La biografía “definitiva” de J.D. Salinger

Andrés Ibáñez escribió para la Revista de Libros un largo y extraordinario ensayo crítico sobre la biografía J.D. Salinger. Una vida oculta (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). “…La mejor biografía de la que disponemos…” y, hasta hoy, “la biografía definitiva”. A través de una lectura minuciosa de este y muchos otros libros, Ibáñez nos hace reflexionar en torno al “misterio” del escritor oculto, escondido, anónimo, que tiene esa (hoy tan rara) “pasión por desaparecer”. Hay un primer Salinger intensamente sociable; el segundo vive entre las montañas, solitario, egoísta y obseso; el tercero, es el que deja de escribir.

Los invito, pues, a leer el siguiente texto:

Hace muchos años, cuando era un joven impresionable e inexperto, escuché a Francisco Nieva en el auditorio de la Universidad Autónoma de Madrid. Decía el dramaturgo que apartarse de la fama era, para un escritor, lo más fácil del mundo. Estaba hablando de Jean Genet y también de todos esos autores que aseguran aborrecer la fama y desear el anonimato. El anonimato –dijo Nieva– es la condición natural del escritor. Solo son famosos y aparecen en los medios de comunicación aquellos que luchan a brazo partido por estar allí. Añadiré una cita más, otra vez de carácter oral. Procede de una rara entrevista concedida por Ted Hughes y aparecida en ABC Cultural (5 de noviembre de 1998), en la que el poeta afirma: «El más profundo deseo del escritor es el anonimato, no ser señalado por la calle». El mismo tema queda recogido, con exquisita ironía, en varias obras de Enrique Vila-Matas, por ejemplo Bartleby y compañía, y especialmente en Doctor Pasavento, que trata de un escritor que tiene «pasión por desaparecer». Uno de los personajes de esta novela magistral es, precisamente, Thomas Pynchon.

¿Es fácil desaparecer para un escritor? ¿Es desaparecer lo que los escritores desean? Si acudimos al ejemplo de uno de los más famosos desaparecidos de las letras modernas, Jerome David Salinger, la respuesta a las dos preguntas sería afirmativa. Al menos a la primera de las preguntas, ya que aunque existan casos como el de Hughes, Salinger, Pynchon o el personaje de Vila-Matas que desea «desaparecer», lo cierto es que estamos rodeados por todas partes de escritores a los que vemos literalmente consumidos por el deseo de aparecer, escritores que ponen, modificando un poco a Oscar Wilde, su talento en su obra y su genio en su promoción personal. Sí, es posible que el deseo de desaparecer de Salinger no fuera algo muy común. Pero la facilidad con que lo consiguió debería darnos que pensar.

Durante muchos años, Salinger se convirtió en algo así como un fantasma. Hay una película de Alan Rudolph en que aparece un retrato de J. D. Salinger: un marco vacío. En las historias de la literatura no aparecía su fotografía. Se especulaba si existía realmente o no. Vivía oculto en algún lugar. Nadie sabía quién era ni dónde estaba. En Mao II, de Don DeLillo, hay un escritor que vive apartado en el campo y que se le parece. Se especuló si Salinger y Pynchon, el otro gran desa-parecido de las letras estadounidenses, serían la misma persona. Sin embargo, Salinger jamás desapareció hasta el extremo de Pynchon. En la primera parte de su vida fue, de hecho, intensamente sociable y ni siquiera en la época de su «anonimato» dejó de mantener buenas relaciones con sus vecinos. Existían, además, numerosas fotografías suyas, algunas de ellas retratos de alta calidad realizados en estudios fotográficos. Vivía muy apartado, en Cornish, en medio de las montañas de New Hampshire, pero en Estados Unidos hay mucha gente que vive apartada, y Nueva Inglaterra, al fin y al cabo, no es Utah. Todos sus vecinos de Cornish sabían que Salinger era Salinger y en todos los hoteles donde iba se registraba como Salinger y su coche (a Salinger le gustaban sobre todo los jeeps, que conducía a velocidades endiabladas) estaba a nombre de Jerome David -Salinger. Cuando su hija, Margaret A. Salinger, que sin duda respondería «sí, es mi padre» cuando se lo preguntaran, se graduó en la Universidad Brandeis, Salinger asistió a la ceremonia, donde se hizo varias fotografías con su familia. Lo asombroso de la historia es que, al contrario que Pynchon, Salinger nunca desapareció ni se ocultó celosamente. Simplemente se apartó. Averiguar quién era, dónde vivía y qué aspecto tenía era relativamente sencillo. Muchos periodistas se acercaban, de hecho, a Cornish para espiar al gran autor. Los que llegaron hasta su propiedad hablaban de un muro «infranqueable» y de una «torreta de vigilancia» que eran en realidad, tal como podemos ver en las fotos de El guardián de los sueños, la memoria escrita por Margaret A. Salinger, una pared de tablones de poco más de un metro de altura y una cabaña para que jugaran los niños. De modo que el misterio Salinger nunca fue tal. Salinger nunca estuvo verdaderamente escondido e ilocalizable como Thomas Pynchon. Simplemente, se apartó de la vida pública. Quiso mantenerse al margen. Y lo logró sin el menor problema

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