La vieja tradición de enviar postales

No sólo se ha perdido, casi por completo, la costumbre de escribir y enviar cartas, sino también la de mandar postales. Si uno revisa el buzón (no el electrónico), es probable que sólo encuentre recibos de pago, estados de cuenta bancarios, tarjetas de crédito, etc., pero no cartas de amigos ni postales de algún lejano lugar, como antes. Quizá recibamos un e-mail con una foto digital en archivo adjunto o un brevísimo mensaje de texto con saludos y avisos, no mucho más.

Al poeta Charles Simic le sorprendió y alegró “inmensamente” recibir, en casi todo el verano, una sola postal (desde Mongolia), esa pieza de correo que debió emprender un largo y arduo viaje en camión, tren, camello, burro y avión para que llegara a su casa. En el respaldo de la postal aparecía, únicamente, el saludo y la firma del amigo europeo que la había enviado. Este tipo de textos concisos, “escritura postal”, es un arte minimalista que demanda concisión y elocuencia incluso para una noticia familiar como la siguiente: “Francis Brown murió anoche, el funeral es el martes”. La especie que compraba postales y batallaba al elegir y escribir las palabras a su reverso da sus últimos respiros. Acaso mudó a Twitter.

Escribe Charles Simic en El arte perdido de mandar postales:

Hasta hace algunos años, difícilmente pasaba un día del verano sin que el cartero trajera una postal de un amigo o conocido que estaba de vacaciones. Hoy en día, lo más probable es que recibas un correo electrónico con una fotografía o, si son tus nietos los que viajan, un breve mensaje diciendo que su vuelo se retrasó o que ya llegaron a su destino. Lo increíble de las postales era su inmensa variedad. No solo era probable encontrar en el correo la torre Eiffel, el Taj Mahal o cualquier otra atracción turística famosa; también era posible recibir alguna postal con la foto de una cafetería de carretera en la mitad de Iowa, el cerdo más grande de alguna feria del sur de Estados Unidos o incluso una funeraria ofreciendo la excelencia profesional que le ha merecido buena reputación entre sus clientes por más de cien años. Casi todos los negocios en Norteamérica, desde un fotógrafo de perros hasta un sofisticado resort & spa, solían tener su propia postal. En mi experiencia, las personas con el hábito de mandar este tipo de tarjetas se podrían dividir en aquellas que escogen imágenes convencionales de lugares famosos y quienes se deleitan mandando imágenes cuyo mal gusto garantiza conmoción o risas.

Entiendo el impulso. Cuando estás en Roma, todos en casa esperan una postal del Coliseo o del techo de la Capilla Sixtina: mándales en cambio una pizzería de barrio con cinco mesas pequeñas y tres plantas de interior, en la que aparezca el anciano dueño junto a su mujer, ambos limpiándose las manos en sus delantales con amplias sonrisas. Los amantes de las postales pintorescas y kitsch pasan todas sus vacaciones buscando un ejemplar especialmente escandaloso para entretener a sus amigos, mientras sus cónyuges consultan guías turísticas serias y caminan por horas con los ojos aguados en algún museo lleno de importantes cuadros y esculturas.

Una vez encuentran la postal adecuada, se enfrentan al problema de qué escribir al respaldo. No es suficiente un saludo convencional. Algunos detalles del viaje y unas cuantas opiniones acerca del país que visitan estarían bien, pero aún mejor es inventarse algo ingenioso, pues cada postal se escribe con una persona particular en mente. Sin lugar a dudas, se escribe de forma distinta para los amigos y para los padres, quienes siempre temen lo peor cuando uno está lejos. Así, al sentarse a mandar noticias a casa, es tentador hacer algo no convencional y usar el escaso espacio asignado a la escritura para divertirse un poco:

Queridos mamá y papá:
Perdimos hasta el último centavo, y llevamos las tarjetas de crédito al tope en Las Vegas, y hemos estado haciendo autostop desde entonces. De vez en cuando pasamos la noche en la cárcel para aprovechar la comida local que sirve la policía de Texas. Les gustará escuchar que un sacerdote arrestado por manejar borracho, con quien compartimos celda hace poco, nos dijo que nos vemos como una pareja de mártires de la primera etapa del cristianismo

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2 Responses to La vieja tradición de enviar postales

  1. Ginebra says:

    Me ha encantado lo que escribió Charles Simic sobre el arte perdido de enviar postales. Es verdaderamente genial este tipo y tiene un enorme sentido del humor (a juzgar por esa nota nada convencional) me imagino enviar algo así a casa (creo que lo creerían de alguna forma:)
    Es una lástima abrir el buzón y ver sólo propaganda o correo comercial. Sería estupendo encontrarse con alguna postal de vez en cuando, aunque fuese convencional.
    Besos

  2. Irad says:

    Todavía recuerdo, Ginebra, cuando recibía carta tras carta enviadas por lo que llamaría mi primer amor. Eran sobres normalmente gruesos, pues contenían, a veces, hasta diez hojas tamaño carta repletas de textos escritos a mano; recuerdo también su textura y el olor del perfume que, a propósito, rociaba. Llegar a casa y encontrar esas cartas o postales que me enviaban amigos de diferentes partes del pais cambiaban, para bien, mi estado de animo. En fin, basta de nostalgias, son tiempos de correo electrónico, jaja.

    Besos y abrazos como postales que cruzan, en barco o avión, el Atlántico.

    P.D. Disculpa la omisión de algunos acentos.

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