Alfonso Reyes y José Emilio Pacheco

En un ensayo publicado en Laberinto Rafael Olea Franco rastrea y destaca el fructífero diálogo que, desde muy temprano, se estableció entre Alfonso Reyes y José Emilio Pacheco:

En una ocasión, Carlos Monsiváis me contó que durante una tertulia, Alfonso Reyes (1889-1959) escuchó alborozado una erudita pero lozana explicación histórica sobre los orígenes de lo que en México llamamos pan francés. El joven (acaso de veinte años) que dialogaba así con el maestro Reyes respondía al nombre de José Emilio Pacheco (1939) quien, entre otras cosas, aclaró que la denominación debería ser pan vienés, pues llegó al país con las costumbres de Maximiliano y su séquito. A pregunta expresa, Pacheco se negó a confirmar esta anécdota, la cual atribuyó, supongo que por modestia, a la amistad que le profesó Monsiváis. Pero la prolongada relación que Pacheco ha establecido durante más de medio siglo con la vasta obra de Reyes sí es tangible.

Aunque los inicios de la precoz y diversificada carrera literaria de Pacheco (narrador, poeta, ensayista, traductor-creador, fundador del género “inventario”) se pierden en efímeras publicaciones, su temprana inserción en el campo intelectual se remonta a la revista Estaciones de Elías Nandino, en cuyos números 5 y 6 de 1957 se difundieron, respectivamente, un soneto suyo (“Eva”) y uno de sus primeros relatos (“Tríptico del gato”). De este modo, él convivió textualmente con Reyes, quien fue asiduo colaborador de Estaciones desde el primer número de ésta (primavera de 1956), que abre con un ensayo suyo. Además de la distancia generacional que los separaba (exactamente medio siglo), el trato personal fue efímero, debido a la pronta desaparición física del maestro (27 de diciembre de 1959). No obstante, desde el principio Pacheco emprendió una ininterrumpida y fructífera labor de comentarista de su obra, porque como dijo en “Para acercarse a Reyes”, inventario de 1989 que conmemora el centenario del nacimiento de éste: “la lectura es una conversación a larga distancia pero de persona a persona”, frase que complementa la célebre expresión quevedesca de la lectura como una conversación con los difuntos.

La publicación gradual de las obras completas de Reyes a partir de 1955 encontró a un fiel difusor en Pacheco, quien desde 1959 les dedicó notas críticas en diversos suplementos y revistas, como México en la Cultura, Revista de la Universidad, La Cultura en México. De hecho, él ha recordado cada décimo aniversario luctuoso de Reyes, aunque a veces el texto correspondiente ha salido con un ligero retraso, como sucedió con “Reyes en una nuez” (La Cultura en México, 21 de enero de 1970), donde parodia el título de uno de los más famosos ensayos del escritor para ofrecer una apretada pero útil síntesis de su vida y obra, así como una serie de referencias críticas.

Pacheco examina tanto la obra de Reyes como sus simpatías y diferencias con otros escritores (entre ellos, Borges, Vasconcelos y López Velarde). En todos estos textos, que escapan a cualquier clasificación genérica, despliega una enorme creatividad. Por ejemplo, en el inventario de 1979 con motivo del vigésimo aniversario luctuoso de Reyes y Vasconcelos, imagina una conversación que implica una especie de ajuste de cuentas. En ese “Diálogo de los muertos”, mientras Reyes rechaza el presente de 1979, Vasconcelos exclama exultante: “Hay cosas buenas. Me da gusto comprobar que al fin se adoptaron oficialmente mis tesis sobre el criollismo”; pero Reyes le contesta, con simulada actitud elusiva: “Cambiemos de tema. No critico al régimen ni me gusta hablar de política”. Entonces Vasconcelos contraataca: “Ni la muerte pudo curarte de tu trauma, Alfonso: el general Reyes murió hace mucho tiempo”. Esta frase alude tanto a la muerte, el 9 de febrero de 1913, del general Bernardo Reyes, que provocó el “trauma” de su hijo, como a la Oración del 9 de febrero, quizás el más entrañable texto de Alfonso, quien por íntimo pudor lo mantuvo inédito (publicado póstumamente, se eleva como una de las cimas de la escritura autobiográfica en México). Así, Pacheco exhibe con elegante ironía su amplio conocimiento de la cultura mexicana, con lo cual, como acostumbra, imparte una sutil lección magistral a sus lectores (¡ojalá todos los maestros fueran así!)

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