Un retrato de Heinrich von Kleist

Al menos en la literatura y el cine, y no pocas veces en la vida real, es posible imaginar que dos amantes abracen a la muerte en forma voluntaria y por demás romántica a causa de no poder consumar su amor. Sin embargo, hay parejas que se quitan la vida porque comparten el infortunio de un desastre personal. Es el caso del escritor alemán Heinrich von Kleist y su eventual compañera de amor y tragedia Henriette Vogel, quienes hace 200 años, el 22 de noviembre de 1811, se suicidaron de común acuerdo. Días antes de su muerte, Kleist le confesó a su prima Marie: “Te juro que me resulta absolutamente imposible seguir vivo; mi alma está tan herida que casi diría que cuando asomo la nariz por la ventana, me lastima la luz del día”.

Les recomiendo mucho la lectura de El fracaso del romanticismo, un texto de Marcelo G. Burello, publicado por Revista Ñ:

¿Romántico yo?

Para empezar, aclaremos los hechos. La autoinmolación real del joven Chatterton y la autoinmolación ficticia del joven Werther habían instalado un mito poderoso entre los artistas de fines del siglo XVIII, en vísperas del Romanticismo, pero éste no es precisamente el caso. Kleist no murió por una mujer, sino con una mujer, y más aún, de común acuerdo con ella. Asimismo, desde el mitológico suicidio de los amantes Píramo y Tisbe, que entre otras cosas dio pie a la tragedia Romeo y Julieta , es común pensar que un hombre y una mujer se entregan a la muerte voluntaria porque no pueden consumar su amor, o bien porque uno halló al otro muerto y sólo pudo atinar a quitarse la vida en el acto. Pero a juzgar por lo que sabemos del pobre Kleist y de su eventual compañera de infortunio, Henriette Vogel, la funesta maniobra fue ante todo un producto de las respectivas catástrofes personales, y la frialdad con la que se llevó a cabo desmiente cualquier emoción violenta. Así lo indican al menos las cartas y notas que dejaron, con claras instrucciones y afectuosas despedidas, y así lo confirman las actas forenses que documentaron aquel escándalo, cuya tardía publicación renovó las acaloradas discusiones sobre la criminalidad de la muerte por mano propia. Y esas discusiones siempre empeoran cuando los suicidas muestran claramente ser gente cuerda y educada…

Por cierto, 1811 había sido un año pésimo para Heinrich y para Henriette. Desencantado con su temprana carrera militar, más forzada por la necesidad familiar que por vocación, él había emprendido sin éxito el camino de la literatura, incluso renunciando a la lírica para probar suerte con géneros más rentables (el lector quizá recuerde aquí la similar trayectoria de Edgar Allan Poe). Ella sobrellevaba la doble desgracia de un matrimonio infeliz y de un diagnóstico terminal, y sus precipitaciones sentimentales ya le habían ganado mala fama entre los círculos selectos a los que pertenecía. Así que el poeta que se sentía muerto en vida y la dama que se sabía pronto muerta decidieron poner fin a todas sus penas. Tras disfrutar de una última velada romántica en Wansee, al día siguiente orquestaron una elegante y cínica salida de este mundo: comieron frente a un lago, rieron, lloraron, retozaron, y al cabo Heinrich le dio a ella un tiro en el corazón y se pegó un tiro en la cabeza, hundiendo la pistola en su boca. Los dos disparos sobresaltaron por un instante a la fauna local, las garzas y los pavos reales. Ni los amargos críticos de él ni el avanzado cáncer de ella hacían pensar que todo sería tan rápido, tan eficaz, tan distinguido. Pocos días atrás, Kleist le había confesado a su prima Marie: “Te juro que me resulta absolutamente imposible seguir vivo; mi alma está tan herida que casi diría que cuando asomo la nariz por la ventana, me lastima la luz del día”. Y esa misma mañana le había dejado escrito a Ulrike, su queridísima hermana mayor: “La verdad es que nadie en la Tierra podía ayudarme”.

¿Quién fue este hombre terrible y con cara de niño, destinado a las armas y devoto de las letras, que en los cuarteles y las barracas escribía versos y en las redacciones y las oficinas siempre estaba a punto de pelearse con todos? El mismo se sentía identificado con su trágica heroína Pentesilea, una amazona angustiada y temible, y muy fácilmente podría emparentárselo con el que ha llegado a ser su personaje más famoso, el insondable Michael Kohlhaas, un fanático de la virtud. Alguna vez, Kleist supo decir que su existencia estaba regida por la “ley de la contradicción”, y así definió como nadie las tensiones entre las que vivía, bajo la creencia de que alguna lógica las regulaba. Por ello, hizo honor a su fe protestante y su patria prusiana y, pese a abandonar la milicia, se trazó un riguroso “plan de vida” que había de conducirlo a la consagración y a la felicidad. Pero había elegido un mal momento: del otro lado del Rin, la Revolución Francesa acababa de poner en marcha una ola de creciente inestabilidad a lo largo y a lo ancho de todo el continente, y no eran tiempos propicios para que un joven de escasos recursos y endeble formación dejara el uniforme y tomara la pluma

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