A propósito de “Manual del distraído”

En la última edición del suplemento Laberinto, el crítico literario José Antonio Lugo escribió una pequeña réplica a un artículo del escritor Heriberto Yépez, quien cuestionó el libro de ensayos Manual del distraído (un libro que releeré siempre), de Alejandro Rossi, por haber coronado la distracción como ingrediente del ensayo mexicano. Les comparto el texto de Heriberto y luego la respuesta de José Antonio:

Anti-manual del ensayista distraído

Precisaré mis improperios contra el ensayo de estilizada nadería.

Cima de este sub-género en México es Manual del distraído de Alejandro Rossi; obra de culto (con todo y velas), summínima del decoro en prosa y verídico manual del escritor distraído, aquel para quien el asunto es pre-texto para pulir parrafística.

Manual del distraído es el límite entre el ensayo con argumento y al que le da tos tener tesis. El ensayo a punto de renunciar a la idea.

Rossi coronó la distracción. El ensayo como mesurada escolta del estilo literario. Textura que rechaza ciencia y máxima; tratado y ponencia. ¿Su alternativa?

El ensayo Capulina: “No lo sé, puede ser, a lo mejor, tal vez, quién sabe”.

Indudablemente Rossi proviene de la escuela de la duda. ¿Pero ha tenido Hispanoamérica algo más que Montaignes?

Rossi admiraba a Ortega (filosofía más estilo) pero Rossi no hizo sino ensayos de ocasión, detallismo. No era escritor sino tipógrafo.

Prosa para el paladar, Rossi continúo el periodismo ilustrado y se opuso a la filosofía profesoril, a propósito de trabajar en la UNAM; gustaba de Borges por combatir el “manierismo o al barroco vacuo… prosa enorme para no decir nada”. Quo vadis Quevedo.

Lo tragicómico es que su Manual hoy sirve como base al mito mexicano de que la página perfecta es la página vacía. Al no llegar a ella, se propagó el ensayo como nadería.

Escritura como pantomima. El libro como café literario y el escritor como el gran distraído, cuyo pazeo consiste —para no oponerse al PRI o a Octavio— en salir por la tangente.

Amar la minucia y sazonar viñetas.

El escritor distraído, para dar la espalda al caos social, engalana páginas. Sus ensayos son apolíticos, mesurados, gráciles. (Asco del panfleto sesentayochero.) El “gran” ensayo mexicano se escribe contra la Masa y las Noticias.

Ortega quedó desgarrado cuando Heidegger demostró que sólo sin literaturismo se podía escribir Ser y tiempo. Pero el ideal de Rossi —la “filosofía desenfrenada”— jamás se asomó en su obra. Manual del distraído tiene límites claros: límpidos.

Rossi se escandalizaba de que la crisis social del mundo hispánico no hubiese conducido a un gran libro teórico. Pero no se percató que su prosística era un antídoto contra esa urgencia.

Su obra sustentó al ensayo como amenidad de pocos. Fue parte de la decisión de que la prosa nacional no reflejara el desorden. La guerra sucia.

El ensayo como táctica para apartarse de… eso, los años concretos, tan imprecisos. Finge vivir en la marginalia libresca, monsieur distraído. Juega al despistado. Para no dar testimonio de la callejera crisis.

Régimen autoritario busca Escritor distractor: el orden bello, preclaro, de tu texto niega el cochino desmadre social. Rossi mata Revueltas.

El gobierno de Díaz Ordaz limpió la Plaza Vuelta, la prosa.

El predicador Yépez

Cuando Heriberto Yépez afirma que Manual del distraído de Alejandro Rossi es “pre-texto para pulir parrafísica”, que es un “ensayo a punto de renunciar a la idea” y que “coronó la distracción”, el autor demuestra que no ha leído a Sterne y a su Tristam Shandy, ni a Jacques el fatalista, expertos en la distracción. “¿Cómo se habían encontrado? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¿Qué os importa? ¿De dónde venían? Del lugar más cercano. ¿A dónde iban? ¿Es que uno sabe a dónde va? ¿Qué decían?” (Diderot).

Nuestra visión de la realidad no se traza con dogmas ni con líneas de frente. Juan García Ponce tituló Diagonales a su revista y Marc Cheymol Alfil a la suya, que durante unos años editó el IFAL. Pero las miradas oblicuas y diagonales no pertenecen al mundo de las certezas en las que habita el predicador Yépez.

Sí, nuestro colega pertenece a esa raza de seres que se creen poseedores de la verdad y la enarbolan como bandera (o banderola, en su caso). Le haría bien leer menos a Sartre y a Saramago, grandes predicadores, y más a Camus, otro escritor distraído que tenía más preguntas que respuestas, cuestionamientos en los que brilla el fuego de la inteligencia, que se interroga, al tiempo que se ríe de los demás y de sí misma. Los predicadores pertenecen, por el contrario, al mundo de los agelastas —de los que nos prevenía Kundera en su discurso al recibir el Premio Jerusalén, incluido en El arte de la novela— (publicado originalmente en Vuelta, por cierto), el mundo de “los que no saben reír”, porque se creen poseedores de la verdad.

El señor Yépez afirma que Alejandro Rossi no es escritor sino “tipógrafo” y que escribe “ensayos sobre la nadería”. Ante afirmaciones de esa envergadura, pronunciadas desde el púlpito de su columna, no me queda más que bostezar con tedio. ¡Qué lejos estamos de los dardos afilados e inteligentes de Sainte-Beuve, o de Karl Kraus, a quien tanto admiraba Canetti! Pero los dardos de Yépez son malvaviscos que pretenden encajarse en el tablero, carecen de ironía y hablan más de la personalidad y de los alcances de su autor que de lo que afirman.

Bueno, en la República de las Letras caben todo tipo de ejemplares. Sin embargo, hay que decirlo, comparar la “limpieza” de la Plaza por Díaz Ordaz con la “limpieza” de la prosa por parte de Vuelta es, simplemente, una estupidez. Pese a lo anterior, felicito al señor Yépez: supongo que debe sentirse muy contento de haber encontrado una verdad que transmitir a sus lectores.

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