“Money talks and writer listen”

Ya sabemos que a los escritores no les gusta trabajar (quizás a nadie; menos a ellos), pero tienen que emplearse para comer y escapar de los acreedores, para satisfacer algunas de sus vanidades o sus muy frecuentes y caros vicios. Como se supone que saben escribir, a menudo escriben por encargo (urge la lana). Si les va bien, los contratan para que escriban textos literarios o editen una buena revista; si no, para que redacten discursos, revisen y corrijan libros abominables e impresentables o enseñen redacción a burócratas mal encarados, somnolientos y semivivos. Buena parte de las obras que hoy admiramos, dice Luis Chitarroni en su ensayo Danza con monos, provienen de un encargo. Y pone como ejemplo el famoso libro Las vidas de los poetas de Samuel Johnson, obra crítica que nació de una deuda económica y no de la deuda de amor con que sueña George Steiner. Recordemos también que Baudelaire y Thomas de Quincey padecieron la persecución de los acreedores; Hazlitt murió en la penuria económica. ¿Qué tanto debe la vitalidad literaria de estos escritores a la supervivencia? Quienes escriben para periódicos y revistas saben que los apuros y la presión suelen ser el germen de futuros buenos textos (y también, tristemente, de los malos).

Escribe Luis Chitarroni:

La plata por la que el mono baila es la misma para los demás primates, incluida la especie que damos en considerar, en detrimento de cualquier nobleza sentimental, la cumbre de su evolución. Hace años que no encuentro el reclamo de Góngora (al Conde de Villamediana): “Debe de estar usted haciendo experimentos costosos con mi persona, tratando de probar mi aspecto angélico, pues me deja tantos días sin comer…” A pesar de su austeridad ceñuda, que retrató Velázquez, el príncipe de los venablos reclamaba hogazas para su mesa y tal vez una copa de vino. Rocinante se animaba a justificar las razones de su flacura con frugalidad de endecasílabo: “Metafísico estáis. Es que no como”. Los escritores, los poetas, los traductores necesitan “alimentos terrestres”. Y a menudo se ven obligados a reclamar el pago. En el territorio de la urgencia, la misión cumplida alcanza a recompensar a un tercero. “Cuando llueve, todos se mojan”, le gusta contar a Miguel de Torre que repetía el tío Georgie en la circunstancia feliz de cobrar una colaboración.

Las obras por encargo están a veces mal reputadas, pero gran parte de libros que hoy admiramos fueron producto de la exigencia y la cara de hereje con que la necesidad gusta de enmascararse. Las vidas de los poetas de Johnson nacieron de una deuda, no de amor, como exige Steiner en Tolstoi o Dostoievski, sino lisa y llanamente económica. Proliferaban en el siglo dieciocho las ediciones piratas de poetas, de modo que el educado y constante señor Bell tuvo la feliz idea de canonizarlos. La autoridad más competente era el Doctor Johnson. De modo que él escribió la totalidad que hoy conocemos en forma de libro como prefacios a las antologías de Congreve, Savage o Milton, sin privarse de tercerizar en Herbert Croft alguna, por un salario aún más exiguo. Incorporemos en su honor el neologismo “salagros”.

Thomas de Quincey vivió toda su vida acorralado por acreedores. Es difícil imaginar que su modulado estilo suntuoso y reptante obedece a una urgencia material, pero así se desarrolló, entre velas consumidas y plumas de ganso al borde de la extinción. Dylan Thomas y Julian Maclaren-Ross compartieron la experiencia más cerca de nosotros. Al último, esa circunstancia le transfiere un sabor inigualable, algo de lo que en nuestros mitos de preferencia pensamos que es la motivación de los detectives y los sicarios de muchas de sus narraciones. “Su motivación es su salario”, le contestó con cordura habitual Hitchcock a uno de esos actores que andan preguntando esas cosas mientras acarician objetos transicionales

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