Epistolario de Charles Dickens

El Cultural publica una parte del epistolario amoroso (hasta ahora inédito en español) que el gran escritor Charles Dickens sostuvo con Maria Beadnell, a quien sus padres enviaron a París para alejarla de ese pretendiente sin futuro. “Para mí, el fruto de nuestro pasada relación ha sido, sin duda, la melancolía”, escribe Dickens. La correspondencia será publicada por Fórcola a finales de enero, en una edición de Amelia Pérez del Villar.

Dos cartas:

18 Bentinck Street
18 de marzo de 1833

Querida señorita Beadnell:
Sus propios sentimientos le permitirán imaginar, mucho mejor que cualquier intento mío de describirla, la penosa lucha que me ha supuesto tomar la decisión de seguir el camino que ahora escojo, un camino que no puede ser más contrario a mis deseos y sentimientos, pero que día a día se muestra ante mí como inevitable. Nuestros encuentros de los últimos tiempos, por una parte, han sido poco más que simples ocasiones de exhibir una indiferencia exenta de todo afecto y, por otra, nunca han dejado de mostrarse como fuente inagotable de desdicha y tristeza; y viendo, como no puedo evitar ver, que me he embarcado en una búsqueda que desde hace ya tiempo es más que desesperada -y perseverar en ella sólo conseguirá exponerme a un merecido ridículo- he tomado la decisión de devolverle este pequeño presente que recibí de usted no hace mucho (y que siempre he tenido, que aún tengo, en mayor estima que a cualquier otra cosa que yo pueda poseer) así como otros recuerdos que también incluyo de nuestra correspondencia de los últimos tiempos, que estoy seguro apreciará recibir dado que, habida cuenta de nuestras respectivas situaciones, estarán mucho mejor bajo su custodia que en mis manos.

¿Debo decir que nada hay más lejos de mi intención que herir sus sentimientos con las breves líneas que acompañan a este pequeño envoltorio? Soy probablemente la última persona del mundo que albergaría un propósito así. Pero me parece que ni es asunto ni momento para el juego frívolo, deliberado y calculador. […] Sería mezquino y despreciable por mi parte conservar un regalo de usted o guardar una sola línea de remembranza o de afecto suyo[…]

Tengo solo una cosa más que decirle, y la digo en mi descargo. Para mí, el fruto de nuestra pasada relación ha sido, sin duda, la melancolía. Durante mucho tiempo he sentido cómo iba apareciendo la sensación de total desolación y desdicha que ha sucedido a nuestra correspondencia. Gracias a Dios puedo hablar por mí, y sentir que puedo arrogarme el mérito de haber actuado en todo momento, durante el tiempo que duró nuestro intercambio, de manera justa, clara y honorable.

Bajo una capa de amabilidad y aliento un día, o con un comportamiento totalmente distinto al siguiente, yo siempre he sido el mismo. Siempre he obrado sin reservas. Nunca he pretendido ofrecer expectativas que sabía que no podría cumplir; nunca he consentido, indirectamente, que se albergaran esperanzas que no pretendía colmar. Nunca he servido de falso confidente al que confiar una historia enrevesada para mi propio beneficio y creo que nunca embaucaría (aunque Dios sabe que no es probable que se me presente la ocasión) a nadie mediante falsas esperanzas ni le utilizaría como escudo para impedir el avance a otros más afortunados y que sin duda lo merecieran más que yo. No he hecho nada que se pudiera decir que la ha hecho daño a usted. Y si he dicho (que no lo creo posible) alguna cosa que haya tenido ese efecto, lo único que puedo pedirle es que se ponga por un momento en mi lugar y hallará una explicación mucho mejor que la que yo pueda ofrecerle. Mi deseo de que sea usted feliz, aún viniendo de mí, no puede ser peor por sincero y honesto. Acéptelo con el valor que tiene, y crea que nada me causaría mayor contento, ni más verdadero, que saber que usted, el objeto de mi primero y último amor, es dichosa. Si es usted tan feliz como yo creo que puede serlo, entonces estará en posesión de todas las bendiciones que este mundo puede darle.

C. D.

18 Bentick Street
Domingo mañana [19-V-1833]

Estimada señorita Beadnell:
[…] He considerado y vuelto a considerar la cuestión, y he llegado a la conclusión, no cualificada, de que no permitiré que sentimiento alguno de orgullo o aversión altanera me impidan expresarme sin reservas. No voy a referirme a nada de lo que ha pasado; no trataré de justificar ninguno de los papeles que me ha tocado representar… Ni volveré sobre lo que alguna vez pasó entre nosotros. Lo único que haré es decir, abiertamente y cuanto antes, que no hay nada que desee más desde el fondo de mi corazón, nada que anhele de manera más sincera y honesta, que reconciliarme con usted. ¿Qué sentido tendría para mí repetir aquí lo que he dicho antes, con tanta frecuencia? Pues igualmente inútil sería mirar a lo lejos y determinar mis esperanzas en cuanto al futuro. Todo lo que puede uno hacer para levantarse con su propio esfuerzo y con asiduidad incesante yo lo he hecho, y lo volvería a hacer.

No tengo guía que me permita garantizar sus sentimientos presentes y tampoco, bien lo sabe Dios, tampoco tengo medios para encaminarlos a mi favor. Nunca he amado y nunca podré amar a ninguna criatura que vive y respira como la amo a usted. Hemos tenido muchas diferencias, y en los últimos tiempos hemos estado totalmente separados. La ausencia, sin embargo, no ha alterado mis sentimientos ni en lo más mínimo, y el amor que ahora le ofrezco es tan puro y duradero como lo fue en cualquier etapa de nuestra anterior correspondencia. Hasta el momento he hecho todo cuanto he podido por subsanar nuestro más desdichado malentendido. El asunto está ahora por completo en sus manos, y ha de ser usted quien decida al respecto, llevada por sus deseos y sentimientos. De mí mismo podría decir mucho, y podría asimismo rogarle que me diera una consideración favorable. Pero me abstendré de hacerlo, porque sólo sería repetir de nuevo una historia muchas veces contada […]. ¿Es preciso que diga que para mí esto es una cuestión de vital importancia y que me provoca una ansiedad extrema? Me temo que las numerosas alegaciones que deben manifestarse respecto a su tiempo y a sus atenciones para la próxima semana le impedirán responder a esta nota en un plazo de tiempo que mi impaciencia podría comprender. Permítame suplicarle que considere bien su decisión, sea cual sea, y déjeme implorarle que se comunique conmigo lo antes que pueda. Como estoy impaciente por llevar esta nota a la City, a tiempo para que le sea entregada hoy mismo, la concluiré rogándole que me crea cuando digo que quedo Sinceramente suyo

CHARLES DICKENS

(Continuar leyendo aquí)

Les recomiendo también Fuego escénico de Harold Bloom y Dickens. El observador solitario de Peter Ackroyd.

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