Entrevista con Annie Le Brun

Les recomiendo el interesantísimo, profundo, diálogo que sostuvo Philipe Ollé-Laprune con la pensadora francesa, y muy aguda crítica, Annie Le Brun. Entre los temas de esta apasionante charla están el Mal, el surrealismo, la sacralización y, al mismo tiempo, mercantilización de la infancia, la satanización de la pedofilia, Sade, El hombre unidimensional de Herbert Marcuse, etc. Annie Le Brun nos invita a mirar a otra parte y, sobre todo, de una manera distinta, “…hoy cuando el precio de nuestra supervivencia depende únicamente de la apuesta a lo que no tiene precio“. Va una parte de la entrevista publicada por Letras Libres:

El nuevo mal que afecta nuestro tiempo y carcome los espíritus consiste en imponer el desvío o la reversión para mejor luchar contra la adversidad fundamental. Frente a semejante y tan terrible eficacia, ¿qué soluciones le parecen más idóneas?

Si quisiera ser cínica, aseguraría con Marcel Duchamp: “No hay solución porque no hay problema.” Precisamente porque nuestras sociedades se caracterizan por el hecho de que la mayoría sigue sin reparar en la mercantilización de los contrarios, que se ha vuelto uno de los motores del marketing. Así, de alguna manera, se puede vender el doble de productos. A propósito de la satanización de la pedofilia: ¿cómo no ver que esta satanización se acompaña de una evidente explotación erótica de la muy temprana adolescencia, por ejemplo, a través de los maniquís que se escogen cada vez más jóvenes?

Es un ejemplo entre muchos otros de lo que llamé la racionalidad de la incoherencia, que se ha vuelto un pensamiento normativo de nuestro tiempo, cada vez más seductor, porque presenta la enorme ventaja de justificarlo todo y hasta su contrario. Al buscar hace poco un título a la compilación de los artículos que escribí los últimos diez años, sin pensarlo mucho, dos palabras me vinieron a la mente: “allende” y “distintamente”, como si se tratara de desarrollar una muy distinta forma de crítica que aspirara a reconquistar la coherencia sensible de la que depende la singularidad de cada quien. Es un medio para impedir el triunfo definitivo del hombre unidimensional imaginado por Marcuse y que quisieran imponernos. De ahí la necesidad de mirar a otra parte y de otra manera, sobre todo hoy cuando el precio de nuestra supervivencia depende únicamente de la apuesta a lo que no tiene precio.

“Nuestra sociedad está aquejada de un mal particular que también afecta nuestra manera de representar este mal”, escribió usted. ¿Acaso ve en este fenómeno una manera paradójica de representar el mal para mejor dominarlo o dejar que nos domine?

Es notable que hasta ahora todas las sociedades tradicionales, primitivas o no, se hayan dado los medios para representar lo que usted llama el mal, o más exactamente, las fuerzas oscuras que están tanto adentro como afuera de nosotros. Los mitos, las religiones, tuvieron como función esencial evocarlas al tiempo que contenerlas en los ritos. En cambio, desde sus inicios, la sociedad industrial creyó posible ignorar este hecho para afirmar el positivismo contundente del progreso. De ahí se desprendió una nueva religión, una nueva devoción que desplazó las antiguas. Hasta tal punto que pensadores, filósofos y hasta revolucionarios no cesaron de trabajar para integrar lo negativo en la dinámica progresista, porque no prestaban atención (o incluso negándose a prestársela) al mundo sensible que no solo abre sobre todo lo que somos, sino también nos lleva a descubrir la parte de inhumano que nos habita. A toda costa intentan convencernos de que no hay inconsciente, cuando no cesan de engañarnos con simulacros de mitos, mediante la fabricación de iconos intercambiables (lo que conocemos como people), capaces de engendrar comunidades, al tiempo que son comunidades tan ficticias como perecederas. Se trata de una catastrófica ilusión de una estulticia absoluta, que se encuentra garantizada por un sometimiento absoluto a la técnica. Por desgracia, se suceden las catástrofes sin que nadie repare en ellas, porque la mayoría ya es víctima de la anestesia sensible ocasionada por la técnica. Quiero hablar de una creciente imposibilidad por representarse la relación entre causa y efecto, como si la técnica obligara a omitir la sensibilidad y el cuerpo, y creo que la cosa va peor, por ejemplo, con los videojuegos en los que se trata de matar todo lo que se mueve. Pero, desgraciadamente, uno se da cuenta de que no solo en los videojuegos el paso entre la ficción y la realidad se vuelve fácil. Me parece que es también una de las consecuencias del progreso técnico alcanzado, por caso, en la bomba atómica, porque basta empujar un botón para matar a miles de personas sin que esto remita a una realidad física. Es decir, se trata aquí de un nihilismo que, al borrar el cuerpo, elimina el sentido.

Cuando usted presenta los escritos de Unabomber, aspira a mostrar cómo “él encarna la mayor negatividad en una sociedad que niega cualquier negatividad”. ¿Ve usted en este tipo de discurso y de acciones una aproximación necesaria o incluso una solución al embrutecimiento que parece ser el sello de los tiempos actuales?

Por supuesto que no lo considero una solución, sería demasiado fácil, pero sí un formidable accidente que desbarata el decorado que intentan hacer pasar por realidad, o sea, por la buena realidad, aquella en la que habría que creer y que no es sino una escenografía. Pero ahí veo, al mismo tiempo, un signo y un síntoma significativo de la positividad ficticia a la cual las distintas formas del poder recurren para anestesiar el espíritu y la sensibilidad. En este sentido, es muy llamativo el ejemplo de Unabomber porque, al principio, todo estaba dado para fabricar con esta historia la leyenda dorada de la técnica.

Al inicio, entonces, tenemos a un hijo de inmigrado polaco, un niño superdotado, cuyos padres trabajaron duro, hicieron ahorros, muchos esfuerzos para que su hijo tan dotado pudiera volverse brillante y hasta un excepcional profesor universitario en el campo de las matemáticas en Berkeley. Y de repente todo se derrumba porque basta con que este joven llamado Theodore Kaczynski, un matemático fuera de serie, dotado de un extraordinario poder lógico, ejerza su capacidad lógica fuera de su especialidad para que, de un día para otro, se encuentre fuera de la ley. Es decir, al ejercer esta lógica implacable con respecto al mundo en que vivía, se da cuenta de que este mundo no funciona. Poco a poco comienza a tomar distancia con respecto a su trabajo, a sus colegas, hasta que acaba en un bosque. Y ante las catástrofes que, a sus ojos, provoca la sociedad industrial, ya no tiene más recurso que fabricar sus bombas (porque, además, es ecologista y fabrica él mismo bombas artesanales). En el fondo, su crimen consiste en haber sido consecuente, si se puede decir: de manera delirante, pero consecuente hasta jugarse su libertad. Es muy fácil condenarlo como se hizo llamándolo el loco bomber, en lugar de constatar que, después de todas las catástrofes que conocimos desde entonces, precisamente estamos viviendo el porvenir catastrófico que Unabomber había anunciado como la consecuencia lógica de la misma sociedad en la que vivimos y que lo condenó.

Esto nos remite a la relación entre el mal y la violencia, ya que el discurso oficial no cesa de insistir en la identificación de sendas nociones, aun cuando el poder mismo genera una violencia infinita y necesaria si se ha de creer en la historia. ¿Cómo se sitúa usted frente a estas paradojas?

Debo precisar que nunca acepté la noción de mal a causa de la fatalidad que le confiere su origen cristiano. Precisamente porque esta noción de mal resulta sumamente cómoda para generar cualquier ideología en la que violencia y crimen pueden aparecer sobre pedido. Me explico: se sirven del mal para fabricar buenos y malos, y decidir de pasada qué crímenes son condenables y cuáles son recomendables. Es también una de las razones del escándalo que sigue pesando sobre el pensamiento de Sade, porque él nunca cesó de proclamar que un crimen es un crimen, sobre todo en “Franceses, un esfuerzo más”, que se encuentra en La filosofía en el tocador, que es, insisto, un libro moral, porque revela la inmoralidad de la ideología como una máquina para justificar el fin que justifica los medios. En cuanto a la violencia del poder y a su discurso paradójico, no falta mucho para que me adhiera a la observación que hacía Petrus Borel, un pequeño romántico como se le llama, en la primera mitad del siglo XIX: “En París hay dos cuevas: una de ladrones y otra de asesinos; la de los ladrones es la Bolsa, y la de los asesinos es el Palacio de Justicia.”

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