Un relato de Ricardo Bada

nexos publica un largo relato de Ricardo Bada en el que se intercalan la muerte, la sorpresa del suicidio y los elegantes nudos [de corbata] Windsor:

A Ute & Günter Grass

El vecino de arriba se suicidó el miércoles.

Me desperté igual que casi todos los días a eso de las seis de la mañana. 6:23 marcaban los dígitos rojos fosforescentes del despertador sobre la mesilla de noche del lado de Eva. El alba traspasaba con fulgor de mediodía las espesas cortinas rojas del dormitorio. Y mientras me estaba levantando de la cama, semidormido, escuché como si fueran parte del sueño las primeras frases sofocadas, que no querían ser, que no eran grito:
—No puede ser, no puede ser…

Cuando apreté la palanca de la cisterna me empezó a sonar menos onírico un rumor de pasos acelerados que subían la escalera, dejaban atrás nuestra puerta, continuaban hasta el piso de arriba. Medio zombi todavía, llegué hasta la cocina siguiendo el ritmo casi ritual de todos los días al despertarme a esta hora: vaciar la vejiga, tomar un vaso de leche y regresar a la cama hasta las ocho. Ahí, casi ya en la puerta de la cocina, por la ventana siempre entreabierta, oí las nuevas frases sofocadas que coronaban un descenso atropellado de otros pasos, más ligeros, más jóvenes, desde el piso de arriba hasta la puerta de la casa:
—No puede ser verdad, no puede ser verdad, se ha caído del tejado, se ha caído del tejado…

“Tosca” (el gato), pensé.
—Tírame una manta para taparlo, tírame una manta…

Entretanto tenía el vaso de leche lleno en la mano. Parpadeando y aún sin despertar del todo me acerqué a la ventana y miré hacia abajo.

El vecino de arriba estaba exactamente debajo de esa ventana de nuestra cocina, estrellado contra el pavimento del sendero que rodea la casa. La cabeza sesgada mirando hacia la derecha, hacia la puerta; sesgada y casi intacta, pero desde luego cascada de un modo irremisible por la parte que tocaba al suelo. Lo deduje del charco de sangre componiendo una aureola a su alrededor, del cuerpo desmadejado y al mismo tiempo yerto (“rigor mortis”, me dije), de la rodilla derecha también abierta como por un cascanueces, del brazo derecho extendido y azuleado. Todo el resto de sueño que me quedaba se volatilizó mirando aquel rojo y aquel azul. Recién entonces descubrí la presencia de Jeannette, su hija mayor, arrodillada al lado, con una manta que tenía que haber caído desde la ventana abierta por encima de la mía sin que yo me diese cuenta, y que trataba de extender sobre el cuerpo para arroparlo contra un frío del que no defienden las mantas.

Me ganó otra frialdad distinta, la de la razón, la del no te metas: Esto no tiene nada, nada, nada que ver contigo, te bebes la leche, vuelves a la cama y te levantas a las ocho. Y, sin embargo, con esa irreductible determinación consciente, abrí la puerta de nuestro departamento y pregunté a media voz si pasaba algo. Me respondió un sollozo y corrí escaleras abajo hasta la puerta, me acerqué a Jeannette y le dije que no intentara darle vuelta al cuerpo como estaba queriendo hacer, que no tenía sentido porque…, y sus ojos me miraron sin saber todavía pero sabiendo que no tenía sentido…

En ese momento bajó Ingrid, su madre; poco después Eva, preguntando qué pasaba.

El vecino de arriba ya estaba cubierto por la manta, pero tan sólo parecía que se hubiese tendido a dormir afuera, en este verano tórrido del Rhin. Ya venía el médico de urgencias, la ambulancia, dijo Ingrid. ¿Y la policía?, pensé. Eva subió a preparar una tila para Jeannette.

A Jeannette y a Ingrid les pedí que fueran a su piso, yo esperaría abajo la llegada de la ambulancia, del médico. No añadí que a la policía. Pero Ingrid —que rehuía mirar el bulto del cuerpo y la manta a nuestros pies, todo lo contrario de Jeannette, quien no podía apartar su mirada de allí—, hablaba con voz extrañamente calma de que él, él, no había dejado ninguna nota escrita declarando su intención, y después dijo algo acerca de un enterramiento anónimo, que ésa había sido su voluntad declarada tiempo atrás…, mientras yo me preguntaba cómo se puede ser tan práctico en tales momentos.

Pero fui yo, por cierto, quien pensó aún más prácticamente que estábamos en ropa de dormir, y yo, además, descalzo, íbamos a agarrar una pulmonía. Subí el primero a ponerme unas babuchas, y bajé y logré convencerlas de que se fueran arriba, a esperar.

Al quedarme solo miré al bulto bajo la manta. ¿Por qué?, le pregunté, ¿por qué así?, si tenías ganas de matarte ¿por qué así?, hubieses salido por este mismo sendero, doblado a la izquierda, subido la rampa, doblado otra vez a la izquierda, tomado el camino recto hasta el río, son sólo quinientos metros, una zambullida y adiós mundo cruel. ¿Por qué así, delante de la puerta de tu casa, pero también nuestra casa, después de que el repartidor del diario nos dejó la prensa en el umbral? (Esto era claro, si no el propio repartidor lo habría descubierto.) ¿Quisiste que fuese uno de nosotros quien te encontrase aquí, muñeco sin vida? Porque una de las normas no escritas de la convivencia en el número 11A era que quien primero se levantaba debía bajar a recoger los periódicos del día, apilados en el umbral de la casa, e irlos dejando ante la puerta de cada uno de los tres pisos

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