Preferiría no hacerlo

En la bitácora de La Tempestad José Luis Bobadilla publica un ensayo crítico sobre el excelente relato -clásico, triste, fascinante y siempre actual- Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. “Bartleby muestra ese sentido absurdo que hoy se nos impone: nadie hace lo que realmente quiere”, escribe Bobadilla, y yo suscribo su afirmación. “Preferiría no hacerlo” es la expresión que me define con frecuencia, sobre todo en espacios que me asfixian.

Escribe José Luis:

Una de las más notables traducciones de Borges es, sin duda, la de Bartleby, el cuento de Herman Melville. Cuando lo leí por primera vez no conocía ninguna otra obra del escritor norteamericano. Luego que lo adquirí, me acuerdo, en el trayecto a mi casa, leí con placer el prólogo del escritor argentino que prometía una experiencia excepcional. Borges mencionaba -lo que entonces me impresionó-, que el relato de Melville era una prefiguración de la obra de Kafka: “Bartleby pertenece al volumen titulado The Piazza Tales (1856). De otra narración de este libro observa John Freeman que no pudo ser comprendida con plenitud hasta que Joseph Conrad publicó ciertas piezas análogas, casi medio siglo después; yo observaría que la obra de Kafka proyecta sobre Bartleby una curiosa luz ulterior. Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, psicológicas. Por lo demás, las páginas iniciales de Bartleby no presienten a Kafka; más bien aluden o repiten a Dickens… En 1849, Melville había publicado Mardi, novela inextricable y aun ilegible, pero cuyo argumento esencial anticipa las obsesiones y el mecanismo de El Castillo, de El proceso y de América; se trata de una infinita persecución por un mar infinito”.

La experiencia de lectura cumplió toda expectativa y con el tiempo Bartleby y el resto de la obra de Melville, pasó a formar parte de ese grupo de lecturas a las que volvemos irremediablemente, una y otra vez. Lecturas, comentarios, notas críticas y ensayos sobre Bartleby, existen a montones. Sin embargo, pocas son tan elocuentes y sugerentes como el gesto simple de su inclusión en la Antología del cuento triste de Augusto Monterroso. Y es que en serio hay algo triste que atraviesa ese cuento y que rebota toda descripción.

Herman Melville nació en Nueva York en 1819 y murió en 1891 (hace 120 años), en esa misma ciudad siendo un olvidado empleado de aduanas. Un barco ballenero, dijo en algún lado, fue su Harvard y su Yale. En 1851 apareció Moby Dick y en 1924 se publicó póstumamente Billy Budd. Sabemos además que viajó por los Mares del Sur, que convivió con caníbales, que se amotinó con otros marineros, que vio con asombro costumbres ajenas a Occidente, y que como recuerda Robert Creeley en uno de sus ensayos, grabó sobre su mesa de trabajo con una navaja: “Nunca olvides tus sueños de juventud”.

Bartleby, cuenta la historia de un copista que llega a trabajar al despacho de un abogado que requiere de sus servicios en el momento en que la carga de su trabajo aumenta por el nuevo puesto que le ofrecen como agregado de la Suprema Corte de Justicia. Después de curiosas dificultades, Bartleby termina en la cárcel, y muere. En el despacho había otros personajes singulares: Turkey, un hombre alrededor de los sesenta que después del mediodía transformaba su amable personalidad en un iracundo y grosero personaje; Nippers, un joven de 25 años, ambicioso e igualmente voluble, salvo que éste en lugar de alterarse por la tarde lo hacía por la mañana; además de Ginger Nut, el mensajero de doce años.

Bartleby, como sabemos, responde a toda solicitud de su jefe de la misma manera: “preferiría no hacerlo”. La insistencia de esta aparentemente amable negativa, por un lado causa hilaridad, pero por otro, ansiedad y perplejidad:

“Como un verdadero fantasma, cediendo a las leyes de una invocación mágica, apareció al tercer llamado.

—Vaya al otro cuarto, y dígale a Nippers que venga.

—Preferiría no hacerlo—dijo con respetuosa lentitud, y desapareció mansamente”

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