“La tos”, un cuento de Guy de Maupassant

Los cuentos de Guy de Maupassant serán siempre una delicia para el lector; pocas veces decepcionan. Páginas de espuma publicó en dos volúmenes los “cuentos completos” de este genio de la narrativa breve, traducidos por el premiado traductor Mauro Armiño. El Cultural ofrece en su página virtual, para nuestro placer, el relato “La tos“. Los invito a leer:

LA TOS
(La toux)

A Armand Silvestre

Mi querido colega y amigo,

Tengo un pequeño cuento para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si llego a contárselo bien, tan bien como aquella que me lo contó.

La tarea no es fácil, porque mi amiga es una mujer de ingenio infinito y palabra libre. Yo no poseo los mismos recursos. No puedo, como ella, prestar esa alegría loca a las cosas que cuento; y, reducido a la necesidad de no utilizar palabras demasiado características, me declaro impotente para encontrar, como usted, los delicados sinónimos.

Mi amiga, que además es una mujer de teatro de gran talento, no me ha autorizado a hacer pública su historia.

Me apresuro, por tanto, a reservar sus derechos de autor en caso de que ella quisiera, un día u otro, escribir la aventura. Lo haría mejor que yo, no lo dudo. Como tiene más experiencia en el asunto, encontraría además mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.

Pero vea en qué aprieto me hallo. Desde la primera palabra tendría que encontrar un término equivalente, y lo querría genial. La tos no es cosa mía. Para que me comprendan necesito al menos un comienzo o una perífrasis a la manera del abate Delille:

La toux dont il s’agit ne vient point de la gorge.

*

Dormía (mi amiga) al lado de un hombre amado. Era durante la noche, por supuesto.

Al hombre ella lo conocía poco, o, mejor dicho, desde hacía poco. Estas cosas ocurren a veces, en el mundo del teatro principalmente. Dejo que los burgueses se asombren. En cuanto a dormir al lado de un hombre, qué importa que se lo conozca poco o mucho, eso no modifica apenas la forma de actuar en el secreto del lecho. Si yo fuera mujer, preferiría, creo, los amigos nuevos. Deben de ser más amables, desde todos los puntos de vista, que los habituales.

En lo que se llama la buena sociedad, hay una forma de ver diferente y que no es la mía. Lo lamento por las mujeres de esa sociedad; pero me pregunto si la forma de ver modifi ca sensiblemente la manera de actuar…

Así pues, dormía al lado de un amigo nuevo. Es esa una cosa delicada y extremadamente difícil. Con un compañero antiguo, una está tranquila, no se preocupa, puede una darse la vuelta a su antojo, lanzar patadas, invadir las tres cuartas partes del colchón, tirar de toda la manta y envolverse en ella, roncar, gruñir, toser (digo toser a falta de otra cosa) o estornudar (¿qué le parece estornudar como sinónimo?)

Pero, para llegar a ese punto, se necesitan por lo menos seis meses de intimidad. Y me refi ero a gente que posea un temperamento familiar. Los demás siempre mantienen ciertas reservas, que por mi parte apruebo. Pero quizá no tengamos la misma forma de sentir sobre esa materia.

Cuando se trata de una nueva relación que podemos suponer sentimental, hay que tomar evidentemente algunas precauciones para no molestar al vecino de cama, y para conservar cierto prestigio, cierta poesía y cierta autoridad.

Ella dormía. Pero de repente un dolor interno, lancinante, móvil, la recorrió. Empezó en la boca del estómago y se puso a rodar descendiendo hacia… hacia… hacia las gargantas inferiores con un discreto ruido de trueno intestinal.

El hombre, el amigo nuevo, yacía tranquilo, de espaldas, con los ojos cerrados. Ella lo miró de reojo, inquieta, vacilante.

Usted, colega, se habrá encontrado en un estreno de teatro, con un catarro en el pecho. Toda la sala está ansiosa, palpita en medio de un silencio absoluto; pero usted ya no escucha nada, aguarda, enloquecido, un momento de ruidos para toser. A lo largo de su garganta se producen unos cosquilleos, unos picores espantosos. Finalmente ya no aguanta más. Peor para los vecinos. Y usted tose. Todo el teatro grita: «A la calle».

Ella se hallaba en el mismo caso, atormentada, torturada por unas ganas locas de toser. (Cuando digo toser, entiendo que usted hace la transposición).

Él parecía dormir; respiraba con calma. Desde luego, dormía.

Ella se dijo: «Tomaré mis precauciones. Trataré de soplar únicamente, muy despacio, para no despertarlo». E hizo como los que esconden la boca bajo la mano y se esfuerzan por despejar sin ruido su garganta, expectorando el aire con habilidad.

Sea que lo hiciese mal, sea que la comezón fuera demasiado fuerte, tosió.

Al punto perdió la cabeza. Si él la había oído, ¡qué vergüenza! ¡Y qué peligro! Oh, ¿y si por casualidad no dormía? ¿Cómo saberlo? Lo miró fijamente, y a la luz de la lamparilla de noche le pareció ver una sonrisa en su rostro de ojos cerrados. Y si se reía… entonces no dormía… ¿y si no dormía?…

Con su boca, la verdadera, trató de producir un ruido parecido para… confundir a su compañero.

No se parecía nada.

Pero ¿dormía él?

Ella se volvió, se agitó, lo empujó para saberlo con seguridad.

Él no se movió.

Entonces ella se puso a canturrear.

El señor no se movía.

Fuera de sí, lo llamó: «Ernest».

Él no hizo ningún movimiento, pero respondió al punto:

«¿Qué quieres?»

A ella le palpitó el corazón. Él no dormía; ¡no había estado dormido nunca!…

Le preguntó:

«¿No duermes entonces?»

Él murmuró con resignación:

«Ya lo ves».

Enloquecida, ya no sabía qué decir. Por fin continuó:

«¿No has oído nada?»

Él respondió, siempre inmóvil:

«No».

Ella sentía que le venían unas ganas locas de abofetearlo, y, sentándose en la cama:

«Pues me ha parecido…

-¿Qué?

-Que alguien andaba por la casa».

Él sonrió. Sí, esta vez le había visto sonreír, y él dijo:

«Déjame en paz, hace media hora que estás dándome la lata».

Ella se estremeció.

«¿Yo?… Me parece algo exagerado. Acabo de despertarme. Entonces ¿no has oído nada?

-Sí.

-¡Ah!, por fin, has oído algo. ¿Qué?

-¡Han… tosido!»

Ella dio un brinco y exclamó irritada:

«¡Que han tosido! ¿Dónde? ¿Quién ha tosido? Pero ¿estás loco? Responde».

Él empezaba a perder la paciencia.

«¿Quieres acabar con esa murga? Sabes de sobra que has sido tú».

Esta vez ella se indignó, chillando: «¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Qué yo he tosido? ¿Yo? ¡Que yo he tosido! Ah, está usted insultándome, ultrajándome, despreciándome. Pues bien, ¡adiós! No voy a quedarme al lado de un hombre que me trata así».

E hizo un movimiento enérgico para salir de la cama.

Él continuó con una voz fatigada, queriendo la paz a cualquier precio:

«Venga, tranquilízate. He sido yo el que ha tosido».

Pero en ella se produjo un nuevo sobresalto de ira.

«¿Cómo? ¿Que usted ha… tosido en mi cama… a mi lado,… mientras yo dormía? Y lo confi esa. Es usted innoble. Y cree que voy a permanecer junto a hombres que… tosen a mi lado… Pero ¿por quién me toma?

Y se puso de pie en la cama, tratando de pasar por encima para irse.

Él la cogió tranquilamente de los pies y la hizo tenderse a su lado, y se reía, burlón y alegre:

«Venga, Rose, tranquilízate de una vez. Has tosido. Porque has sido tú. Yo no me quejo, no me des la lata; estoy contento incluso. Pero vuelve a la cama, caray».

Esta vez ella escapó de un brinco y saltó al cuarto; y buscaba fuera de sí sus ropas, repitiendo: «Que se cree usted que voy a quedarme junto a un hombre que permite a una mujer… toser en su cama. Es usted innoble, querido».

Entonces él se levantó y, para empezar, la abofeteó. Luego, como ella se debatía, la acribilló a capones y, cogiéndola en volandas, la lanzó hasta la cama.

Y cuando ella estaba echada, inerte y llorando de cara a la pared, él se acostó de nuevo a su lado; luego, volviéndole la espalda también, tosió…, tosió con accesos… con silencios y repeticiones. A veces preguntaba: «¿Tienes bastante?», y como ella no respondía, él volvía a empezar.

De repente ella se echó a reír, pero se echó a reír como una loca, gritando: «¡Qué divertido! ¡Ay, qué divertido!»

Y lo cogió bruscamente en sus brazos, uniendo su boca a la de él, murmurándole entre los labios: «Te quiero, gatito mío».

Y no volvieron a dormirse… hasta el amanecer.

*

Esta es mi historia, mi querido Silvestre. Perdóneme esta incursión en su dominio. También esta es una palabra impropia. No es «dominio» lo que habría que decir. Me divierte usted tan a menudo que no he podido resistir al deseo de arriesgarme un poco tras sus pasos.

Pero seguirá siendo suya la gloria de habernos abierto, ampliamente, esa vía.

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