Sobre el retorno del PRI

En un largo y bien escrito ensayo, publicado en Letras Libres, Roger Bartra nos expone las diversas razones que a su parecer explican el ascenso del PRI en los últimos años y su eventual (casi digo trágico) retorno a la presidencia de la República. La izquierda y la derecha mexicanas perdieron una gran oportunidad para impulsar en los pasados dos sexenios una nueva cultura política, democrática; parece que, al contrario, asumieron las viejas prácticas clientelares y patrimonialistas del PRI (el PRD con ejemplaridad). Hay aquí, pues, una precaria cultura democrática. Bartra no vacila: “…nos oprime todavía el peso de una cultura política autoritaria, que se halla profundamente inscrita en la sociedad mexicana. Es la rancia cultura priista que, aunque ha retrocedido en muchos ámbitos, se ha extendido fuera del partido que la alimenta y ha invadido al PAN, al PRD y a las élites políticas”. Se trata de la conducta de los actores políticos y la sociedad. ¿Por qué preocupa tanto el regreso del partido del antiguo régimen, la restauración de lo que implicó el autoritarismo? Otra vez Bartra: “El PRI no tiene el monopolio absoluto de la corrupción, pero sin duda es el partido que simboliza más obviamente la impunidad, el fraude electoral, el desprecio por la ley, la simulación y la desviación de recursos gubernamentales”. ¿En verdad queremos retroceder?

Los dejo con el ensayo La hidra mexicana: el retorno del PRI:

Las fracturas en las corrientes políticas de izquierda y de derecha han auspiciado que en México se fortalezcan los representantes y herederos del antiguo régimen autoritario. La trágica falta de una convergencia entre las fuerzas democráticas de la derecha y la izquierda –entre el PAN y el PRD– propició, desde el año 2000, que creciera un pantano político, aparentemente mediador y centrista, alimentado con las aguas negras del antiguo autoritarismo. Ante las elecciones presidenciales de 2012 son evidentes las consecuencias políticas de estas fracturas: el PAN se presenta como un partido desgastado por el ejercicio aislado del gobierno durante dos sexenios y el PRD aparece como una corriente en franco deterioro electoral. Ni la derecha ni la izquierda lograron, por diferentes razones, fortalecerse como opciones plenamente modernas. En contraste, el partido del antiguo régimen se ha fortalecido notoriamente.

Todas las encuestas sobre las intenciones de voto hechas en 2011 dan como favorito al PRI. Muestran que desde 2009 las opiniones favorables a este viejo partido van en ascenso, mientras que el apoyo al PAN y al PRD desciende gradualmente. Este último queda en tercer lugar con un porcentaje que rebasa los quince puntos.

¿A qué se debe este ascenso del PRI? Aparentemente este partido, desde que perdió la presidencia, no ha dado ningún viraje espectacular, no ha modificado esencialmente su programa, no ha hecho una crítica pública de su pasado autoritario y sus dirigentes conservan intacto su viejo estilo de comportarse y de hablar. El PRI no parece haber absorbido nuevas ideas ni ha generado una novedosa u original visión de México. Leer los documentos del PRI es como sumergirse en la más plana grisura que nos podamos imaginar: no hay allí nada interesante, nada nuevo, nada imaginativo. Durante más de diez años, desde el gobierno de Ernesto Zedillo hasta las elecciones del 2006, el PRI sufrió un evidente declive electoral. Después de perder la presidencia en 2000, su peor momento fueron las elecciones de 2006, donde quedó relegado como una tercera fuerza. El espectacular choque entre Felipe Calderón y López Obrador ese mismo año indirectamente estimuló la recuperación del PRI. Aparentemente todo el trabajo lo hicieron sus dos contendientes –el PAN y el PRD–, que no fueron capaces de aunar sus fuerzas para impulsar un cambio profundo del sistema.

Así, en la sombra y calladamente, ha ocurrido una mutación muy importante en el PRI: se ha convertido en un verdadero partido político. Hay que recordar que el PRI, durante los decenios del autoritarismo, nunca fue un auténtico partido. Era la agencia electoral altamente centralizada de un sistema autoritario, encargada de captar el apoyo de la población por medios corporativos. Formaba un apéndice burocrático que se activaba durante las elecciones y que administraba con eficacia variable las dosis necesarias de fraude. Se convertía estacionalmente en el canal que usaban el presidente y los grupos políticos poderosos para repartir diputaciones, senadurías y gubernaturas. Este aparato mediador era controlado desde la Secretaría de Gobernación. Estrictamente hablando, el PRI no era el partido gobernante: era una mera extensión del gobierno

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