Bolívar Echeverría. Por una modernidad alternativa

Gracias a la estupenda revista Fractal, que dirige Ilán Semo, se puede leer completa la entrevista (un fragmento fue publicado por La Jornada semanal, en 1996) con el fallecido filósofo Bolívar Echeverría, motivada por la aparición de su libro Las ilusiones de la modernidad (UNAM/El Equilirista, 1995). En esta charla Echeverría nos habla de su biografía y su libro:

—Bolívar, muchas generaciones de tus alumnos comparten la admiración a tu profesorado pero desconocemos tu biografía. Así que, para empezar, me gustaría que hablaras un poco de tu formación, de tus lecturas, de tu vocación filosófica.

Yo comencé desde muy joven a estudiar filosofía; ya desde la preparatoria me gustaba, sobre todo porque en una ocasión, en un cumpleaños mío, mi padre me regaló unos tomos de ensayos de Unamuno, donde leí Del sentimiento trágico de la vida, sus ensayos de En torno al casticismo y los de Contra esto y aquello. Entonces leí mucho a Unamuno y de ahí pasé a la lectura de la filosofía y la cultura griegas. Estudié mucho la filosofía griega pero, al mismo tiempo, comencé a militar políticamente en posiciones de izquierda, en las Juventudes Socialistas (del Partido Socialista Ecuatoriano), naturalmente sin que me hicieran mucho caso ni a mí ni a mis compañeros. Por un lado, había entonces para mí la militancia política y, por otro, una preocupación muy esotérica por filosofías que no tenían mucho que ver con esa militancia. Por eso, cuando llegaron a mis manos, como prolongación de Unamuno —a quien ya se le tenía como existencialista—, las obras de Sartre, en el contexto de un grupo de jóvenes llamados los “Reductores de Cabezas” —que eran poetas, gente de teatro y del ambiente cultural, etc., y que hacían una revista llamada Pukuna— pues nos volvimos fanáticos de él y leíamos cada libro suyo que se publicaba, aunque sabíamos que detrás de Sartre la gran figura era Heidegger. Y entonces me clavé muchísimo en la lectura de Heidegger, en las traducciones que había de sus libros.

—Entonces fue Heidegger antes que Marx…

Sí, Heidegger fue antes que Marx. En ese entonces lo que se leía de Marx eran los pequeños trabajos, por lo demás típicos de la militancia de izquierda, y que nos hacían comprender lo de la lucha de clases, la burguesía, el desarrollo capitalista y todo eso. Y la verdadera filosofía, para mí, era la griega y las interpretaciones que Heidegger hacía de la filosofía griega. Por ejemplo, la Teoría de la verdad en Platón era un libro que me sabía de memoria, y leía las traducciones que se hacían en Chile o en Argentina de todos esos libros, y también las de los ensayos que salían en las revistas filosóficas de la provincia argentina. De modo que a los veinte años había ya leído bastante de Heidegger y había comenzado a leer El ser y el tiempo —que me parecía dificilísimo— en la traducción de Gaos. Y entonces decidí irme a estudiar con Heidegger, ser alumno de Heidegger, y me fui a lo loco, ni siquiera sabía alemán. Le pedí a un amigo alemán que me hiciera un certificado de que yo hablaba fluidamente alemán y así presenté una solicitud de beca para irme a Alemania. Y entonces me dieron la beca; pensé que hablando inglés y francés me sería suficiente, pero al llegar me di cuenta de que no entendía nada y lo padecí un poco.

—¿A dónde llegaste? ¿Qué hiciste en Alemania?

Llegué a Friburgo pasando por París. Era en 1961. Me inscribí en los cursos universitarios de alemán, que eran malísimos. Entonces traté de acercarme a Heidegger, pero él ya no daba clases, sólo hacía un Oberseminar, en su casa, con filósofos ya formados, quién sabe dónde. Una sola vez lo vi, de lejos, en una conferencia que dio, “Tiempo y ser”, pero yo, un poco miope, lo vi lejano, pequeñísimo, y ese fue mi único contacto con Heidegger. Entonces, a partir de ahí me decepcioné. Me preguntaba: ¿qué hago aquí? Se oían las noticias de Berlín de que iban a levantar un muro, el Muro de Berlín, y me fui a allá, hacía siete horas de alemán durante el día en el Goethe Institut, que funcionaba entre las ruinas de Radiotelegraph. Allí aprendí el alemán rapidísimo, e ingresé, como debía hacerlo, a la Universidad de Berlín, porque tenía que justificar los estudios de mi beca. Permanecí en esa ciudad durante seis años.

—¿Y qué fue lo que ocurrió allí? ¿Habían cambiado tus intereses?

Fue allí donde capté, también en grupo, la densidad filosófica del pensamiento de Karl Marx. Porque para mí, anteriormente, Marx había sido más una cosa operativa durante la militancia. Pero en Berlín participé en el intento de seguir el giro que había hecho Marcuse a partir de sus textos sobre la ontología del materialismo histórico, en un seminario que fue clave para el renacimiento del marxismo en Alemania, dirigido por el doctor Hans Georg Lieber en la Universidad Libre de Berlín. Se estudiaba a Lukács, el primer Lukács, lo cual era algo inaudito pues se trataba de un mundo cerradísimo para todo lo que fuera marxismo. Si decías “Marx” te veían como si fueras un agente comunista o un verdadero idiota. Como ahora, ¿no? Pero allí estábamos Rudi Dutschke, otros compañeros y yo. Y comenzamos en serio a leer a Lukács, y reeditamos en mimeógrafo ciertas obras marxistas de los años veinte y treinta. En ese entonces Dutschke era de la fracción de izquierda de las Juventudes Socialistas, eran jóvenes encendidos, sacaban una revistita, Der Anschlag!, algo fuerte. Nosotros estábamos conectados con el grupo porque ellos se preocupaban por temas de lo que entonces se comenzaba a llamar Tercer Mundo, y teníamos seminarios donde leíamos a Franz Fanon y cosas así.

—Eran los años de un cierto renacimiento de la Escuela de Francfort, ¿no?

Sí, sabíamos que en Francfort estaban los restos de su escuela, de la cual Alfred Schmidt gozaba sin duda las mayores simpatías. Pero estaban también Oscar Neck y Jürgen Habermas, quien desde entonces nos parecía un pensador de segunda, ¿no? En fin, había otros tipos muy valiosos, pero nosotros estábamos en Berlín y éramos otra cosa, porque allí todo estaba muy dividido. Entonces, en ese momento era una locura el estudio del marxismo. Esos eran los años de 1964 o 1965, hasta 1967, que es cuando salgo de Alemania, justo antes del movimiento estudiantil de 1968.

—Y viniste a México…

Entonces vine a México, justamente después del 26 de julio de 1968, que es cuando se desata el movimiento estudiantil. Aquí me conecté‚ en la Facultad de Filosofía y Letras, con Carlos Pereyra, él me llevó por todos lados, estuve en todas las manifestaciones y traté de hacer la conexión entre los del movimiento estudiantil de México con los estudiantes alemanes. Entonces sobrevivía yo haciendo algunas traducciones. Lo primero que hice fue la traducción de un libro que editó Siglo Veintiuno, que se titula El capitalismo del desperdicio, de Adolf Kozlik. Así comencé, traduciendo cosas de Sartre, entrevistas suyas, y diversas cosas para la Revista de la Universidad y para el suplemento México en la Cultura. Más tarde, muerto de miedo, comencé‚ a dar clases y gracias a Julio Boltvinik, que me cedió una de sus clases, entré como profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en 1972. Luego pasé a la Facultad de Filosofía y Letras, en 1973, como ayudante de Adolfo Sánchez Vázquez. Para 1974 o 1975 pasé a la Facultad de Economía, donde se armó el Seminario de El Capital, que fue mi primer trabajo original, digamos. Y lo que hice en el Seminario de El Capital fue una “lectura” de El capital de Marx, una lectura propia de principio a fin, una interpretación de El capital de Marx. Creo que es una lectura con un cierto nivel de problematización, de un cierto nivel de teorización, que, por lo general, no es considerado cuando se lee a Marx, y yo creo que eso le da mucha coherencia al discurso de Marx, le da vitalidad y actualidad, si lo planteas en un plano de abstracción mucho mayor que si te pones a considerar el plano de las predicciones, de si tuvo o no razón y tonterías de ese tipo. Porque, por otra parte, a mí no me gustaba la lectura de Marx que entonces estaba de moda, la de Althusser, no me gustaba nada. Pero no sabía qué hacer frente a eso porque Althusser era entonces muy poderoso, tenía un gran influjo en Francia y fuera de Francia con sus libros bien armados y con el respaldo del estructuralismo, también en auge en ese momento, y toda esa corriente teórica barría prácticamente con todo. Entonces yo me planteaba otra lectura, que resultó un poco en polémica con Althusser. Digo que “hice” pero, en realidad, éramos un grupo, allí estábamos Jorge Juanes y yo, y también otras personas. En 1979 pasé a la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía. Fue entonces que estudié mucho antropología, semiótica, lingüística, etc. Y de allí salieron cursos para una clase en la Facultad de Filosofía y Letras, “Economía y filosofía”. Después del auge, y de la casi dogmatización del marxismo althusseriano, vino el problema de la decadencia del marxismo, después del malentendido entre Althusser y el neogramscismo, reacomodado, que prevalecía en México, a finales de los años setenta. El marxismo comenzó a fallar, la Unión Soviética estaba ya en picada y todo eso. Mientras tanto, yo pensaba que era indispensable sostener las bases de la estructura del discurso crítico de Marx, y allí fue donde di el vuelco hacia una tematización más general del problema del capital, siguiendo el planteamiento de Marx en el sentido de que la crítica no es sólo crítica de la economía, sino de la sociedad en su conjunto. Así surgió entonces para mí el concepto de modernidad.

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