Entrevista con Carlos Fuentes

Desde Londres, y con motivo de su nuevo y voluminoso libro La gran novela latinoamericana (Alfaguara), un verdadero recorrido por la novela, el escritor Carlos Fuentes sostuvo una larga charla con José Luis Martínez S., director de Laberinto:

¿Cómo mira el actual tiempo mexicano?, se le inquiere en clara referencia a uno de sus títulos.

—Lo considero un tiempo de transición —dice—. Pero todo el mundo está en una transición muy importante. En el norte de África, en el Mediterráneo, en Inglaterra, en España, estamos viviendo un cambio que yo considero un cambio de civilización. América Latina no es ajena a este fenómeno: Chile está cambiando y, desde luego, México…

Hace una pausa y enseguida sentencia:

—Habrá un nuevo tiempo mexicano.

En La gran novela latinoamericana se muestran, entre otros factores, los conflictos sociales como temas o detonantes literarios en la América española y portuguesa. Así sucede, por ejemplo, en Canaima, del venezolano Rómulo Gallegos (“decálogo de la barbarie” la llama Fuentes), y en las novelas que surgen del movimiento revolucionario iniciado en nuestro país en 1910. En la nueva narrativa mexicana un tema frecuente es el narcotráfico, abordado por el propio Fuentes en Adán en Edén. ¿Qué piensa él de la llamada narco-novela?

Adán en Edén tiene que ver con el narcotráfico, pero no repite lo que dice la prensa; no se trata de eso. La prensa habla del problema cotidianamente, pero a eso hay que darle un giro literario, imaginativo, humorístico —responde.

Sin calidad literaria, sin imaginación, señala el autor de La voluntad y la fortuna, la narco-novela “será sólo una moda pasajera”:

—La novela existió antes del narco y existirá después del narco, refleja un momento actual de la vida en México, pero no creo que sea un asunto permanente. La novela es permanente, el narco no.

En su libro, Fuentes comenta Purgatorio, la última novela de Tomás Eloy Martínez, por quien no oculta su admiración. En ella, el escritor argentino aborda el tema de los desaparecidos durante la dictadura militar en su país, entre 1976 y 1981. Fue una época de terror y el mexicano se pregunta: “¿Cómo incorporarla a la ficción, cuando la realidad supera a cualquier ficción?”

¿Cómo incorporar a la ficción la realidad que vive México actualmente?, se le plantea.

—Es muy difícil, pero de eso se trata la literatura, de ver cómo superamos la realidad que a veces nos avasalla y se impone como una fuerza superior a la de cualquier ficción. Esa realidad, por más apabullante que sea, va a pasar, en cambio, insisto, la literatura va a permanecer. El conflicto social que retrata Balzac, el ascenso de la clase media francesa después de la revolución, es un hecho interesante históricamente, pero lo que es de actualidad es la imaginación de Balzac, no los temas que trató. Lo mismo puede decirse de toda literatura.

En su ensayo, Fuentes escribe también que en la novela —y en el cine— “se pueden crear todas las realidades, imaginar lo que aún no existe y detener el tiempo”. Con esta convicción, decreta: “Busquemos entonces, en la novela, la realidad de lo que la historia olvidó”.

—Constantemente la historia está olvidando —dice cuando se le pide que explique esta idea—. La historia va en línea recta y rara vez recuerda que tiene un pasado. Además de la gran línea central de los sucesos, hay muchos caminos pequeños, muchos senderos, accidentes de ruta, que son los que aborda el novelista. Yo le pregunto a usted: ¿sabe quién era el ministro del Interior de Francia cuando Flaubert publicó Madame Bovary? Le aseguro que no, y yo tampoco. En cambio, todos recordamos Madame Bovary. Es decir, hay un arte, la novela, que sobrevive a los hechos políticos, a las circunstancias políticas, y se impone por la virtud de la imaginación y de la memoria, que son los dos grandes atributos de la ficción.

En el capítulo dedicado a Alejo Carpentier, cuyas novelas son “fundadoras de nuestro presente narrativo”, Fuentes se pronuncia contra quienes han pretendido o pretenden catequizar desde la literatura.

—Carpentier —dice— se olvidó de la tradición que personificaron Gallegos, Eustasio Rivera, Jorge Icaza y todos aquellos que trataron de cambiar al mundo a través de la literatura, de dictar cátedra y echar sermones desde la novela. Carpentier entendió que la literatura habla por sí misma, su mensaje es implícito, no puede ser enunciado en un carteo, tiene que ser un mensaje sublimado

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