Sobre el arte de la política

Que el arte de gobernar, la política, es ante todo arte, habilidad, olfato, sentido común, experiencia, destreza, audacia y una malsana paciencia, lo sabían los antiguos como los recién llegados a la modernidad. Pienso en Plutarco, y también en Shakespeare, Montaigne y, por supuesto, Maquiavelo. La política, antes que a inanimadas reglas e instituciones, implica a un artista, un actor, un protagonista: el político. Gran parte de la ciencia política contemporánea, que se divulga en revistas especializadas o se enseña en la cátedra, ignora, intencionalmente, por un prurito científico, esa verdad elemental. “El gobernante ha quedado arrinconado en los márgenes de los estudios de regímenes, instituciones, políticas públicas”, apunta Jesús Silva-Herzog Márquez en un ensayo publicado por nexos (noviembre, 2011) en el que retoma esa colección de consejos al político que publicara en 1908 el escritor español Azorín, con el sencillo título El político (si no han leído este librito, no sé qué esperan).

Escribe Jesús:

Gobernar es una destreza, no un conocimiento. Es habilidad, no teoría. Las tareas del gobernante están por eso más cerca de la agilidad del gimnasta que de la precisión del ingeniero. La modernidad se ha empeñado en olvidar esa elemental lección maquiavélica: la política es arte y olfato, cautela y audacia. El entendimiento del poder fue otro desde el momento en que Thomas Hobbes escribió en el capítulo XX de su Leviatán que la formación y el mantenimiento de los reinos no se parecía al juego de tenis. No es una práctica como el deporte de raqueta, decía: es, como las matemáticas, un edificio a reglas sujetado. La pericia, desde entonces, se desdeña.

La ciencia política contemporánea tiene un agujero: el político. Ese personaje cuyo espejo quisieron captar los grandes pensadores del Renacimiento ha caído en el olvido. El gobernante ha quedado arrinconado en los márgenes de los estudios de regímenes, instituciones, políticas públicas. Tan sólo hablar del tema ofende a los escolares. Brincan de inmediato diciendo que hablar del sujeto gobernante supone nostalgia de un salvador, desconfianza de las reglas, desprecio de lo social. El estudio serio de la política ha de emprenderse como si al coche no le hiciera falta un conductor despierto. Lo que importa, lo único que importa, es la maquinaria y el mapa. El chofer es irrelevante. ¿Podemos perseverar en ese empeño de ignorancia? ¿Podemos seguir creyendo que es suficiente tener una máquina bien ensamblada y una técnica coherente para gobernar en democracia? Los fundadores de Estados Unidos creyeron que estaban pariendo una novedad histórica: un gobierno de leyes y no de hombres. Su idea era en extremo ingenua: todos los gobiernos son gobiernos de hombres. Las reglas serán indispensables para la estabilidad y la cordura de la política, pero nunca se podrá pensar que quienes deciden sean insignificantes en la marcha del poder. La cautela liberal —diseñemos institutos para que nadie, ni el peor de los malvados nos haga demasiado daño— termina siendo un grosero menosprecio al ingrediente vital de la política: el sujeto que decide por otros.

Hace poco más de un siglo, Azorín publicó un ensayito que el Fondo de Cultura Económica acaba de reeditar en su colección Centzontle. Se trata de una colección de consejos al político que lleva por título simplemente El político. Leer hoy ese texto centenario es reencontrar un asunto que obstinadamente olvidamos: la base personal de la acción política, el agente del mando. Su presencia y sus fingimientos, la seducción de sus lecturas, el valor de su oído, el esmero de sus palabras, el cerco desafiante de la circunstancia, el mérito de la serenidad y de la fuerza son trastos que no caben en estatutos constitucionales.

José Martínez Ruiz insertó en la novela de la que pescaría su seudónimo una fabulilla sobre el origen de los políticos. La humanidad fue por unos años plenamente feliz. Había sido agraciada por la belleza, el amor, la inteligencia. Dios estaba plenamente satisfecho de su obra, pero, al cabo de unos años, las criaturas entristecieron. Algunos se desesperaban, otros enloquecían. Unos incluso se quitaban la vida. Los hombres llegaron a la conclusión de que el origen de sus desgracias era la inteligencia. Al observar el mundo y razonar se percataban de su insignificancia y advertían la inutilidad de la vida en la absurda corriente de la existencia. Así, los hombres se dirigieron a su creador para suplicarle que les arrancara esa maldición. Dios se sorprendió del pedido pero, en su misericordia, concedió el deseo. La inteligencia dejaría de estar fija en la cabeza y podría guardarse en casa para salir a la calle con tranquilidad, sin el fastidio del pensamiento. Volvieron así los hombres a sus casas y muchos guardaron la inteligencia en sus baúles.

Las Tierra vio entonces a hombres modestos que dejaban la inteligencia guardada y a otros que, con arrogancia, la portaban siempre en la cabeza. Pero había otros que no sacaban la inteligencia porque en realidad nunca la tuvieron. Sin embargo, aprovechando la orden divina fingieron que la habían depositado temporalmente en su casa. A esos hombres la gente empezó a llamar políticos, hombres que por su cortesía fueron ganándose la simpatía popular y recibiendo la encomienda de cuidar sus asuntos. Así pasaron los siglos hasta que un buen día la gente se percató de que esos hombres no llevaban la inteligencia en la cabeza ni tampoco la tenían guardada en el cajón. Ésos son los personajes que llenan los parlamentos y los ministerios: mentirosos de cabeza hueca. “Entre la indignación y la ironía —escribió Azorín—, me quedo con la ironía”.

La inteligencia abstracta está peleada a muerte con la política. Un político inteligente es un político fracasado. En la sátira El chirrión de los políticos, escribe: “No hay conjunción entre la acción y la inteligencia. Un político intelectual se destruye a sí mismo. La inteligencia negará siempre en el político la obra práctica de éste”.1 Pero tampoco piensa Azorín que los políticos sean dechados de todos los males: “Riamos de los políticos —cuando sean risibles— pero no cometamos la injusticia de considerarlos peores que los demás vivientes”

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