Vicios, virtudes y hábitos

Con la generosidad a la que nos tiene acostumbrados, El Cultural publica el comienzo del nuevo libro del pedagogo José Antonio Marina, Pequeño tratado de los grandes vicios, que mañana lanza editorial Anagrama, trabajo en el que rastrea y reflexiona acerca de la genealogía del mal y la trivialización actual de los valores. Les dejo algunos párrafos:

La genealogía

Es de creer que las necesidades dictaron los primeros gestos y que las pasiones arrancaron las primeras voces. No se comenzó por razonar sino por sentir. Para conmover a un joven corazón, y que pueda responder a un agresor injusto, la naturaleza dicta acentos, gritos, lamentos. He aquí las palabras más antiguas inventadas y he aquí por qué las primeras lenguas fueron melodiosas y apasionadas antes de ser simples y metódicas. He aquí cómo el sentido figurado nace antes que el literal, cuando la pasión fascina nuestros ojos y la primera noción que nos ofrece no es la de verdad.
Jean-Jacques Rousseau,
Ensayo sobre el origen de las lenguas

I. LA FASCINACIÓN POR EL MAL

Los vicios del hombre contienen la prueba (al no ser más que su infinita expansión) de su gusto por la infinitud; es tan sólo un gusto que se equivoca frecuentemente de ruta […] Es en esa depravación del sentido de lo infinito donde yace, a mi juicio, la razón de todos los excesos culpables.
Charles Baudelaire,
Los paraísos artificiales
¿No juegan un papel importante en el origen de este Dios los deseos de los hombres? ¿No desea el hombre liberarse de las estrecheces de su cuerpo, no desea ser omnisciente, todopoderoso, omnipresente? ¿No es, por tanto, también este Dios, este espíritu, la realización del deseo del hombre de ser espíritu infinito? ¿No hemos, por ende, objetivado en este Dios la esencia humana?
Ludwig Feuerbach,
Lecciones sobre la esencia de la religión

1. Los vicios

«Vicios» y «virtudes» son palabras erosionadas y empequeñecidas por el uso, cantos rodados en los que resulta difícil reconocer las aristas originales. El primer significado de «virtud» fue «energía», y el de «vicio», «impotencia», «debilidad». Se oponen, pues, como la plenitud y la carencia, como el poder y la sumisión. Cuando escuchamos decir a los filósofos griegos que la virtud da la felicidad, nos suena extraño, porque hemos convertido las virtudes en calderilla beata, y la felicidad en un vulgar pasarlo bien a tope. Martha Nussbaum piensa que es una traición traducir eudaimonia por felicidad, y que sería más correcto hacerlo por flourishing, alcanzar la plenitud personal, florecer. Correlativamente, el vicio sería un cierto empequeñecimiento, una cierta esterilidad. «A todo lo que veas que carece de la perfección de su propia naturaleza», dice San Agustín, «cábele el nombre de vicio» (De libero arbitrio). «El vicio es siempre un fracaso», escribió Sartre en El ser y la nada. Sartre nos va a acompañar en este capítulo precisamente por su lúcida fenomenología de los bajos fondos.

Vicios y virtudes son hábitos que incitan a actuar, mal o bien. La noción de «hábito» me parece fundamental para comprender la personalidad humana. Un hábito es una pauta de respuesta estable, aprendida, que facilita la acción, la hace más sencilla, agradable y eficaz (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1104 b). Puede haber hábitos musculares, afectivos, intelectuales, volitivos. «Las emociones», dice Solomon, «son con frecuencia hábitos hasta cierto punto aprendidos, productos de la práctica y de la repetición.» A partir de la personalidad heredada, genéticamente determinada, cada uno de nosotros configuramos nuestro carácter, es decir, nuestra personalidad adquirida, mediante las experiencias y la educación. Los hábitos pueden aumentar nuestra capacidad de obrar o limitarla. Hay hábitos de libertad y hábitos de servidumbre. Tomemos como ejemplo un hábito muscular. La finalidad del entrenamiento es alcanzar nuevas destrezas automatizadas. Repitiendo cientos de veces un golpe, el tenista o el golfista van perfeccionando su eficacia. En cambio, si «coge un vicio», por ejemplo, si levanta demasiado la raqueta, o no gira lo suficiente el cuerpo, su eficacia disminuirá. Conviene insistir en que los buenos hábitos aumentan nuestras posibilidades y nuestra libertad. Sólo cuando dominamos perfectamente los mecanismos de un idioma, y no tenemos que estar pendientes de la corrección sintáctica, podemos hablar o escribir creadoramente. La creatividad es un hábito, como también lo es la rutina.

Aunque la noción de «hábito» es muy antigua, sólo ahora sabemos cómo funciona. La plasticidad del cerebro humano hace que los actos vayan estableciendo enlaces neuronales que se fortalecen con la repetición. Al adquirir un hábito estamos construyendo nuestro cerebro. Cuando el pianista ha conseguido los hábitos musculares imprescindibles para su arte, una parte de su cerebro motor se ha desarrollado espectacularmente.

Tanto «vicio» como «virtud» se utilizan casi exclusivamente con un significado moral. Son una creación más de nuestra inteligencia, mestizos de naturaleza y cultura. En ellos «psicología» y «valores» se hibridan. Un género entero -la psicomaquia– plantea la relación entre vicio y virtud como una batalla, en el interior del hombre, y esa analogía subyugó la imaginación durante siglos. La Psychomachia de Prudencio (siglo V) se traduce en piedra en el ciclo de la virtud y del vicio del pórtico de Notre-Dame de París.

Los hábitos configuran nuestra segunda naturaleza. Jean-Paul Sartre expuso con gran éxito de público la peregrina idea de que la libertad exigía no depender en absoluto del pasado, poder negar su acción por completo. El Sartre del miércoles no tenía nada que ver con el Sartre del martes por la noche. Era una ingenuidad dogmática que hacía la libertad inexplicable y el amor invivible. Si queremos comprender nuestros actos nos vemos obligados a hacer espeleología íntima, descender al manantial en ebullición del que surgen nuestras acciones. Y allí descubrimos una energía poderosa y magmática: las pasiones moduladas por los hábitos

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