “Un libro como éste es un sándwich con pavo, salame, tomate, queso, lechuga. Y la película está obligada a elegir solamente la lechuga o el queso, eliminando todo lo demás –el lado teológico, el lado político. Es una linda película. Me dijeron que una chica entró en una librería y al verlo dijo: ‘Ay, ya hicieron el libro’”. Más risas.

El nombre de la rosa vendió –y sigue vendiendo– a paladas. Lo hizo rico, famoso, solicitado. Pero él optó por seguir enseñando en la Universidad de Bolonia y mantener su trabajo académico. Su bibliografía de obras de ensayo sobre lengua, cultura y creencia es vasta e imponente. Oculto detrás de Eco el novelista y Eco el presentador de televisión hay un filósofo y un crítico literario serio. Se ha dicho con frecuencia que construye sus novelas a partir de otros libros. El cementerio de Praga analiza las novelas del siglo XIX que fueron plagiadas en los Protocolos, y está estructurada como tal. Alexandre Dumas es el espíritu guía –sobre todo su novela Joseph Balsamo– y la inter-textualidad el nombre del juego de la ficción de Eco.

Adora los libros desde la infancia; creció en la ciudad de Alessandria en el norte de Italia con padres “pequeño burgueses” no muy lectores pero sí tenía una abuela a la que le encantaba leer. Leía con voracidad y sigue haciéndolo. Sus dos bibliotecas, en las casas que comparte con su mujer alemana Renate Ramge en Milán y Rimini, contienen 50.000 libros, entre éstos 1.200 títulos raros.

A los libros los llama “corredores de la mente” y recientemente co-escribió una extensa carta de amor al texto impreso llamada Este no es el fin del libro. Pero eso no lo convierte en un contrarrevolucionario digital. De hecho, para no tener que cargar un bolso lleno de libros, en este viaje trajo un iPad con 30 títulos cargados. Está convencido, no obstante, de su afirmación de que no estamos ante el fin del libro. Los dispositivos de lectura sirven para viajes largos y tienen ventajas en el caso de libros de referencia, pero los lectores comprometidos siempre ansían el carácter físico –“No sólo Peter Pan sino mi Peter Pan”.

El hecho de que pueda adaptarse a todo, desde los manuscritos iluminados hasta el iPad es lógico. Es optimista, ecléctico, eternamente joven, interesado en todo, tanto en debatir sobre rabanitos en su casa como sobre Proust. Le pregunto cómo será recordado –¿como novelista, crítico o erudito? “Se lo dejo a usted”, dice. “En general, un novelista tiene una vida más duradera que un académico, salvo que uno sea Immanuel Kant o John Locke. Pensadores ilustres de hace 50 años ya fueron olvidados”. ¿Está resignado entonces a que lo recuerden por El nombre de la rosa antes que por su contribución a la semiótica? “Al principio, tenía la impresión de que mis novelas no tenían nada que ver con mis inquietudes académicas”, dice. “Después descubrí que los críticos encontraban muchas conexiones y los editores de la Biblioteca de Filósofos Vivos decidieron que mis novelas debían ser tenidas en cuenta como un aporte filosófico. Entonces me rindo. Acepto la idea de que coinciden. No soy esquizofrénico”

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