Guillermo O’Donnell: amigo, profesor e intelectual

Claudia Maldonado Trujillo, profesora-investigadora del CIDE, escribe en la reciente edición de nexos un entrañable y breve retrato de ese profesor, erudito e intelectual público que fue el argentino Guillermo O’Donnell (1936-2011), una mente brillante y fundamental para entender y discutir los procesos de transición a la democracia de América Latina, así como para cuestionar las jactancias de las llamadas democracias electorales. Como teórico, y en medio de una envanecida cientificidad de los estudios políticos, a O’Donnell le concernían la historia, el contexto político, social y cultural en que se transitaba a la democracia, la calidad del debate, la rendición de cuentas y el compromiso de los ciudadanos con un régimen de libertades y derechos sociales. “No me viene a la cabeza, dice Claudia Maldonado, un pensador que tuviera tantas cosas que decirle a la democracia y a la ciencia política mexicanas como Guillermo O’Donnell. Muchos de nuestros malestares me parecen hoy […] manifestaciones palpables de las preocupaciones más o’donnellianas: el desencanto democrático, la vacuidad de nuestro debate público, la fragilidad y captura del Estado, la resiliencia de nuestras profundas desigualdades e injusticias”.

Así comienza el texto de Claudia sobre Guillermo (como le gustaba que lo llamaran sus alumnos):

Conocí a Guillermo O’Donnell en el otoño de 2004. Regresaba de Inglaterra a impartir sus legendarios seminarios sobre Teoría del Estado y Democracia, en la Universidad de Notre Dame (South Bend, Indiana). Recuerdo mi primera impresión: un hombre elegante, impecablemente vestido, de cabello cano extrañamente alborotado, andar accidentado y, confieso que para mi sorpresa, un trato cálido y sencillo. Lo había imaginado altivo, por su enorme prestigio, la contundencia de los textos que le conocía, y el halo reverencial que lo acompañaba: se le nombraba, socarronamente, por sus iniciales (GOD). El regreso de GOD de alguno de sus prolongados viajes se anunciaba en el campus como un cambio de estación. Después de todo, se trataba de una vaca sagrada de la ciencia política, una referencia absolutamente obligada para el estudio de las transiciones a la democracia (de la democracia tout court); un lector agudo, comprometido, de los desafíos políticos de América Latina; un pensador erudito, ordenado y creativo a la vez. Ese “gigante de la ciencia social contemporánea”, en palabras de Scott Mainwaring,1 ofrecía a sus alumnos un trato familiar y generoso. Prodigaba, casi por descuido, ese sentido del humor, a tres bandas, que suele caracterizar a las mentes más brillantes.

O’Donnell demostraba siempre un genuino interés por las inquietudes y preguntas que leía en nuestras miradas atentas mientras dictaba su cátedra impecable. Con cierta frecuencia interrumpía la exposición en respuesta a alguna reacción gestual que revelaba incomprensión o desacuerdo en alguno de nosotros. Creo que siempre reconoció más lo segundo: anticipaba nuestras críticas con tiros de precisión, con ejemplos históricos, con provocaciones abiertas, pero nunca al grado de intimidarnos; disfrutaba y promovía la discusión con una fecunda ironía. También lo recuerdo implacable con algunos de sus colegas en los seminarios de los jueves en el Instituto Kellogg, donde circulaban personajes muy prominentes de la política comparada y alguna que otra figura política de la región. Respondía duramente a los atajos conceptuales y a lo que consideraba argumentos autocomplacientes o críticas fáciles por simplificadoras. Entonces sabía pegar duro y a la cabeza. Igualmente, reaccionaba con entusiasmo juvenil a los proyectos innovadores de quienes presentaban respuesta sofisticadas a preguntas que le parecían relevantes; cuando había argumento de fondo y, me parece, honestidad académica.

Guillermo, a secas, como pedía que nos refiriéramos a él, hablaba en voz muy baja, como para sí, en un inglés refinado con marcado acento. Un acento muy hispano, me parece; muy de la clase alta argentina, afirmaban algunos de sus compatriotas. Algo había en la gravedad y elocuencia de sus reflexiones que hacían que su voz pareciera más poderosa; más rotunda su presencia. Invariablemente, durante un break o al finalizar las sesiones, salía del edificio a fumar un cigarro, seguido siempre de un puñado de estudiantes latinoamericanos —también fumadores—. Entonces nos embarcábamos en charlas dispersas y animadas sobre la coyuntura política de “nuestros países”. Nos apantallaba con divertidas anécdotas de figurones de la política latinoamericana y de la academia con los que sostenía estrecha amistad, compartía las preocupaciones de los venezolanos, debatía acaloradamente con un brillante uruguayo, con ese tono fatídico y apasionado de los argentinos siempre que hablan de política. Decía, también para mi sorpresa, que el Estado mexicano y su burocracia le merecían cierto respeto, al igual que el brasileño, porque consideraba que, durante los noventa, el Estado argentino había abdicado por completo. Sospecho que para estas fechas ya habría perdido algo de ese pequeño respeto, al menos en el caso de México

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