Juan Rulfo, poesía del habla

José Luis Bobadilla publica en la bitácora de La Tempestad un breve e inteligente ensayo acerca de la literatura de Juan Rulfo, en la que encuentra una escritura enérgica y un uso sabio del habla, del idioma, de las palabras. Una narrativa en deuda con cronistas de Indias de la talla de Bernal Díaz del Castillo o Fray Bernardino de Sahagún, en cuyas narraciones se toparon el habla y la literatura, fundando la tradición literaria de nuestro país. De la narrativa de los cronistas, Rulfo dijo: “creo que son las obras mejor hechas (distinguiendo que no son explícitamente literatura), mejor construidas y las que conservan con más bondad la belleza del castellano”. Lo que Rulfo quiere destacar (y que lo expresaría genialmente en su literatura), a decir de Bobadilla, es un tono, una manera propia de articular la lengua que los cronistas registraron puntualmente en su escritura. Rulfo, con sus frases de hermosa contundencia, elevaría la entonación a la más indeleble poesía. “El que tiene suficiente material para crear logra hacer arte aun de una gota de rocío caída en cualquier punta de una hoja” (Juan Rulfo).

Leamos a José Luis Bobadilla:

La dimensión de la obra de Juan Rulfo es tal que no puede sino seguir asombrándonos. Hace poco leí por primera vez “Castillo de Teayo”, un texto poco conocido incluido en el libro Juan Rulfo. Letras e imágenes (Editorial RM, 2002). Ahí se repite del mismo modo contundente que en el resto de sus páginas, la energía de su escritura, la sabia y expresiva organización de sus palabras. Se repite también el uso de las frases próximas al habla que caracterizan su obra y que nos unen con el pasado. Son formas de la oralidad, variaciones que, como dice el lingüista Walter J. Ong, permiten que la poesía suceda acumulando desde el pasado, la sabiduría en el caso de Rulfo, de los mexicanos. El escritor jalisciense sabía que desde la Conquista los indios de México, como consecuencia de la violencia, no habían logrado integrarse al proyecto de los conquistadores españoles y más adelante de sus continuadores en el poder. En el “Castillo de Teayo”, Rulfo cuenta que una “gran piedra”, un ídolo, ha quedado por ahí tirado en la selva, luego dice por intermediación de un personaje: “-Esta cosa no está sola. Hay muchas. Se han llevado algunas. Pero todavía quedan muchas. Quedarán siempre. En esos cerros, en aquellos, en aquellos otros hay bastantes. Hemos desenterrado algunas y ahí han quedado. Aquí se puede decir que pasado mañana volverán a estar enterradas, porque aquí el monte se reproduce y crece de la noche a la mañana, y cada rato engorda como un animal…”. Más adelante, hacia el final del relato, el mismo personaje dirá: “Pero no fueron los mexicanos los que dejaron esto así como está. No fueron ellos los que mataron a los dioses, bajándolos de sus altares y despedazándolos para después desperdigarlos como piedras inservibles por todas partes. No, los mexicanos se fueron un día a defender a su país y ya no volvieron. Quienes acabaron con los dioses de Teayo fue esa gente que se llamó «gente de razón» y que hizo la conquista de esta tierras…”.

Rulfo entendía que el hecho histórico de la Conquista había obstruido el desarrollo de una cultura, pero no la había ni exterminado, ni tampoco eliminado, y mucho menos había conseguido integrarla. Los ídolos en la selva “quedarán siempre” y cíclicamente aparecerán aquí y allá hasta que volvamos a darles un espacio en éste que también es su lugar.

A partir de lo anterior, es interesante reconocer también el interés de Rulfo por la obra de los cronistas, como un lugar literario en dónde el habla y la literatura concurrieron de una forma imprevisible, fundando la tradición literaria de México. En su trabajo “Juan Rulfo y Bernal Díaz: la invención de la escritura poética” (El poeta y su trabajo 32, Primavera 2009), Enrique Flores elabora la compleja relación de Rulfo con los cronistas y con el habla, el lenguaje que de alguna forma lograron registrar en sus documentos, y cito: “Aún así, dice Rulfo en [una] entrevista (refiriéndose a los cronistas, a Bernal Díaz del Castillo) “creo que son las obras mejor hechas (distinguiendo que no son explícitamente literatura), mejor construidas y las que conservan con más bondad la belleza del castellano”. Y aquí Rulfo alude a lo principal: a un tono, a una manera particular de articular la lengua que “está [en] la raíz de lo poco que aún se conserva en México y en otros países de América Latina, quizás de todos lados, del verdadero castellano y de su espíritu. ¿A qué lengua se refiere Rulfo?”. Se pregunta el autor, y continúa: “Resulta extraño que sea él precisamente quien viene a hablarnos, si no de la pureza de la lengua, sí del “verdadero castellano y de su espíritu”. Y es que lo que subraya Rulfo, lo que quiere hacernos escuchar, es una entonación peculiar depositada en la escritura: una entonación que sólo excepcionalmente podemos descubrir en la tradición literaria mexicana, en la llamada “literatura nacional”, dada su repulsa -que contrasta con otras tradiciones, como la rioplatense- por los registros americanos del habla y de la lengua materna”

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