La poesía de un hombre, no de un exiliado

El Cultural reproduce una de las últimas entrevistas que ofreció el poeta Tomás Segovia, quien jamás aceptó la “etiqueta” de poeta del exilio:

Pregunta.- Hace tres años hizo también una lectura en Librería Alberti en el marco del festival VivAmérica. ¿Qué ha cambiado en usted en este tiempo?

Respuesta.- A mi edad lo único que cambia visiblemente es la salud. Además a mí, desde muy joven, eso de presumir de estar siempre cambiando y “evolucionando” me parece una cursilería moderna. Tampoco en eso he cambiado. La evolución no es eso.

P.- En Estuario alude constantemente a la ligereza, a flotar con la corriente (“Horas sin sombra y sin residuo / en las que el mundo basta”). ¿Se es más feliz sin raíces fijas?

R.- Se es feliz o infeliz con raíces fijas o sueltas, pero en todo caso más probablemente si se pone en regla con su condición.

P.- Usted combate la etiqueta de “poeta del exilio”. ¿Qué peso tiene entonces el desarraigo en su vida y su obra, si es que tiene alguno?

R.- Bien dicho: la etiqueta. El exilio es mi condición, o sea lo que con espíritu romántico trata uno de convertir en un “destino”. Pero aceptar nuestro “destino” es justamente no utilizarlo en provecho propio, incluyendo el provecho de tener con eso una bandera, una justificación, una reclamación o lo que llaman una “identidad”. Dicho de otra manera: yo no quiero que se juzgue mi obra como la obra de un exiliado, sino de un hombre, como si fuera mujer no quisiera que se juzgara mi poesía como poesía de mujer, sino de poeta. Ponerse a la cabeza de algo, incluso en arte o poesía, es siempre buscar el poder y yo creo que la poesía es todo lo contrario del poder.

P.- En Estuario hay una búsqueda de la verdad a través de la naturaleza. ¿La vida moderna nos aleja de esa verdad? ¿Esa relación con la naturaleza tiene algo de místico o religioso?

R.- Sí, creo que el aspecto más dominante de la vida moderna no sólo nos aleja de la naturaleza, sino que la amenaza gravemente, a la vez que un aspecto de esa vida moderna tiene una evidente nostalgia, muchas veces con alarma, de esa naturaleza. Pero “místico” y “religioso” me parecen palabras muy peligrosas, prácticamente imposibles de usar con inocencia. Si se trata de un nivel de reflexión y expresión que busca el sentido radical y de conjunto del hombre y su historia, creo que ese nivel existe, pero los que reivindican la religión y la mística no suelen colocarse en ese nivel, más bien todo lo contrario.

P.- Como dice García Montero, en su poesía se combina la embriaguez con la lucidez. ¿Cómo opera esa dualidad?

R.- Porque tal vez no se trata de una dualidad. Embriaguez aquí no se refiere a la pérdida de lucidez del borracho de alcohol o de drogas, sino a ese soltar amarras y levantarse por encima de los pequeños intereses particulares, ese “flotar” como quien se cierne sobre la vida en su mayor amplitud, que es justamente el sentimiento de la más limpia lucidez.

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