La rebeldía de Hitch


Afectado por el cáncer, a la edad de 62 años, murió Christopher Hitchens (1949-2011), uno de los últimos grandes ensayistas, polemistas y críticos literarios que se forjaron en el activismo político, la resistencia y el periodismo opositor, disidente. Como en el caso de Tony Judt, esta vez se ha ido una inteligencia muy especial. Dijo Ian McEwan que si Hitchens no hubiera existido, no habríamos sido capaces de inventarlo.

En el ensayo Rebelde con pico de oro. Una introducción a Christopher Hitchens, que sirve de prólogo al libro The Quotable Hitchens, el escritor Martin Amis traza un certero perfil de su gran amigo: ese polemista brillante y temido que fue Hitchens. Incorrecto siempre: “Ronald Reagan le está haciendo al país lo que ya no puede hacerle a su esposa”. Para Amis, “Christopher es un rebelde por naturaleza, con lo que quiero decir que no tiene un respeto automático por nada ni por nadie.” Y agrega: “El rebelde es un tipo de ser humano muy extraño […] Así se detecta a un rebelde: no hacen reverencia o siquiera un gesto de cortesía a sus supuestos superiores (eso no hay necesidad de decirlo); tampoco […] a los que se puede demostrar que son inferiores a ellos”. Serán crueles en su crítica al poderoso pero también lo serán con aquel que carece de poder. No hay razón para los miramientos.

Les recomiendo el siguiente texto de Martin Amis publicado en El Malpensante:

“La elocuencia espontánea me parece un milagro”, confesó Vladimir Nabokov en 1962. En el prólogo de Opiniones contundentes (1973) retoma esta idea de forma más personal: “Nunca le he dado a mi audiencia un trozo de información que no haya preparado anteriormente con una máquina de escribir… mi tosecilla y mis risas vacilantes en el teléfono hacen que las personas que llaman de larga distancia dejen de hablar en su inglés materno para hacerlo en un francés patético”.

”En las fiestas, si intento entretener a las personas con una buena historia, debo retroceder cada dos frases para agregar o borrar cosas… nadie debería pedirme que me someta a una entrevista… lo intentaron al menos dos veces en el pasado, una de ellas con grabadora incluida; cuando devolvimos la cinta y terminé de reírme supe que nunca más en mi vida repetiría una actuación semejante”.

Nosotros simpatizamos con él. Y la mayoría de las personas que pertenecen a la especie literaria desearían incluirse en algún lugar de la escala de Nabokov: “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”.

El señor Hitchens no es así. Puede que precisamente él invierta el paradigma de Nabokov: piensa como un niño (sus juicios son mucho más instintivos y morales-viscerales de lo que parecen, y están animados por el escrúpulo infantil de lo que se siente justo y verdadero), escribe como un autor distinguido y habla como un genio.

Gracias a esto Christopher es uno de los retóricos más intimidantes que el mundo ha visto. Lenin solía presumir diciendo que su objetivo en el debate no era la contradicción y la posterior refutación, sino la destrucción de su interlocutor. Ésta no es la política de Christopher, pero sí lo que hace en la práctica. Con su gran cantidad de referencias y precedentes geohistóricos, es casi como si fuera Google. Pero Google, con sus diez millones de resultados en 0.7 segundos, no es más que un idiot savant; el motor de búsqueda de Christopher está mucho mejor afinado. No importa cuál sea el tema, yo lo apoyaría en un debate contra Cicerón o Demóstenes.

El hábito de decir las palabras apropiadas en el momento preciso tiende a ser relegado a la categoría de réplica impertinente. Pero el desaire, la respuesta rápida, cuando es precisa, da un falso sentido de finalización. Se dice algo, tan rápido como un relámpago, y ése parece el final de las cosas. Me he dado cuenta de que las respuestas más memorables de Christopher se quedan en el aire, resuenan y eventualmente se combinan como los movimientos en una partida de ajedrez. Una noche, hace cerca de cuarenta años, le dije: “Sé que desprecias todos los deportes, ¿pero qué tal una partida de ajedrez?”. Con una mezcla de perplejidad y diversión, me acompañó en los 64 cuadros. Dos cosas salieron a la luz. Primero, no se mostró combativo en absoluto, no ofreció ninguna resistencia (porque se trataba de un juego y en eso la honestidad es lo único que realmente importa). Y segundo, mostró una tierna indiferencia ante el sentido común. Esto lleva a una reflexión paradójica.

En Estados Unidos y el Reino Unido hay excelentes comentaristas que usan el sentido común mucho más de lo que Christopher lo haya utilizado jamás (en Londres tenemos un columnista con un título de caballero muy merecido, en el que siempre pienso con admiración como sir Sentido Común). Pero es difícil amar el sentido común y lo más representativo de Christopher es que es amado. Lo que amamos es la inestabilidad fértil, la agitación de lo inesperado, y Christopher siempre viene del otro lado de la cancha. Él no es un orador plano. No es, repito, un hombre plano.

De eso dan fe las docenas de frases inolvidables que ha soltado espontáneamente a lo largo de años. He aquí tres de ellas:

1. Estaba en televisión por segunda o tercera vez en su vida (si excluimos el programa de concurso University Challenge), es decir, a mediados de los años setenta, cuando Christopher tenía unos 25 años. En esa época éramos amigos cercanos (y colegas en el New Statesman), pero recuerdo haber pensado que nadie que se viera tan bien en matiné tenía derecho a ser tan excepcionalmente elocuente en pantalla. En un momento de la conversación, Christopher salió con uno de sus lirismos políticos, una ornamentada pero inteligible definición de (creo) soberanía nacional. Su anfitrión –también un matón con las palabras– se detuvo, frunció el ceño y dijo con escepticismo y sinceridad impotente: “No entiendo una palabra de lo que está diciendo”. “No me sorprende en lo más mínimo”, dijo Christopher, y cambió de tema.

2. Todos los escritores que lo conocen quedan fascinados, no solo como amigos sino como novelistas. La réplica que estoy a punto de citar (cada una de sus palabras) me parece tan epifánicamente devastadora que la puse en una novela –sí, yo puse a Christopher en una novela–. Mutatis mutandis, Christopher “es” Nicholas Shackleton en La viuda embarazada

No dejen de revisar el archivo fotográfico (muy bueno) que nos ofrece Vanity Fair acá, ni de leer el Postcript de Christopher Buckley.

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