Geney Beltrán sobre Daniel Sada

Como se los había prometido, les comparto un fragmento del ensayo crítico, a mi parecer muy inteligente, que escribió Geney Beltrán Félix para Letras Libres sobre la última novela de Daniel Sada:

A la vista es otra novela de Daniel Sada. He ahísu virtud, también su problema. Sucede esto: en A la vista tenemos el despliegue de una prosa extrema, esa región personal del idioma que Daniel Sada (Mexicali, 1953) patentóen varios libros de ficción, en lo que llamaríamos el Ciclo del Desierto: de los cuentos de Juguete de nadie (1985) a su obra cumbre, la novela Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999).

Hallamos en A la vista el léxico de hibridez carnavalizada en el que conviven regionalismos, coloquialismos y cultismos, muestra de un oído poroso ante la oralidad a la vez que de un genial eclecticismo para el que distintas épocas y geografías del idioma conviven en el presente. Cierto que en esta prosa ya tiene menos peso el muy audible apareamiento de endecasílabos, octosílabos y heptasílabos, recurso –natural de un lector de poesía clásica– que se ha venido aligerando desde hace tres o cuatro libros, sinque se pierda el sinuoso ritmo de la frase –que da fe de un ir y venir entre el discurso indirecto libre y las incursiones doxales de un narrador de tercera persona–, ni otras marcas sintácticas que desdramatizan el relato. Como lo esperábamos: la lección de un maestro.

Pero esta descripción es insuficiente. Antes de hablar de una prosa, tendríamos que hablar de la voz que la produce. El estilo en Sada no es un capricho. Es un rasgo psicológico del personaje más importante creado por su imaginación: ese campirano contadorde historias que, con todo y omnisciente, nunca es imparcial, pues describe y narra con incorrección política rasgos y acciones. Esta es la gran invención de Sada: un claridoso Balzac de pueblo norteño. Que es, también, una reivindicación muy latinoamericanista: su dicción localizada, inalienablemente intraducible, podría leerse como una declaración de soberanía lingüística que se afilia al Siglo de Oro y cierta franja del boom en su cometido de legitimar las jergas populares y hacerlas invadir los cenáculos de la escritura culta. La operación de Sada lleva la riqueza verbal de seres expulsados de la Historia (no porque suene grandilocuente deja de ser cierto) al territorio del arte.

También habría que reparar en otra cosa: con su Ciclo del Desierto, Sada reformuló el tratamiento de lo rural en la ficción hispanoamericana. Para el último tercio del XX, narrar el campo era suicida; quienes lo intentaban no pudieron escapar a la condición de epígonos de García Márquez o Rulfo. Gracias a su narrador logorreico(no lacónico, tampoco hiperadjetivado) y su enfoque satírico (no trágico ni magicorrealista), Sada supo eludir las sirenas de la inmovilidad de la trama y el lirismo imaginístico (caminos que siguióel deslumbrante Jesús Gardea) para mantener los dos piesen el viejo terreno narrativo y hacer asívisible, de nueva cuenta, al campo, abandonado por la gente mas no por la palabra, como materia aún urgente para la fabulación

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