Leyendo a Kafka (una reseña de 1926)

La reseña crítica que el infatigable periodista, escritor y crítico alemán Kurt Tucholsky (1890-1935) dedicó a El Proceso de Kafka, en 1926 –apenas dos años después de la muerte de Kafka y uno de la publicación póstuma del libro— es un texto escrito con profunda inteligencia crítica, asombro, admiración, desconcierto ante el genio y los desafíos de interpretación que presentaba al lector la pieza literaria. Además, Tucholsky, el primer lector de Kafka, acertó: “En los años venideros, sin duda que Franz Kafka va a seguir creciendo. No hay que convencer a nadie de que lo lea: Kafka obliga”.

El Malpensante publica la reseña y una nota introductoria de Hernán D. Caro A. Les dejo algunos párrafos de la crítica de Tucholsky:

Agarro El proceso de Kafka (publicado por la editorial Die Schmiede en Berlín), el más inquietante y poderoso libro de los últimos años, y no puedo explicarme bien los motivos de mi conmoción. ¿Quién habla aquí? ¿Qué es todo esto?

“Primer capítulo. Arresto. Conversación con Frau Grubach. Luego con Fräulein Bürstner. Alguien tenía que haber calumniado a Josef K., pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”. Así comienza. Se trata de un empleado de banco y de los dos mensajeros del juzgado que entran por la mañana en su habitación con la intención de detenerlo. Pero no lo detienen: al lado de una mesa de noche, el “supervisor” lo interroga, y luego simplemente lo deja marcharse. “Por favor, usted está libre”… El proceso flota.

Todos los que tomamos un libro en las manos sabemos a más tardar después de veinte o treinta páginas qué debemos esperar del autor, de qué se trata, cómo avanza, si dice las cosas en serio o no; sabemos, al menos a grandes rasgos, cómo hemos de maniobrar con el libro. Pero aquí no sabes absolutamente nada. Aquí andas a tientas en la oscuridad. ¿Qué es esto? ¿Quién habla?

El proceso flota en el aire, pero jamás nos dicen qué clase de proceso es. Claramente, el hombre ha sido acusado por un delito, pero jamás se nos dice por qué delito. No se trata de un tribunal terrenal, ¿pero entonces qué tipo de tribunal es? ¿Uno, por el amor de Dios, alegórico? El autor narra con calma imperturbable, y pronto me doy cuenta de que no se trata de una alegoría. Interpreto, sigo interpretando, pero no puedo llegar al final de la interpretación. No: no logro llegar al final.

Josef K. es citado a un interrogatorio. Va. El interrogatorio tiene lugar, bajo extrañas circunstancias, en un quinto piso de un barrio a las afueras. Uno lee y no sabe nada.

Y sin uno notarlo, la idea se va imponiendo, contagia al lector, y de repente ya no hay nada freudiano, y las palabras cultas, los extranjerismos grandilocuentes no ayudan en absoluto.

Resulta que Josef K. se ha extraviado al interior de una maquinaria gigantesca, en la subsistente, disciplinada y bien aceitada maquinaria del tribunal. K. descuida su trabajo en el banco, consulta con abogados, asiste a los interrogatorios aunque se ha jurado a sí mismo no asistir, se queja del comportamiento de los empleados del juzgado en su casa. Lentamente se filtra la información de que tiene “un proceso”, parece que todo el mundo está al tanto, o al menos muchos, y que se trata de algo legítimo. Así, hasta que el proceso lo pilla en el banco

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