La Folie Baudelaire

Basilio Baltasar escribe en su blog un breve comentario, cuya lectura se disfruta, sobre La Folie Baudelaire de Roberto Calasso, un homenaje al genio francés de la decadencia y una venganza contra Sainte-Beuve. Les dejo el texto:

El crítico literario que fue indulgente y escrupuloso con tantos mediocres, pero nervioso y huidizo cuando sospechaba alguna excelencia entre sus contemporáneos; el que fue maestro en la reticencia y muy diestro en el arte de masacrar elogiando, no podrá librarse de su maléfica inteligencia y aunque desee permanecer a resguardo en su reposo eterno, se verá perseguido por una posteridad irritada e implacable.

La Folie Baudelaire es un homenaje al estremecido genio, decadente, moderno, morboso y retorcido del gran poeta francés y al mismo tiempo la venganza que Roberto Calasso ejecuta con galante parsimonia contra Sainte Beuve.

No es necesario que el desagravio se extienda a lo largo de las cuatrocientas páginas de su tratado pues basta rescatar en su colofón la remota y olvidada nota secreta que Sainte Beuve dirigió a Napoleón III advirtiéndole del modo en que muchas obras literarias “contribuyen a la disolución de los poderes públicos” y proponiéndole subvencionar “la dirección moral para las obras del ingenio”. Como si ya insatisfecho en la tribuna que ocupaba con displicencia, quisiera hacerse acompañar por la milicia y la alta magistratura.

Aun así, la refutación póstuma del gran comisario de las letras francesas la perfecciona Calasso al comparar las avariciosas omisiones de Sainte Beuve con el “descubrimiento” de Laforgue: “Baudelaire fue el primero en contarse a sí mismo sin adoptar un aire inspirado, el primero que no es triunfal sino que se acusa, que muestra sus llagas, su pereza, su inutilidad aburrida en el corazón de este siglo trabajoso y servil, el primero en decirse: la poesía será cosa de iniciados, el primero en hacer comparaciones extraordinarias…”

Baudelaire, el más arcaico de los modernos, el verbo más poderoso que haya resonado en labios humanos (Proust), la prosa cargada de fluidos eléctricos (Renard), el solitario, impávido defensor del derecho a contradecirse y del derecho a irse, el que admiraba a Chateaubriand por ser el gran aristócrata de la decadencia, el que entró en la zona más oscura y peligrosa de aquello que se puede pensar, se despidió dictando un breve testamento:

“Toda la chusma moderna me horroriza. La virtud, horror. El vicio, horror. El estilo fluido, horror…”

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