Arte e historia del sexo oral (…que esa boca es tuya)

El Malpensante (N° 125) nos ofrece la traducción del indispensable y polémico ensayo que Christopher Hitchens escribió en Vanity Fair (As american as apple pie) acerca del arte, técnica e historia del sexo oral (donde caben placentera y armoniosamente, la felación y el cunnilingus). Disfruten este ensayo:

Existe algo más dramático que la última despedida entre Humbert Humbert y Dolores Haze (su adorada “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”)? Cuando se encuentran en la espantosa casucha donde ella se ha instalado para convertirse en la arruinada máquina de hacer niños de un pobre desgraciado, Lolita no solo le dice a Humbert que nunca va a volver a verlo, sino que lo vuelve loco al describirle las “cosas tan extrañas, sucias y extravagantes” a las cuales la expuso Quilty, el odiado rival de Humbert. “¿Qué cosas exactamente?”, pregunta él con voz serena, de una manera en que la palabra “exactamente” nos permite escuchar el doloroso rugido, casi ahogado, de su desgracia y su rabia: “Cosas locas, cosas sucias. Yo me negué, sencillamente no voy a [ella usó con total despreocupación, en realidad, un desagradable término vulgar que en su traducción literal al francés correspondería a souffler] tus asquerosos chicos…”.

Souffler es la traducción francesa del verbo inglés to blow, que a su vez significa “soplar, hacer viento, hinchar, hacer estallar”1. En participio pasado, puede describir un postre ligero pero delicioso que, bueno, se derrite en la lengua. Con frecuencia se ha dicho, de manera ligeramente sugestiva, que “no se puede hacer que un soufflé se infle dos veces”. Vladimir Nabokov hablaba perfectamente el ruso y el francés antes de convertirse en el maestro absoluto de la prosa en inglés, y su magistral novela Lolita, publicada en 1955, fue considerada el libro más osado jamás publicado. (Es posible que todavía lo sea.) ¿Por qué, entonces, no se atrevió a escribir las palabras “mamar” o “mamada”?

No es que Nabokov fuera un mojigato. Miren, por ejemplo, lo que dice cuando la hijastra de Humbert se encuentra todavía en su poder (y él aún más en poder de ella):

Consciente de la magia y el poder de su delicada boca, ella logró –¡durante todo un año escolar!– elevar la gratificación por un delicioso abrazo hasta tres e incluso cuatro dólares. ¡Ay, Lector! Por favor no te rías al imaginarme, en el culmen mismo del placer, emitiendo sonoramente monedas de diez y veinticinco centavos, y grandes billetes plateados, como si fuera una máquina musical y tintineante, y completamente demente, que escupiera dinero…

“La magia y el poder de su delicada boca…”. Los poetas eróticos la han alabado a lo largo de los siglos, aunque a veces el dueño de dicha boca suele ser del género masculino. El menú de servicios que se ofrecían en los burdeles de la antigua Pompeya, preservado a través del tiempo por capas de ceniza volcánica, la representa en los frescos. Como bien lo sabía el pobre Humbert, se consideraba algo por lo cual valía la pena pagar un dinero. Los grabados de los templos de la India y el Kamasutra la destacan con profusión y Sigmund Freud se preguntaba si un pasaje de las anotaciones de Leonardo da Vinci en sus cuadernos no podría revelar un gusto temprano por aquello que “en la sociedad respetable se considera una repugnante perversión”. Es posible que Da Vinci haya decidido escribir en clave y Nabokov haya elegido disolver el problema escribiéndolo en francés, como solía hacer cuando tocaba temas espinosos, pero la verdad es que la reconocida palabra “felación” viene del verbo latino que significa “mamar, chupar”.

Bueno, ¿cuál de los dos es: soplar o mamar? (Un viejo chiste dice: “No, querida. Chúpalo. Lo de ‘soplar’ solo es un eufemismo”. Imaginen el estrés que dio origen a ese comentario). Más aún, ¿por qué el sexo oral tuvo una existencia doble por tanto tiempo, algunas veces subterránea y otra veces ostentosa, antes de saltar a plena vista como la práctica sexual específicamente norteamericana? Mi amigo David Aaronovitch, un columnista que vive en Londres, escribió sobre la vergüenza que sintió al encontrarse en la misma habitación que su hija pequeña cuando se transmitió por televisión la noticia de que el presidente de Estados Unidos había tenido sexo oral en un vestíbulo del Despacho Oval. Se sintió muchísimo mejor, pero todavía algo inhibido, cuando la niñita le preguntó: “Papi, ¿qué es un vestíbulo?”

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