Enamoradas de Samuel Beckett

En Avec toi sans toi. Las mujeres que amaron a Beckett Joe Broderick nos relata, con una prosa entrañable, una visita al cementerio de Montparnasse en París cuyo objetivo era encontrar y conocer el lugar en el que reposan los huesos de Samuel Beckett y conversar en silencio con él. Al día siguiente, nos cuenta, mientras compraba en una librería la primera edición de Molloy, escuchó una voz a su lado: “Vous-êtes amant de Beckett. Moi aussi”. Era la voz de Francesca Ragusa, una documentalista italiana que, luego de recoger información, estaba produciendo un filme sobre una historia de amor frustrado, “sobre una mujer que había pasado toda su vida enamorada de Beckett”: Josette Hayden, esposa del pintor Henri Hayden.

A partir de las emociones que le produjo estar frente a la tumba de Beckett, esa “larga piedra rectangular que yacía en el suelo y llevaba dos inscripciones”, y de la historia de Josette que Francesca le narró con todo detalle, apuntes y fotografías, en una banca del parque Buttes Chaumont, Joe Broderick escribió:

Estando en parís en enero, decidí visitar la tumba de Samuel Beckett en el Cementerio de Montparnasse. Tenía ganas de estar a solas con “Sam”, como le decían sus amigos, y como le digo yo en mi fuero interno, pues de tiempo atrás lo siento como un amigo cercano, uno que lamentablemente ya se ha ido. ¿Dónde encontrarlo ahora? En sus escritos, sí. Pero también, de una manera especial, en el lugar donde reposan sus huesos. Quería conversar con él sobre uno de sus personajes, justamente aquel que se sentía a sus anchas entre las lápidas, disfrutando del olor de los cadáveres y riéndose de los epitafios. Me refiero al protagonista de su relato Primer amor, que yo he venido interpretando durante meses ante diversos públicos. Aquel viejo sin nombre me había invadido, casi diría que poseído. Iría a la tumba de su creador para desahogarme y para comunicarme con Sam, en silencio. Pero nunca imaginé que, ese mismo día, él me fuera a compensar con dos grandes sorpresas.

Aquella fría mañana bajé del metro en Montparnasse Bienvenue y, envuelto en mi gabardina, caminé rápido bajo una llovizna persistente por el bulevar Edgar Quinet hasta llegar al cementerio. A la entrada encontré un plano que ubicaba los sepulcros de los más distinguidos personajes enterrados en el recinto. Eran muchos, pero uno solo me interesaba. No busqué siquiera la tumba de Cortázar, aunque confieso que no resistí la tentación de detenerme un momento ante el imponente monumento del general francés Jacques Aupick para leer su grandilocuente inscripción. Deja constancia, entre otras cosas, de cómo en 1828 el general se casó con la viuda de François Baudelaire, madre de Charles, para ese entonces un niño de siete años. La leyenda grabada en granito deja entender que el poeta, también enterrado allí, solo mereció tan elegante sepultura por ser ahijado de un célebre militar. Es probable que en este cementerio, como en todos, se encuentren mil curiosidades más, pero las investigaría tal vez en otro momento. Ese día el único sendero (allée) que buscaba era el que me llevaría a la última morada de Samuel Beckett.

El camino señalado en el mapa me condujo a una larga piedra rectangular que yacía en el suelo y llevaba dos inscripciones. La primera decía: “Suzanne Beckett, née Déchevaux-Dumesnil 1900-1989”. Y la segunda simplemente: “Samuel Beckett 1906-1989”. Suzanne era seis años mayor que su marido; habían muerto los dos en el mismo año, ella en julio, él en diciembre. Al contemplar los escuetos datos grabados en ese frío mármol, no podía menos que pensar en el cruel día de verano de 1989 cuando, en el mismo sitio donde yo estaba en ese momento, Sam Beckett, viejo ya y muy frágil, se paró a ver descender el ataúd de Suzanne a una fosa abierta por los sepultureros. Se había ido para siempre la mujer con quien compartió la vida durante cincuenta años, y de quien solía decir: “A Suzanne le debo todo”. Esa tarde Beckett regresó a su cuarto en el austero asilo Tiers Temps a esperar su propia muerte.

Imposible no sentirme afectado. Pero mi tristeza fue mitigada un poco por el hecho de no sentirme solo; había evidencia de otros visitantes. Encima de la lápida alguien había puesto, recientemente, unas rosas rojas y blancas, y unos guijarros sueltos que recordaban los que llevaba Molloy en los bolsillos de su sobretodo. También había una hoja de papel, como arrancada de un cuaderno escolar, que contenía un breve mensaje escrito con bolígrafo. Supuse que no llevaba mucho tiempo allí, ya que era perfectamente legible a pesar del maltrato a causa de la fina lluvia que le caía encima. “Toda la vida”, decía en español, “había soñado con dirigir un montaje de Godot. Pero ahora veo que no va a ser posible. ¿Será esto lo absurdo? No creo. Javier”. Me conmovió el patetismo de la nota. Me gustaría saber que Sam haya premiado a Javier, dándole una oportunidad para volver “posible” su sueño

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2 Responses to Enamoradas de Samuel Beckett

  1. Marco says:

    Enlaza el texto sobre Sloterdijk que mencionaste aquella tarde en el café.

  2. Irad says:

    Ok, wait a minute!

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