Dos poemas de Thomas Tranströmer

EN EL DELTA DEL NILO

La joven esposa lloró sobre su comida,
en el hotel, después de un día en la ciudad,
donde vio a los enfermos que se arrastraban y yacían
y niños que debían morir fatalmente.

Ella y el marido subieron a su cuarto
donde esparcieron agua para ocultar la roña.
Se fueron a sus camas sin muchas palabras.
Ella cayó en un sueño pesado. Él se quedó despierto.

Fuera, en la oscuridad, pasó un gran ruido.
Murmullos, pasos, gritos, vagones, cantos.
Andaban necesitados. No cesaban nunca.
Y él se durmió enredado en un no.

Llegó un sueño. Él viajaba por mar.
En el agua gris hubo un movimiento
y una voz dijo: “Hay uno que es bueno.
Hay uno que puede verlo todo sin odiar”.

De El cielo a medio hacer, 1962 (Nórdica libros).

SOLEDAD

I

Aquí estuve a punto de perecer una tarde de febrero.
El coche resbaló de lado en el hielo, avanzó
por la senda contraria. Los coches enfrentados
-sus focos— se acercaron.

Mi nombre, mis bolsillos, mi trabajo
se liberaron y quedaron silenciosos atrás,
cada vez más lejos. Yo era anónimo
como un muchacho en un patio de colegio rodeado de enemigos.

El tráfico contrario tenía luces poderosas.
Me iluminaban mientras yo conducía y conducía
en un terror transparente que fluyó como clara de huevo.
Los segundos crecieron –en ellos se podía encontrar lugar—,
Se hicieron grandes como pabellones de hospital.

Uno podía casi detenerse
y respirar un instante
antes de ser destruido.

Entonces apareció un apoyo: un grano de arena que ayudó
o un maravilloso golpe de viento. El coche se soltó
y reptó rápido a través de la ruta.

Un poste fue golpeado y quebrado –un tono claro—
voló en la oscuridad.

Hasta que llegó la calma. Yo seguía en el asiento
y vi que alguien llegaba entre la nevisca
para ver qué había sido de mí.

II

He andado por ahí largo tiempo
en los helados campos de Östgötland.
No se veía a nadie por ningún lado.

En otras partes del mundo
hay quienes nacen, viven, mueren
en continuo tumulto.

Ser siempre visible –vivir
en un enjambre de ojos—
debe de dar una expresión particular al rostro.
El rostro cubierto de arcilla.

El murmullo sube y baja
mientras ellos se reparten entre sí
el cielo, las sombras, los granos de arena.

Necesito estar solo
diez minutos por la mañana
y diez minutos por la noche.
–Sin programa.

Todos hacen cola hacia todos.

Muchos.

Uno.

De Tañidos y huellas, 1966 (Nórdica libros).

About Irad Nieto

About me? Irad Nieto es ensayista. Durante varios años mantuvo la columna de ensayo “Colegos” en la revista TextoS, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Publicó el libro de ensayos El oficio de conversar (2006). Ha colaborado en diversas revistas como Letras Libres, Tierra Adentro, Nexos, Crítica y Luvina, entre otras. Fue columnista del semanario Río Doce, así como de los diarios Noroeste y El Debate, todos de Sinaloa. Su trabajo ha sido incluido en la antología de ensayistas El hacha puesta en la raíz, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2006 y en la antología de crónicas La letra en la mirada, publicada en la Colección Palabras del Humaya en 2009. Actualmente escribe la columna quincenal “Paréntesis” en El Sol de Sinaloa.
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2 Responses to Dos poemas de Thomas Tranströmer

  1. Ginebra says:

    Preciosos poemas de este Premio Nobel. Es todo un descubrimiento del que te hago responsable:)
    Feliz Año, Irad.
    Besos

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    • Irad Nieto says:

      Jajajaja, hola, Ginebra:

      No me queda más que asumir esa grata responsabilidad. Entre los libros que aparecieron en mis manos el pasado diciembre estuvo, por supuesto, ‘Deshielo a mediodía’, de Tranströmer. Una pequeña joyita que me acompañó el fin de año.

      Luego de unas breves-largas vacaciones, es un placer invaluable regresar y encontrarse con un comentario tuyo, con tus palabras.

      Te deseo lo mejor para este 2012 que inicia. Feliz año, mi estimada Ginebra 🙂

      Un abrazo y besos!!

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