Carl Schmitt y la guerra

José Fernández Vega escribió un comentario interesante en Revista Ñ sobre el libro de ensayos que el filósofo italiano Carlo Galli dedica al pensador y jurista alemán Carl Schmitt. Para Fernández vega, hay en este libro una sólida lectura y reconstrucción de las ideas schmittianas sobre la política y la guerra que mucho pueden todavía contribuir para pensar esta era global de guerras justas (en las que hay buenos y malos), intervenciones humanitarias, lucha contra el terrorismo, derrocamiento selectivo de dictaduras, etc. Para Schmitt, el resurgimiento de la noción de guerra justa (luego de la Primera Guerra Mundial) significó una catástrofe política, legal y cultural: las distinciones entre enemigo político y criminal se difuminaban. La guerra dejaba de ser un derecho estatal para pasar a formar parte del derecho penal. En Nuevas visiones sobre la vieja ley de la guerra José Fernández escribe:

El ajusticiamiento de Hussein por un tribunal amparado por tropas invasoras, la muerte de Bin Laden por el grupo comando que ingresó a un espacio nacional de manera clandestina, el linchamiento de Kaddafi tras ser acorralado por ataques aéreos de la OTAN son ejemplos de otra manera de interpretar la globalización. En ella, el asesinato que burla legislaciones y soberanías se transformó en un recurso normal de las potencias democráticas.

Las excusas para este recurso son variadas: las urgencias que impone la lucha contra el terrorismo o la crueldad de las dictaduras; la seguridad mundial o los derechos humanos de las poblaciones. El discurso humanitario y el interés imperialista tienden a confundirse.

“¡Ríndete y tendrás un juicio justo!”, el viejo ofrecimiento del sheriff al malhechor, apenas evoca una civilización perdida a la que, sin embargo, se llamaba “salvaje oeste”. La jurisdicción del sheriff ya no tiene límites geográficos, pero su frase, según parece, no puede ser traducida al árabe.

Sin embargo, la reciente primavera en el norte de Africa mostró que los pueblos pueden librarse de sus dictadores limitando el baño de sangre. En la rebelión tunecina murieron 400 personas, y unas 850 en la egipcia. La intervención de la OTAN en Libia, con mandato del Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a la población civil, derivó en un conflicto cuyo número de bajas se calcula entre 5.000 y 25.000, sin contar heridos ni desplazados.

Los autócratas de la zona, por lo demás, habían sido aliados confiables de las democracias durante décadas. Por no hablar del olvidado Hussein, el Egipto de Mubarak era el mayor receptor de ayuda militar estadounidense después de Israel mientras que el tunecino Ben Alí encontró refugio en la monarquía saudita, el más firme aliado regional de EE. UU.. El humanismo occidental es selectivo. Hay tiranos amigos, a quienes se derroca cuando se salen de control (Hussein) o ya no garantizan la necesaria estabilidad interna para una normal provisión de materias primas (Gadafi). Es sólo en esos momentos cuando la Corte Penal Internacional advierte sus crímenes.

Como explica el filósofo italiano Carlo Galli en uno de los ensayos de La mirada de Jano, acabada la Primera Guerra Mundial, por motivos nacionalistas, el jurista alemán Carl Schmitt planteó que la imposición de reparaciones de guerra a la vencida Alemania implicaba un trágico cambio para la convivencia mundial. Con esa medida resurgía la vieja noción de guerra justa (cuyo correlato actual es la “guerra santa”) según la cual en los conflictos internacionales había una parte “buena” y una “mala”.

En consecuencia, esta última debía ser castigada por haber iniciado la conflagración y debía pagar por la destrucción ocasionada. La guerra se volvía un crimen punible, y dejaba de ser aquel recurso extremo, pero habitual y jurídicamente regulado, de las relaciones entre países que se consideraban enemigos mutuos pero no criminales. El escenario político mundial se volvía así un “uni-verso”, dejando atrás la categoría de “pluri-verso” compuesto por distintas soberanías que respetaban su individualidad aunque a menudo llegaran a combatirse. Este cambio implicaba, para Schmitt, una catástrofe política, legal y cultural. Porque las distinciones entre enemigo político y criminal común, entre la situación de paz y la de guerra, entre el ámbito interior y exterior de los Estados, quedaban suprimidas

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