Vidas precarias

A partir de una relectura y un guiño a La vida precaria de Judith Butler, Ilán Semo nos ofrece un buen análisis sobre las implicaciones de la extrema y teatral violencia que hemos vivido los últimos 4 años. Es probable que en México el tejido social esté ya profundamente desgarrado con los más de 60 mil muertos. La vida, creo que para todos, se ha vuelto precaria. Y cuando esto ocurre, “entonces el Estado se enfila a severas rupturas”, escribe Semo. Con resultados funestos para la sociedad (“…todos cargan ya su anuncio de muerte violenta en la medida en que el daño colateral es posibilidad incierta para toda la población”, afirma Gustavo Ogarrio en un brillante texto publicado por La Jornada semanal, en el que da cuenta del vuelco de lenguaje que experimentó el propio Estado mexicano: de la retórica de la transición democrática a una narrativa bélica, autoritaria, militar, maniquea y eufemística).

Transcribo un par de párrafos del texto La nación precaria de Ilán Semo:

El jueves pasado aparecieron en las calles de Guadalajara 26 cadáveres apilados en varias camionetas, con vestigios de tortura y muerte por sofocamiento. Un día antes, la misma escena en Culiacán cubría los titulares de los periódicos. Cuerpos anónimos, sin nombre ni rostro ni la mínima historia que les conceda un indicio de humanidad.

Las causas de las muertes quedarán, como en los últimos cuatro años, encerradas en la clandestinidad de ese epígrafe fantasmal y real que lleva el signo de “crimen organizado”. Los asesinos, también sin rostro, gozarán del consenso de ese anonimato. Nadie se ocupará de ellos ni de sus víctimas, por más que el término “crimen” implique la más grave de las responsabilidades para el Estado. En medio de ese grado cero de la muerte, en el que un ser queda despojado de cualquier índice de ley y memoria, transcurre la vida cotidiana del país desde el año 2007.

¿Por qué nos afectan unos muertos más que otros?, se pregunta Judith Butler en La vida precaria, un texto que ha devenido ya en un (no-obstante) clásico sobre el estado de la violencia en las sociedades contemporáneas.

La respuesta no es sencilla, porque no se trata simplemente del cuerpo del “enemigo”, que fue desde tiempos remotos el único desposeído de ley y afección (el presidente Obama corroboró esta condición en la ejecución reciente de Osama Bin Laden). El siglo XX inauguró una nueva muerte, que en los campos de concentración, en el Gulag, en los pequeños poblados españoles después de la Guerra Civil, en las casas de las familias iraquíes durante una década de bombardeo aéreo, homologa la condición del ser humano con la de la “bestia” que es sacrificada maquínicamente en los rastros de las urbes cosmopolitas.

En esos trasiegos, la vida se ha vuelto así, precaria, no sólo porque la muerte es más vulnerable, sino porque hace creer al victimario que su aura, maquínica y abstracta, le sirve como escudo de protección, como el registro de un simple axioma incodificable. La pregunta, al menos para los historiadores, es si esa nueva maquinaria política, fatal y simbólica del ocultamiento de lo humano opera realmente bajo la indiferencia que espera el nuevo asesino colectivo para acometer su labor en la nebulosa de la clandestinidad.

En estos mismos días, un anuncio “espectacular” (esa propaganda que pende en edificios y azoteas y que interviene la mirada por doquier) cubre las esquinas del períferico y de algunas avenidas centrales. Es la imagen de Juan Pablo II signada por un epígrafe: “Los pueblos que asesinan a sus hijos están condenados a desparecer”. Uno supone que lo financia alguna organización religiosa que quiere permanecer en el anonimato

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