Marina Tsvietáieva, un retrato literario

Revista Ñ publica un hermoso retrato de la poeta rusa Marina Tsvietáieva, a propósito del libro escrito por su hija Ariadna: Marina Tsvietáieva, mi madre (Circe, 2009). Les recomiendo la lectura de este breve perfil y que revisen la entrevista con Selma Ancira, excelente traductora de Tsvietáieva:

Escribía de mañana. Bien temprano y con el estómago vacío. Hundía los codos en la mesa, permanecía ajena a todo lo que no fuese la hoja en blanco; no caminaba por la habitación, no abría y cerraba un libro, se quedaba como si la hubieran clavado a la silla, repitiendo algún verso, buscando esa unidad entre el sonido y el sentido que tanto la fascinaba. La escena nos llega de la mano de su hija Ariadna en ese extenso retrato que es Marina Tsvietáieva, mi madre (Circe, 2009). Podía escribir cualquiera fueran las circunstancias que la rodearan y de hecho, así lo hizo. En los años de la Revolución Rusa ella misma cosía sus cuadernos. Pero ya, mucho antes –según cuenta la propia Tsvietáieva en ese precioso ensayo sobre la literatura y la infancia que es Mi Pushkin (Acantilado 2009)– de pequeña, se había confeccionado pacientemente uno en el que copió hasta el cansancio –porque una mancha, un borrón bastaban para arruinarlo todo– el poema de su adorado Pushkin: “Al mar”. Alguna vez el hijo de Pushkin fue de visita a la casa familiar. La pequeña Marina lo esperó debajo del piano de su madre.

Heredera de una pasión

Marina Tsvietáieva nació el 26 de septiembre de 1892 en Moscú. Escribió poesía, teatro, ensayo, diarios y una extensa correspondencia. Su padre era profesor de historia del arte y fue el fundador del primer museo de artes plásticas de la Rusia prerrevolucionaria (hoy el Museo Pushkin de Bellas Artes); su madre, “una polaca de sangre azul”, según la propia Tsvietáieva, tocaba el piano de manera brillante. De su padre heredó la pasión por el trabajo, la renuncia; de su madre –esa madre cuyas últimas palabras fueron: “sólo añoro la música y el sol”–: el amor por la música, la naturaleza, la poesía. En su “Respuesta a un cuestionario”, incluida a modo de autobiografía en el libro y disco El sol de la tarde (Colegio Universitario de Humanidades, 2008) en el que Elena Forlova canta los poemas de Tsvietáieva –regalo de su incansable traductora Selma Ancira–, la poeta reconoce algunas de sus influencias. Los poetas franceses, los alemanes: Goethe, Hölderlin, Heine. De sus contemporáneos: Pasternak. Siempre: “Los gitanos”, de Pushkin. Para su generación los poetas-faro eran Aleksandr Blok (1880-1821) y Anna Ajmátova (1889-1966). De Ajmátova, como de Maiakovski o de su adorado Rilke a quien le dedicó ese hito de la poesía rusa que es la “Carta de Año Nuevo” se sentía hermana, compañera de armas. Otra cosa era Blok, a quien le dedicó una antología de versos, Versos a Blok, fundador del llamado movimiento simbolista. Según cuenta Ariadna, lo veneraba como a un dios. Lo vio dos veces, pero nunca se atrevió –o no quiso– acercarse a él: “sabía que los únicos encuentros que jamás decepcionan son los encuentros imaginarios”. De él toma, explica Laura Estrín en su prólogo a Tres poemas (Alción, 2006) cierta “temeraria” sinceridad, un particular realismo “que la hace decir (igual que Blok); Todo esto ha existido, mis versos son mi diario.”

Tsvietáieva hablaba alemán y francés tan bien como su propia lengua. Había estudiado en Suiza, donde la habían educado gobernantas e institutrices. Apenas había tenido contacto con el pueblo ruso, con las zonas rurales, mucho menos con las áreas industriales. Sin embargo, aquel crudo invierno de 1919 en el que murió su hija pequeña, Irina, hacía rato que Moscú era sinónimo de campesinos, de interminables caminatas en busca de al menos una ración de alimentos; de la solidaridad de Diunia, la lechera, que recibía de manos de Tsvietáieva objetos inútiles, trozos de papel con alguna anotación a cambio del bidón de leche que religiosamente le llevaba. Entonces, en el ruso literario de la poeta comenzaron a mezclarse otras voces, otra música. Diálogos, conversaciones que apuntaba en sus cuadernos. “Lo que para Marina había sido inaudible hasta entonces, ininteligible, encontró una voz cuya fuerza ella enseguida percibió y absorbió para siempre. El tiempo pasó y ella, siempre la misma y sin embargo muy diferente de la antigua Marina Tsvietáieva, proclamaba en su famosa carta a Maiakovski, no sólo la fuerza sino también la verdad de la Rusia revolucionaria”, cuenta Ariadna en su libro

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