Poemas de Rubén Bonifaz Nuño

Si yo digo ”amor”, quiero, al decirlo…

Si yo digo ”amor”, quiero, al decirlo,
decir algo firme y valedero.
Pero sé que miento al decir “nosotros”.

Gramaticalmente, me lo enseñaron
hace mucho tiempo, “tú” y “yo”, y no sólo,
sino “él” y “tú” y “yo”, rectamente
podemos llamarnos así: primera
persona, plural: “nosotros”. Es fácil.

Pero yo estoy solo, y estás sola,
y él está, calladamente, solo.
Y esta soledad me dice que escriba.
Me he vuelto ambicioso con la pobreza.

Tengo que escribir a voces que estamos,
que ya no es posible dormir, que cada
uno ha de morirse a gritos, cayendo,
para despertar a su vecino.

Si yo digo “amor”, espero, descanso.
Pero si de pronto alguno, solemne,
me dijera: “¿Sabes o te consta
que existe?”, yo sólo contestaría:
“Lo he leído, pienso, lo imagino;
existió el amor en otro tiempo.”
Será sin valor mi testimonio.

Siento. No es problema de inteligencia…

Siento. No es problema de inteligencia.
Tengo el simple orgullo de haber sido
siempre un amador de las mujeres.
Vivas, existentes, imaginadas,
muertas: incansablemente bellas.

Y recibí siempre lo que he dado;
es decir, un resto de amargura,
un sabor de pérdida, de costumbre
desesperanzada.

Y siempre acabé por sentirme
enfermo, sonámbulo, encarcelado
dentro de mi casa boquimuerta.

En mis tiempos, era de los niños
un juego inocente y sabio; cantaban:
“A la rueda, rueda de San Miguel,
todos traen su caja de miel”. Traemos.

¿Y hemos de llorar porque algún día…

¿Y hemos de llorar porque algún día
sufriremos? Sobre los amantes
da vueltas el sol, y con sus brazos.
Amigos míos de un instante
que ya pasó, regocijémonos
entre risas y guirnaldas muertas.

Aquí las águilas, los tigres,
el corazón prestado; en préstamo
dados el gozo y la amargura;
la muerte, acaso para siempre,
por hacerte vivir; por alegrarte
tengo, entre huesos, triste el alma.

¿Y habremos de sufrir, entonces,
sólo porque un día lloraremos?
Giran los amantes libertados
con la noche en torno. Entre guirnaldas
de un instante, amigos, mientras dura
lo que tuvimos, alegrémonos.

Del sueño a tu garganta, ola tras ola…

Del sueño a tu garganta, ola tras ola,
sube la asfixia del amor; estrecho
nudo ciñe tus hombros y tu pecho
y te angustia y te oprime y te arrebola.

Un gozo recordado llega y viola
tu soledad. Incéndiase tu lecho.
El corazón, en llamas, va deshecho
por los latidos de tu sangre sola.

Despertarás entonces, y las manos
te habrás de ver ya viejas y vacías,
espejo sólo de lo que has perdido.

Con largo afán, a tus instantes vanos
se llegará el aroma de otros días.
Y volverás los ojos con gemido.

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