“Otra vida”, poema de Derek Walcott

En una versión de José Luis Rivas, Letras Libres publica el siguiente fragmento del poema “Otra vida” de Derek Walcott:

Uno
El niño dividido

Según biografías legendarias, Cimaue admira a Giotto, pastor que dibuja carneros; según biografías verídicas, no son los corderos los que dan a Giotto el amor de la pintura: son precisamente los cuadros de Cimaue. Lo que hace de un hombre un artista es haber sido impresionado en la adolescencia más profundamente por el descubrimiento de las obras de arte que por el de las cosas que representan.
André Malraux, Psicología del arte

Capítulo 1

I
Verandas, donde las páginas del mar
son un libro que un maestro ausente dejó abierto
en medio de otra vida:
empiezo aquí de nuevo, empiezo
hasta que este océano
sea un libro cerrado, y, cual una bombilla,
mengüen los filamentos de la luna blanca.

Empiezo en el crepúsculo, cuando un relumbre
que retuvo un toque de clarines, arriaba
las astas de los cocoteros de la caleta,
mientras un solcansado de imperio se ponía.
Hipnotizaba como un brasero cuando no hay viento,
y mientras su ámbar escalaba
los óvalos de jarras de cerveza del fuerte británico
hasta enseñorearse del promontorio, el cielo
se embriagaba de luz.
¡Allí
estaba tu paraíso! El límpido
esmalte de otra vida,
un paisaje cautivo en ámbar: el esparcido
centelleo. Los sueños
de la razón habían engendrado su monstruo:
un prodigio de una época y de un color que no eran.

Todala tarde el alumno, poseído
por la aguda fiebre de un aprendiz de dibujante,
había magnificado el puerto; ahora el crepúsculo,
ansioso de imprimirle el último toque,
dibujóde una vez la silueta de una muchacha
en el umbral de un cobertizo de piedra para lanchas de motor,
luego entróen un reflexivo silencio. Ese silencio
aguardaba la ejecución de los detalles:
el tejado de dos aguas del St. Antoine Hotel
emergiendo de la selva, la bandera
del Palacio de Gobierno fundida con su asta,
y aguardaba que el ambarino destello en su reflujo barnizara
los últimos bohíos del Morne, hasta quedar
transfigurados al puro y simple antojo del alumno:
trozo del Cinquecento en un marco dorado.

Se disipóla visión,
cerros negros se vieron reducidos
a trozos de carbón,
pero si bien la claridad se apagóal pasar por la piedra
de aquel transformado hangar del muelle,
una muchacha, al soplar las brasas en su cocina,
podía sentir a su época entrándole por los cabellos.

La sombra, suave como la amnesia, cubrióla falda del cerro,
se puso en pie y trepóhacia el estudio.
Ardía el último cerro;
el mar se estrujócomo un oropel;
de la estación de radio se elevóel globo de una luna: O,
oh espejo donde una generación entera deseóvivamente
la blancura y el candor, sin ser correspondida.

La luna se mantuvo en su puesto, sus dedos
acariciaban un mar surcado de pliegues como un quitón,
su disco blanqueaba las conchas
de ruinosas oficinas, percebes adheridos a los muelles
de la ciudad destruida por un incendio, su farol
desnudaba los óvalos de fachadas sin dientes
al largo de romanas arcadas y, mientras él pasaba,
sus alternos marfiles lucían sin armonía;
su era estaba muerta, su manta amortajaba
el mobiliario añoso, el manto de la chimenea
con su Venus de yeso blanco,
que su deseo había vuelto marmórea, espejo
de las sirvientas negras, algo cascado y sin baño ya de plata,
como el retrato, de pañoleta y arracadas, del pintor: Albertina.

Tras la puerta, una bombilla
aureolaba la tonsura de un lector acurrucado
como embrión en su pálida gasa,
la mirada tranquila
se volvióen dirección suya, los cortos brazos
se entreabrieron: bienvenido. Veámoslo.
Moreno, tirando a calvo, una papada de saurio
proyectándose desde el cuello hasta debajo del labio;
gruesas gafas, como pisapapeles de cristal, cubrían aquellos ojos,
que tenían el color verde de una botella pulida por el mar,
el hombre levantóel dibujo hacia su rostro
como si la miope fuese la penumbra, no su vista.
Luego, con paulatinos trazos, el maestro enmendóel boceto.

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