Escritores malditos e ‘inmorales’

¿Qué sentido tiene publicar y leer hoy las actas en que se consignan los juicios, del año 1857, contra Flaubert y Baudelaire por delitos contra la moral religiosa y la moral pública, luego de publicar Madame Bovary y Las flores del mal, respectivamente? Sobran razones en tanto que ambas obras, una de narrativa, la otra de poesía, reformulan las maneras de contar y cantar, subvierten la relación existente entre los temas de la literatura y el estilo, entre la forma y el fondo. “Inauguran una nueva sensibilidad literaria”, afirma Dolores Gil en un ensayo crítico publicado en Revista Ñ a propósito del libro El origen del narrador. Actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire (Editorial Mardulce, Buenos Aires, 2011), prologado por Damián Tabarovsky. A Madame Bovary se le enjuicia por un puñado de escenas lascivas y adúlteras; a Las flores del mal se le acusa de “cantar la carne sin amarla”, de abyección, embriaguez y de escurrir veneno (¡Cómo si no hubiera poesía en los jardines de la podredumbre, en la lobreguez, en la vitalidad de los tugurios!). Si de algo sirve la lectura paciente de estos juicios es para repensar “a la literatura como una esfera independiente, que ya no debe justificar sus temas, formas y procedimientos ante nadie que no sea el ávido lector […] Las actas de estos juicios nos permiten volver al momento en que se empezó a pensar la separación entre autor y narrador, entre poeta y yo lírico”. Va un fragmento del ensayo:

La sala del Palacio de Justicia de París estaba llena la mañana del 29 de enero de 1857. El abogado imperial Ernest Pinard, de quien más tarde se dijo que era autor de una colección de poemas eróticos y aficionado a la pornografía, acusa, durante una hora y media, a la novela Madame Bovary por obscenidad. El juez de turno es un literato aburrido de los casos comunes y en varios momentos, según cuenta Geoffrey Wall, el biógrafo de Gustav Flaubert, no puede contener la risa frente a la solemnidad del fiscal. Siete meses más tarde Pinard volverá al ataque contra otro de los libros que abren el camino de la modernidad: Las flores del mal, de Charles Baudelaire. En el volumen El origen del narrador se reúnen las actas de dichos procesos. ¿Cuál es el sentido de leer la transcripción de estos juicios en una serie? Ambas obras inauguran una nueva sensibilidad literaria y parecen gritar, cada una a su manera, que otras cosas se pueden contar y cantar.

Ocurridos en enero y agosto de 1857, ambos escritores debieron comparecer ante Pinard por acusaciones que incluso entonces sorprendieron a la opinión pública francesa. La discusión acerca de la pertinencia de los delitos imputados (ofensa a la moral religiosa y a la moral pública) no tiene sentido hoy en día. A Madame Bovary se la condena por un puñado de escenas en que el ojo del narrador es demasiado lascivo o mezcla peligrosamente lo sagrado con lo profano, como cuando se le otorga la extremaunción a Emma, y se enumeran sus pecados y sus bellezas corporales. A los seis poemas de Las flores del mal se los acusa de “cantar la carne sin amarla”, de destilar un veneno embriagante y abyecto, como en “Lesbos”, donde el poeta es iniciado en los misterios del amor entre mujeres: “Lesbos, donde los besos son como las cascadas /que sin miedo se arrojan en abismos gigantes, / y corren, con sollozos y quejas sofocadas, /tormentosos, secretos, profundos y hormigueantes ”. La vara con que se mide la obscenidad de las obras no está clara ni siquiera para los propios acusadores, que operan como cirujanos tratando de extirpar un tejido canceroso de una masa de carne sana. La importancia de estos juicios, empero, radica en la posibilidad de pensar, de allí en más, a la literatura como una esfera independiente, que ya no debe justificar sus temas, formas y procedimientos ante nadie que no sea el ávido público lector que, en parte impulsado por los escándalos de los juicios, encontraron ambos textos. Las actas de estos juicios nos permiten volver al momento en que se empezó a pensar la separación entre autor y narrador, entre poeta y yo lírico.

Originalmente, Flaubert pensó publicar Madame Bovary en la Revue de Paris en entregas quincenales a partir de julio de 1856. Que su primera novela viera la luz fue un incordio para el escritor: los editores retrasaban la salida de las entregas por miedo a una acusación de inmoralidad (la revista ya estaba bajo sospecha) y por desacuerdos entre ellos. Le propusieron hacer recortes de escenas enteras que para Flaubert eran imprescindibles. Aceptó de mala gana, adelantándose al juicio y acusándolos de ensañarse con los detalles y perder de vista el verdadero sentido de la obra. Finalmente, decidió además publicarla en su versión íntegra con el editor Michel Lévy. El juzgado citó al autor, al editor y al distribuidor en diciembre de ese mismo año. La obra recibió en un primer momento halagos del poeta Lamartine, cuyas promesas de apoyo se esfumaron cuando sobrevino el juicio. La novela trataba sobre una joven de campo demasiado educada y con aspiraciones románticas que se casa con un hombre mediocre, no de muchas luces pero de buen corazón y que entra, un poco llevada por el hastío que le provoca su vida doméstica, un poco por la disposición de su espíritu, en una espiral de adulterio, insatisfacción y síntomas neuróticos que la llevan, finalmente, al suicidio. El tema es banal, inadecuado e insólito: su prosa pulida hasta el cansancio, fluida, rigurosa. Flaubert escribía quinientas palabras por semana, y a ese ritmo lento y sostenido, luego de cinco años y varias crisis nerviosas, dio a conocer un personaje que como el Quijote, Hamlet o Anna Karenina es la literatura misma.

El mismo año, 1857, Baudelaire publicó por medio de su editor, Poulet-Malassis, Las flores del mal, un volumen que reunía quince años de trabajo poético. El libro abre con un famosísimo poema-increpación que iguala al poeta y al lector y que es la síntesis de los temas que lo ocupan. Allí acusa al lector del peor de los vicios, el spleen, gozado y odiado al mismo tiempo: “¡Es el tedio! De llanto involuntario llena/la mirada, su pipa fuma y sueña patíbulos. / Tú conoces, lector, al delicado monstruo, / hipócrita lector, mi igual, ¡hermano mío!”. Spleen de las grandes ciudades y de la vida moderna, los poemas de Las flores del mal se van poblando de lujuria, paraísos perdidos, muerte, hastío y mal. La caída del alma es voluntaria, porque el mal se abraza de una vez y para siempre. Walter Benjamin afirmó que Las flores del mal es la última obra lírica que haya ejercido influencia en Europa, y que con su poesía Baudelaire sitúa “la experiencia del shock en el corazón del trabajo del artista” en que el trauma “se traduce en imagen violenta”. Baudelaire es tal vez el poeta que mejor traduce la angustia que provoca la vida moderna en el yo. No es extraño que algunos hayan levantado su voz frente a estos textos, flores envenenadas que venían a usurpar el lugar canónico de lo poético. Hay poesía y belleza en el mal, en la náusea, en la perdición, en el aburrimiento, parecen decir. Otra vez, la pelea se da por las nuevas formas que empiezan a circular

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