Un Kindle, un libro

Martín Caparrós escribió un buen ensayo en Letras Libres acerca de su experiencia con el Kindle, al que se había resistido hasta que su precio llegó a los 140 dólares: ya no había más argumentos para negarse. Un Kindle, dice Caparrós sin ambages, es un libro. O un dispositivo que sirve para leer libros, únicamente textos; un artefacto que nos permite almacenar, disponer y llevar de viaje decenas, cientos o miles de libros. Los conservacionistas, tratándose de libros, se oponen a que el santísimo libro de papel esté de pronto en ningún lugar, flotando en el inasible mundo virtual. Escribe Caparrós: “Algunos se ponen nerviosos, le reprochan que esos cuentos no están “en ninguna parte”. Están, sí, en esa ninguna parte que es mi computadora, junto con el resto de mi vida. Muchos de los conservacionistas aceptan esa idea en general, y no la soportan para ellibro. No les molesta que su música esté en su iPod o su iTunes, sus escritos en su archivo de Word, en Gmail sus misivas, pero quieren que el libro siga siendo un objeto material porque siempre lo ha sido. Aunque decir que un Kindle no lo es, es un error; es otro tipo de materia, y otro tipo de relación con la materia.” Continuar con este discurso reaccionario es cerrar los ojos al presente. Y muchos escritores e intelectuales están ufanos con sus libros de papel y su arrogante desprecio a los libros electrónicos u otros aparatejos de la modernidad. Para muchos de ellos, las nuevas tecnologías son el sinónimo de la decadencia ilustrada. Antes hubo un mundo mejor, dicen. Es esta “senectud moral o ideológica” la que denuncia Jordi Gracia en El intelectual melancólico (Anagrama). Las incomodidades de todos esos intelectuales melancólicos del edén parecen provenir “de sus dificultades para adaptarse a los cambios”. El libro electrónico, valga la perogrullada, es un libro; el Kindle, una maravilla para leer y releer un chingo de textos.

En El regreso de Robin Hood escribe Martín Caparrós:

Tardé tres años en llegar al Kindle. Seguí su aparición, su auge, las críticas desfavorables de los techies y lapidarias de los conservacionistas, esperando el momento preciso –que estaría hecho de una suma de factores–: que encontrara una excusa utilitaria para contrarrestar mi culpa, que el precio bajara lo suficiente para reducir mi culpa, que venciera mi culpa –o la olvidara, que noes lo mismo pero a veces se parece–. Mi relación con los gadgets es pura culpa: una pelea incesante entre la gula y el deber ser, cuyo resultado no está en duda; solo el plazo.

La excusa era evidente: viajo mucho, estoy harto de quedarme sin nada que leero caer, en su defecto, en más y más libritos de aeropuerto –que después tiro, enteros o por partes–. Cuando el Kindle llegó a ciento cuarenta dólares me había quedado sin defensas. Y fue entonces, ante esa tipografía tan clásica, esas páginas levemente grisadas, antigüitas, que sucedió el milagro: de cómo el soporte de lectura más contemporáneo se volvió, de pronto, un Robin Hood.

Un Kindle es, antes que nada, un objeto humilde, hecho para un solo propósito. En épocas en que la heladera se quiere transformar en tele, el teléfono en cámara de fotos, la laptop en el mundo, un Kindle es monómano, obcecado. Un Kindle no tiene luz propia como las chicas irresistibles, no canta ni baila como las resistibles, no te ofrece juegos, orientaciones, sabiduría inagotable como todas: solo sirve para leer textos. Un Kindle es un libro. Un Kindle es un libro que no sirve para equilibrar mesas ni vestir bibliotecas ni oler pasados venturosos ni sobaquear para que todos sepan qué buen poeta estoy leyendo. Un Kindle es, en realidad, el estado actual de la gran máquina libro.

Hay instrumentos tan perfectos que creemos que no fueron inventados. La escalera fue, durante milenios, la mejor forma de pasar de un plano equis a un plano ye; antes era trepar, la cuerda o liana, la rampa, pero la escalera las borró al primer tranco. El libro es la escalera de los textos: desde hace más de cinco siglos es la forma perfecta para difundir y almacenar palabras, pero antes fueron las tabletas, los papiros, los rollos. Ahora hay ascensores; la escalera, espléndida, orgullosa, no es lo primero que uno piensa cuando debe subir al piso 38.

Los conservacionistas insisten con la superstición de que la forma de un texto es una pila de hojas de papel unidas por un margen; uno de sus portavoces, UmbertoEco, dice que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras: una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”. Un Kindle es una mejora del concepto “libro” pero sigue siendo un libro, borgianamente –con perdón– un libro: un libro de arena, lleno de páginas entre cada página, aparentemente infinito, lleno de tigres y espejos y lugares cada vez más comunes –y de pronto no, como los buenos libros–. Un Kindle es un libro que, en lugar de cargar veinte cuentos, carga veinte mil

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6 Responses to Un Kindle, un libro

  1. Marco says:

    Ahora veo por qué no te interesa nada más que el Kindle.

    Saludos

  2. Marco says:

    Se llama PlayBook la tablet de Blackberry, ya la busqué y se ve muy elegante, además de ser bastante poderosa en cuanto a sus características. En fin. A mí aún no me han seducido las tablets. No puedo opinar. En la tarde te paso los datos.

    • Irad Nieto says:

      Ese es el asunto planteado por Caparrós en el texto: el Kindle no tiene la elegancia ni las distracciones que acosan a los lectores de tablets luminosas y superinteractivas. Exagerando un poco, pues, el Kindle es algo más modesto y hasta aburrido: un simple libro o lector de libros.

      Saludos!!

  3. Carlos says:

    Lo malo de kindle es haber creado un formato (mobi) sin necesidad, solo por estrategias de marketing. Está feo complicar el mundo a lo tonto, jeje- En todo caso en la web de http://www.novelagratis.com se descargó siempre mucho mas epub que mobi,

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