Un cuento de Rafael Menjívar Ochoa

En su última edición la revista Letras Libres publica un excelente cuento de Rafael Menjívar Ochoa (El Salvador, 1959), quien falleció el pasado abril víctima del cáncer. Es un relato impregnado de una atmósfera cruda, marginal, realista (que me recordó a la narrativa de J.M. Servín); con diálogos que fluyen entre el sudor, la desconfianza y la amenaza permanente. Los invito a la lectura:

–¿Quién? –volvió a preguntar.

Su voz me estaba cansando. A ratos era ronca y agradable, pero se pasaba el tiempo tratando de hablar como niña pequeña. No le quedaba ni a su estatura ni a su cuerpo. Pensé que la iba a extrañar: su madre la había copiado de alguna estatua, y uno no deja sin remordimientos a alguien que parece una estatua.

–¿Quién? –repitió.

No había gritado, pero la voz se le puso tan chillona que me dieron ganas de golpearla.

–Nadie –le dije–. No conozco a nadie. Me la he pasado metido en la cama contigo.

Seguí barajando las cartas. La mesa estaba sucia. Todo estaba sucio. El baño estaba sucio. Cada vez que entraba al baño tenía miedo de que algo me mordiera. No había luz, no había regadera, solo el excusado, el lavabo, una manguera conectada al lavabo y una cubeta para bañarse.

Se quitó las sábanas de encima. La cama estaba a tres metros y aun así me llegó todo su olor; era de esos que hacen que uno deje de pensar. Tres semanas antes no lo había pensado y me había tirado de cabeza en la cama; ahora pude soportarlo.

Se arrodilló en la cama y empezó a acariciarse los pechos y las caderas.

–¿Alguien te ha dado algo mejor?

–No –le dije.

Se apretó el pubis con las manos.

–¿Mejor que esto?

Saqué otra carta.

–Seis de espadas –le dije–. No me acuerdo qué significa.

–Deja las cartas –me dijo.

Se echó boca arriba, con las piernas abiertas.

Saqué otra carta y se la enseñé.

–Nueve de espadas –le dije–. ¿Sabes qué significa el nueve de espadas?

–Que se vaya a la chingada el nueve de espadas. Quiero que vengas.

–Ya no –le dije.

Puse aparte el nueve de espadas y seguí barajando. Se puso furiosa.

–¿Me vas a dejar? –preguntó.

–Sí –le dije

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