Marqués de Sade. Tres cartas desde la prisión

Si alrededor de Cioran, Rimbaud y otros escritores malditos se han edificado las más diversas leyendas, en torno a Donatien Alphonse François de Sade, el Marqués de Sade, se ha levantado una especie de leyenda negra, equívoca, que le ha colocado la máscara de un degenerado en todos los aspectos; cuando sólo era un libertino. “Soy un libertino pero no soy un asesino ni un criminal”, replicaba a la Francia hipócrita del ancien régime que lo había encerrado en prisión para expiar las culpas de los verdaderos criminales y para saciar la venganza personal de su poderosa y desgraciada suegra, conocida como la Presidenta.

El Marqués de Sade estuvo prisionero durante 12 largos y muy duros años, entre Vincennes y La Bastilla. Desde el encierro escribió diversas cartas. El Malpensante publica tres de estos valiosos documentos cuya lectura les recomiendo ampliamente, porque nos revela y nos acerca al otro Sade, al que está preocupado por abrazar o llorar a su madre; al Sade que ama y desea besar a sus hijos, que encomienda su educación; al que padece, terriblemente, la reclusión; al que está conciente de que no es más que un chivo expiatorio; al que se defiende con elocuencia; al que reconoce, una y otra vez, que sólo es un libertino, distinto al criminal; etcétera.

Leer a este Sade rutinario, humano, alejado de la leyenda que casi se nos ha impuesto, es un verdadero acto de transgresión, como bien dice Antonio García Maldonado, autor de la breve introducción a las cartas. Va un fragmento en el que Sade se defiende con insistencia:

Sí, soy un libertino, lo reconozco; he pensado todo lo que puede pensarse a este respecto, pero no he hecho todo lo que he pensado y seguramente no lo haré jamás. Soy un libertino, pero no soy un asesino ni un criminal y, como se me obliga a situar mi apología junto a mi justificación, he de decir que puede que quienes con tanta injusticia me condenan como tal no estén en condiciones de contrarrestar sus infamias con buenas acciones tan evidentes como aquellas con las que yo contrarresto mis errores. Soy un libertino, pero tres familias domiciliadas en tu barrio han vivido de mis limosnas durante cinco años, y las he salvado de las garras de la indigencia. Soy un libertino, pero he librado de la muerte a un desertor, abandonado por todo su regimiento y por su coronel. Soy un libertino, pero en presencia de toda tu familia, en Évry, arriesgué mi vida para salvar a un niño que iba a ser atropellado por las ruedas de una carreta tirada por dos caballos, abalanzándome yo mismo sobre él. Soy un libertino, pero nunca he comprometido la salud de mi esposa. Nunca he sucumbido a las otras ramas del libertinaje, a menudo tan fatídicas para la fortuna de los hijos: ¿los he arruinado a causa del juego o de otros gastos que hayan podido privarles de un solo día de su herencia? ¿No he sabido administrar mis bienes, mientras estuvieron a mi disposición? En una palabra, ¿he mostrado en mi juventud un corazón capaz de las perfidias que hoy se me suponen? ¿No he amado siempre todo lo que debía amar y a quienes debía tener en estima? ¿No he amado a mi padre? (Ay, aún lo lloro todos los días.) ¿Me he portado mal con mi madre? ¿Y no fue cuando venía a recoger sus últimos suspiros y a darle la última muestra de mi afecto cuando la tuya me arrastró hasta esta horrible prisión donde me deja languidecer desde hace cuatro años?

En definitiva, que se me examine desde mi más tierna infancia. Tienen cerca a dos personas que la conocen, Amblet y la señora de Saint-Germain. Que se pase de ésta a mi juventud, que puede haber sido observada por el marqués de Poyanne, ante cuyos ojos transcurrió. Y que se vea, se consulte, se informe si alguna vez he dado pruebas de la ferocidad que se me supone, y si alguna mala acción ha servido para anunciar los crímenes que me atribuyen. Así debe ser. Es evidente: el crimen tiene sus grados. ¿Cómo suponer entonces que de una infancia y una juventud tan inocentes haya pasado de súbito a convertirme en el peor de los criminales? No, tú no lo crees. Y los que hoy me tiranizan con tanta crueldad, ellos tampoco: la venganza ha seducido su espíritu, se han entregado ciegamente a ella, pero tu corazón conoce el mío, lo juzga mejor y sabe bien que es inocente. Estaría encantado de ver que un día lo reconocen, pero la confesión no compensará mis tormentos, y no me hará sufrir menos… Resumiendo, quiero que se me desagravie, y así será, cualquiera que sea el momento en que me liberen. Si fuera un asesino, no llevaría tanto tiempo aquí, y si no lo fuera, ya me habrían castigado en demasía y estaría en mi derecho de pedir razones

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Epístolas, Revistas culturales. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s