Sobre Francisco Tario

El sábado pasado el suplemento Laberinto publicó un excelente ensayo de Geney Beltrán sobre la obra de un autor de culto, un original y gran narrador como lo fue Francisco Tario. Les dejo un fragmento de este trabajo crítico:

“No”, me dije. “No empezaré quejándome del pobrecito Tario a quien nadie leyó en su tiempo. Esto, quejarse, ha sido lugar común de quienes profesamos el culto secreto de Tario”. Pero, por más que uno se niegue al tópico de hurgar en el porqué del olvido a este autor, en cada relectura uno se pregunta: “¿cómo fue que casi nadie se haya dado cuenta?”

No es persuasivo enunciar que los libros de Francisco Tario (México, 1911-Madrid, 1977) se habrían etiquetado sin más como narrativa fantástica, cuando el México de la primera mitad del xx sólo quería —se dice— realismo, ejidatarios, política. ¿Que sus contemporáneos se dejaron engañar por los fantasmas y escenarios ingleses y lo habrían sólo apreciado como, aunque inventivo y de humor siniestro, un epígono de lo fantástico? Nada tan lastimoso para un autor que ser identificado pronta y limitadamente, porque luego los desidiosos repiten elogios y censuras según los hayan lanzado sus antecesores. Sucede: la crítica se deja deslumbrar con lo novedoso (variante dizque iconoclasta pero a fin de cuentas sólo algo distinta de lo conocido) y deja de lado lo original, que por ir, como regula la etimología, hacia los orígenes, puede asumir envolturas en apariencia conservadoras que confunden a los miopes, quienes no advierten lo auténticamente transgresor bajo la superficie. Pero recordemos que el joven Tario no se vio exento de aprobación por sus pares; recordemos que no todos sus textos tienen un talante fantástico. Y uno saca el título de Pedro Páramo, novela todo menos realista, cuyos personajes son almas en pena, o el de Los recuerdos del porvenir, en la que un incidente irreal parte en dos la trama, o el caso de Amparo Dávila, narradora de historias fantásticas editada y premiada por las instituciones del Estado que poco caso hicieron del autor de La noche (1943). Los fantasmas no serían la causa del Enigma Tario.

Lo otro que se dice: que el fenómeno se debe a su vida excéntrica, alejada de grupos, que lo llevó a —de joven— jugar de portero de futbol, luego a administrar cines en Acapulco, y a radicar los últimos años de su vida en la España de sus ancestros y su infancia. Pero entre los 31 y los 40 años Tario publicó mucho, y en 1968, con todo y residir en el extranjero, editó Una violeta de más en uno de los sellos más prestigiados de su tiempo. Además, caramba: murió en 1977. De entonces a ahora ya habría habido tiempo para que, si la personalidad esquiva de un autor obstaculiza la recepción de sus libros, algo hubiera cambiado: a menos que Tario deambule como fantasma en las editoriales y las redacciones de revistas escondiendo sus manuscritos o los ensayos de multitudes de críticos dispuestos a bienquistarlo, no hay manera de explicar su marginación sólo por su temperamento. En 1988 y 1993 se publican los póstumos El caballo asesinado y Jardín secreto; también ese 88 sale una antología de relatos, Entre tus dedos helados; en 1989 se reedita Equinoccio, en 1991 Acapulco en el sueño; en 2003 se compilan sus Cuentos completos (en verdad incompletos) en Lectórum, y en 2004 una selección sucinta en el FCE. La persona de Tario no sería la causa estricta de que su obra apenas ahora empiece a ser reconocida

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