Reflexiones sobre lectura y realidad


Para Juan Domingo Argüelles –uno de los ensayistas mexicanos que, junto con Gabriel Zaid, más ha reflexionado en los últimos años sobre el acto de leer—, nuestro principal problema a la hora de discutir el tema de la lectura, su práctica, es que lo hacemos no desde una visión objetiva, con datos duros e información sobre la situación económica, laboral, educativa, social, etc., sino desde una posición romántica, sentimental, elitista y canónica. El estudio Lectura, capacidades ciudadanas y desarrollo en México (2011), de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, A.C., pretende subsanar esa error, recogiendo y organizando información sobre prácticas lectoras para cruzarla con evidencias sociales, económicas, familiares, etc. El objetivo: dejar claro que son muy diversos los aspectos que inciden en la adquisición y el ejercicio de nuestras capacidades culturales de leer y escribir. Se trata de entender al fenómeno de la lectura no como algo meramente individual, sino como una práctica social mucho más compleja, en la que repercuten el entorno familiar, la escolarización, la desigualdad, el ingreso, la equidad. Es decir, el problema de la “lectura” trasciende la lectura, involucra numerosos factores de otro orden.

Sin embargo, nuestras ideas respecto a la lectura, en un mundo digital, son arcaicas, reaccionarias, sostiene Juan Domingo. En ocasiones parece que al defender la lectura defendemos en realidad, con una actitud conservadora, al libro de papel (aquí les recomiendo leer el ensayo El regreso de Robin Hood de Martín Caparrós), pero no los contenidos que millones de personas disfrutan hoy a través de las pantallas de sus teléfonos móviles, tablets, e-readers, e-books o computadoras. Si lo que se busca es que más gente lea, será necesario abandonar o cambiar la perorata intimista sobre la lectura y atender la realidad, el presente.

¿Por qué insistimos en que los jóvenes lean a Salgari, Verne o Dumas?, se pregunta el ensayista. Quizás estuvieron bien para su tiempo y no más. “Dejémonos ya de estos falsos romanticismos; mejor leamos nosotros –para entender algo— los libros que están leyendo los adolescentes y que los tienen febrilmente excitados. Al menos sabríamos por qué están leyendo lo que nosotros despreciamos.” Aquí discrepo de Juan Domingo: me parece que para evitar la etiqueta de elitista cae en el otro extremo: el lector democrático, relativista, que respeta todo tipo de lecturas porque todas valen igual. Así que leamos lo que tanto emociona a nuestros adolescentes (aunque no sea literatura –otra vez sueno burgués y elitista, pido disculpas). ¿Será necesario ponernos a leer los libros de Jordi Rosado o los de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, las sagas de vampiros, o toda la baratija nauseabunda de superación personal, para entender que a la mayoría de las personas siempre les han gustado ese tipo de lecturas? ¿Verne y Salgari ya no nos dicen nada? Imagino que tampoco Platón, Aristóteles, Homero (Ulises no tenía iPhone) ni el aburridísimo de Montaigne. Para promover la lectura, bajemos el escalón de la cátedra, en eso estoy de acuerdo con Juan Domingo y Zaid; sin embargo, no caigamos en el otro extremo. “Lo que se fortalece o se construye con la lectura”, escribe Juan Domingo, “es ciudadanía, por cierto, más apta, más inteligente, más consciente de su realidad, más plena en sus capacidades y aptitudes frente a muchas cosas…”. Depende, contestaría yo. Hay lecturas que contribuyen a favorecer las capacidades críticas, la imaginación literaria y filosófica y la complejidad intelectual. Pero esas lecturas no son precisamente las que tienen a nuestros adolescentes, jóvenes y adultos “febrilmente excitados”. Y

“es indudable que una dieta de lectura hecha exclusivamente a base de ese tipo de libros [de entretenimiento] no ayuda a tomar distancia ni a ver un mundo más complejo, no permite elaborar una experiencia propia ni ofrece recursos expresivos que vayan más allá del cliché” (Fernando Escalante Gonzalbo, A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública).

En este sentido, para fortalecer o construir una ciudadanía crítica sí importa el tipo de libros que leamos y el tipo de lecturas que practiquemos. No se trata de imponer a otros, autoritariamente, gravemente, un canon literario; pero tampoco avanzamos mucho si no aceptamos que es posible distinguir entre buenos y malos libros, entre creaciones literarias o producciones científicas y engañifas para consumidores ocasionales de libros cuyo afán es estar en la moda. Escribe Gabriel Zaid: “El canon, siempre discutible, lo fijan los lectores respetados por los demás lectores […] Y las ventas de la semana pasada definen los bestsellers.”

Les comparto un fragmento del ensayo Sociedad, realidad y lectura del también poeta Juan Domingo Argüelles:

A decir de José Ángel Quintanilla D’Acosta y Lorenzo Gómez Morín Fuentes, “el estudio Lectura, capacidades ciudadanas y desarrollo en México es una aportación de FunLectura de acuerdo con la línea estratégica relacionada con la generación de información sobre el impacto —positivo— de la cultura escrita en el desarrollo social y democrático de nuestro país”.

Me parece que, luego de muchos años de andar dando palos de ciego, por fin tenemos un documento que muestra, perfectamente, algo que he venido sosteniendo desde hace años y en varios libros: que el denominado “problema de la lectura” va más allá de la lectura. Y si no lo queremos entender, continuaremos con los pésimos programas y campañas que no saben distinguir lo estético de lo social.

Por otra parte, este estudio me permite insistir en algunas reflexiones que pueden sustentarse en sus conclusiones. Por principio de cuentas, seguimos manteniendo una idea arcaica de la lectura, que se torna utopía en un mundo nada utópico, y que mientras más utópicos seamos, más nos alejaremos de la realidad. Todo cambia en este mundo, y de buen o mal grado lo aceptamos, pero quién sabe por qué peregrina razón creemos que la lectura es inmutable.

Nuestra defensa de la lectura se ha convertido, curiosamente, en una defensa del papel, o del libro en papel, y no de los contenidos. Esta defensa —lo voy a decir sin rodeos— me parece reaccionaria, absolutamente conservadora, porque es una reacción contra una realidad que no queremos aceptar.

Nos quejamos de las pantallas y ponemos el grito en el cielo porque los muchachos casi no leen libros en papel, pero no nos quejamos del teléfono celular, el iPhone, el iPad, la laptop, etcétera. Queremos un retorno fanático al ayer, pero sólo en ciertas cosas. Hemos estado huyendo de la realidad de un modo más que evidente, y no queremos admitir que, lo mismo en la lectura que en otras cosas, el presente nos alcanzó y nos ha rebasado.

Si queremos que, en el asunto de la lectura, las cosas comiencen a cambiar, deberíamos por principio no dejar todo en manos de los teóricos y especialistas de ideas fijas sobre la lectura; esos que creen que el problema de la lectura es únicamente un problema de lectura. Evadirse de la realidad no parece muy inteligente. Saul Bellow dijo: “Puede que la humanidad no soporte demasiada realidad, pero tampoco es capaz de aguantar demasiada irrealidad, demasiados insultos a la verdad”.

Si queremos que más gente lea, tenemos que comenzar por abandonar nuestros tópicos utópicos y nuestras peroratas autocomplacientes sobre la lectura y centrarnos en la realidad, más allá de la lectura. Hoy son muchos los que creen que la lectura es como una escoba para barrer la ignorancia y restablecer el orden moral y social, pero sin prestarles demasiada atención a esos ambientes inhóspitos y a esas circunstancias horrendas en donde la escoba bibliográfica sirve para muy poco.

En cuanto a las clases de literatura en las escuelas, no hay demasiado que esperar. Hemos hecho de la literatura una falsa ciencia y, como dijera el psiquiatra Roger Gentis, hoy somos “prisioneros de los mitos, las ilusiones y todos los tabúes que rodean el saber y la cultura”. Bellow hizo un diagnóstico preciso en 1975: “La enseñanza de la literatura ha sido un desastre. Entre el estudiante y su libro de lectura se extiende una sombría zona de preparación, un absoluto cenagal. Debe atravesar todo ese fango cultural antes de que pueda abrir su Moby Dick y leer: ‘Llamadme Ismael’. Han hecho que se sienta ignorante frente a las obras maestras, indigno de ellas; está asustado y quizás hastiado de ese libro para cuya lectura está tan poco facultado. Y en caso de que tenga éxito, ese método produce licenciados que son capaces de decir por qué el Pequod zarpa el día de Navidad por la mañana. La propia novela queda sustituida por lo que las personas ‘cultas’ pueden decir de ella. Algunos profesores encuentran ese discurso culto mucho más interesante que las novelas propiamente dichas”. Y todo esto sigue igual a como lo dejó Bellow hace 36 años

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Crítica cultural, Debates, Ensayo, Lectura, Libros, Suplementos. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s