‘No es nada personal’

Ignacio Echevarría reflexiona hoy sobre una de las paradojas de la figura y persona del crítico literario: esa especie de doble personalidad que lo hace ser, en muchas ocasiones, al revisar un libro, un guardián furioso, malhumorado, sangrón, mordaz, de la literatura, de sus gustos y caprichos; y, al mismo tiempo, en el trato personal, una persona tímida, cariñosa y amabilísima. Algunos autores suelen enojarse muchísimo con el crítico por sus comentarios, pero, cómo explicarlo: no es nada personal. Leamos La furia del crítico:

Sobre la figura del crítico se acumulan incontables tópicos que, como un sambenito, lo señalan de mala manera, atrayendo sobre él toda clase de suspicacias y antipatías, no pocas veces bien fundadas. Uno de esos tópicos es el que lo pinta como un tipo agrio y malhumorado, por lo común resentido, no sólo dispuesto sino proclive a segregar su bilis o desatar su furia sobre todo objeto que no se adecua a sus gustos, a sus criterios, a sus manías. Digo “objeto” cuando, en realidad, parece casi inevitable que sus comentarios, buenos o malos, sean leídos en referencia al autor del libro en cuestión (pues nos ocupamos ahora, concretamente de la crítica literaria); que se diga, a propósito de cualquier crítica, que “Fulano se carga a Mengano”, o que lo deja muy bien, con preferencia a “Fulano comenta tal libro”.

Una de las razones por las que tanto la crítica como los debates de cualquier tipo nunca terminan en España de arraigar de un modo serio es que, por grande que sea el cuidado puesto en no interpelar directamente al interlocutor, toda crítica tiende aquí a ser leída, casi sistemáticamente, como crítica ad hominem. Y bueno, este es uno de los problemas angulares de la crítica, al menos desde el punto de vista ético: ¿en qué medida el repudio o la alabanza de un libro cualquiera puede dejar de lado a su autor? ¿No es legítimo sentirse aludido, además de concernido, por el ataque dirigido a aquello en que uno ha empleado meses, quizás años de esfuerzo, aparte de -se supone- todo el talento que es capaz de reunir?

Se me ocurre un símil que quizá puede servir para ilustrar cómo suceden las cosas. Piensen en los conductores de automóviles, y en esa ira, justificada o no, que eventualmente los embarga cuando, circulando por la carretera o por las calles de una ciudad, se ven estorbados de cualquier modo por un “cretino”, como enseguida lo consideran. No es raro que, si la situación se prolonga (el idiota ese que no sabe aparcar, aquel capullo que ha dejado el auto en doble fila), esa ira derive en insultos a menudo gruesos, proclamados a viva voz, y que hasta se produzcan incidentes graves. Pero asimismo ha ocurrido alguna vez -yo mismo he sido testigo de ello- que el zopenco aquel que nos acaba de obligar a frenar de golpe y al que hemos pitado de forma violenta quede a nuestro lado en el semáforo siguiente y descubra uno, asombrado, que se trata de un conocido al que, entre risas, ni siquiera vale la pena pedir disculpas antes de saludarlo alegremente

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