¿Nos está cambiando Internet? Sí, ¿y qué?

En su columna Sinapsis Roger Bartra reflexiona, con su conocida claridad, sobre un viejo, muy antiguo, miedo: el miedo a las prótesis. Nuestro cerebro, para funcionar, se apoya en una red simbólica y cultural, es decir, un conjunto de prótesis que realizan externamente lo que él solo no podría hacer. A esta red de prótesis Bartra la llama exocerebro, e incluye al habla (la más importante), el arte, la música, la danza y otros mecanismos que refuerzan y amplían la memoria, como es el caso de la escritura y, hoy día, Internet y las descomunales bases de datos digitales.

Ni hay ninguna duda de que Internet está cambiando la estructura de nuestro órgano de pensar y la manera en que nos vinculamos con la información y el conocimiento, como la afirmó Mario Vargas Llosa, apoyándose en el libro de Nicholas Carr. Sin embargo, apunta Bartra, eso no debería preocuparnos: desde que se inventaron las prótesis, como la propia escritura, el cerebro humano se ha adaptado (no necesariamente esclavizado) a ellas.

Es cierto que la actitud, los hábitos de una gran mayoría de internautas se reduce a un picoteo superficial de la información, a pasearse por titulares y por las inefables noticias “más leídas”, pocas para leer un libro o largos textos o vincularse con el conocimiento. Pero… ¿no ha sido siempre así? Mayorías interesadas en la farándula y apenas una minoría que se interesa por los artículos de fondo, La Odisea o el Quijote.

Leamos algunos párrafos de Roger Bartra:

Hace poco, Mario Vargas Llosa ha señalado, con acierto, que estas redes no son simplemente una herramienta, sino que son una prolongación de nuestro cerebro, que se va adaptando a las nuevas prótesis (“Más información, menos conocimiento”, El País, 31-07-2011). Pero el escritor se alarma ante los daños que esto puede ocasionar, señalados por Nicholas Carr en un libro reciente (¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, Taurus, 2011). Vargas Llosa cree que nuestros cerebros se vuelven dependientes e incluso esclavos de las nuevas prótesis, y que cada vez son menos capaces de pensar, prestar atención y memorizar de manera inteligente.

Se trata de un viejo reflejo conservador. Me gustaría poner un ejemplo antiguo e ilustre. Platón estaba convencido de que la escritura era un peligro para la actividad inteligente del alma. En el Fedro(274C-275B) recuerda el mito del descubridor de la escritura, el dios Toth, que se jactaba de que la escritura fortalecería la memoria. Suponía que la escritura era el “remedio para la memoria y la sabiduría”. Cuando Toth expuso su descubrimiento a Thamos, el rey de Egipto, él le contestó que, por el contrario, “la escritura producirá el olvido en las almas de los que la aprendieren, por descuidar la memoria, ya que confiados en lo escrito, producido por caracteres externos que no son parte de ellos mismos, descuidarán el uso de la memoria que tienen adentro”. Para contrarrestar la falsa sabiduría que implicaba la prótesis de la escritura, los griegos cultivaron el arte de la mnemotecnia. El cultivo de la memoria también usaba recursos externos, pero su objetivo era fijar los recuerdos en la memoria interior en lugar de almacenarlos en textos escritos. Pero en realidad, como es evidente, ha sido justo la acumulación de recuerdos en memorias artificiales externas (libros, bibliotecas, pintura, escultura) lo que ha impulsado de manera extraordinaria las capacidades creativas de la humanidad.

La acumulación artificial externa de ideas y emociones, junto con la consiguiente capacidad para comunicarlas masivamente, ha sido la base más sólida para construir nuestra moderna capacidad para ser libres. Me preocupa que se extienda una reacción irracional de alarma contra las mismas prótesis que han ampliado el libre albedrío de los humanos. Si somos capaces de decidir y de actuar libremente, ello no es debido a que cultivamos sobre todo los órganos internos de la memoria y de la inteligencia. Ha sido gracias a la extraordinaria ampliación del exocerebro

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