E.M. Cioran, más allá de la leyenda

Letras Libres reproduce el prólogo escrito por Christopher Domínguez Michael para la edición conmemorativa de la obra de E.M.Cioran, que circulará este mes bajo el sello editorial de Tusquets. El crítico literario devela a un Cioran lúcido, clásico, con una voz propia; un pensador que va más allá de la leyenda de escritor maldito; una mente tan despierta que rumió, con extrema inteligencia, acerca del insomnio, el misticismo, la utopía y la historia, los tiranos. “…Nadie ha escrito páginas más perfectas sobre el no dormir”.

Christopher Domínguez apunta:

Toda fama, y Emil Michel Cioran lo sabía muy bien, es el resultado de un equívoco. En su caso, la leyenda de misantropía, aquella que lo pintaba como un rumano extraviado y rabioso, quien desde París se había declarado enemigo absoluto de la humanidad, es una leyenda que pasará. No es que Cioran no haya contribuido a su buena o mala fama al convertirse, tras el éxito creciente de sus libros, en una especie de Doctora Corazón al revés, bien dispuesto a desaconsejarles a sus corresponsales desconocidos o impulsivos la doctrina del suicidio, de la cual una lectura imprecisa, por precipitada, lo convertía en sumo sacerdote. Al cumplirse un siglo de su nacimiento, descubrimos que Cioran (1911-1995) es mucho, mucho más que un maldito, si es que alguna vez lo fue. Cioran es denso: lo oxigena la atmósfera de los bosques de Transilvania donde creció, allí donde encontró y perdió el paraíso, la infancia. También es parisino sin ser francés, uno de esos parisinos ante el Altísimo, hijos distinguidos por su fidelidad a la ciudad todavía moderna a la manera de Baudelaire.

Quizá Cioran escogió la lengua francesa para cancelar –en los dos sentidos de la expresión, el de pagar una deuda y el de dar por terminado un episodio– la apasionada y ominosa relación con su patria, la Rumania de la Guardia de Hierro. Cioran dice en sus Cuadernos aparecidos póstumamente en 1997 que el peso de su pecado de juventud fue tan difícil de llevar que no pudo sino convertirse en un escéptico. Podría hablarse, también, de remordimiento, expresión autorizada por la insistencia con la que él volvía, una y otra vez, a sus raíces en la Iglesia Ortodoxa para autorretratarse, él, el hijo de un sacerdote, como un ateo, si no obstinadamente cristiano, sí “religiosamente” desesperado. El Cioran anterior a 1941 fue víctima del peor de los entusiasmos, el del fanatismo político, y así lo corrobora su historia como compañero de viaje de la legión fascista rumana que se proclamaba como la verdadera depositaria de la ortodoxa cristiana.

Algunos de los temas de Cioran son el insomnio, el misticismo sin Dios, la historia como bálsamo de la utopía y la utopía como opio de la humanidad, los tiranos dignos de ser aborrecidos, Rusia y su literatura, entendida como una forma de santidad… Es la religiosidad –insisto– de un escritor que decía solo soportar a los muertos y quien de todos los hombres habría preferido la compañía del emperador Aurelio y del esclavo Epicuro. Todos esos colores, en una paleta de grises y ocres, no los hubiera podido usar un hombre sin la experiencia del siglo XX. Nadie más lejano que Cioran del apolítico, del indiferente, del precavido. Degustador obsesivo de retratos literarios, Cioran, a partir de Breviario de podredumbre, hizo de toda su obra un autorretrato. Autorretrato de moralista, sin anécdotas, sin confesiones y (casi) sin autobiografía. Ese pudor o esa libertad le han sido reprochados: a nadie le parece suficiente el examen en carne propia que Cioran hizo del fanatismo, víctima del remordimiento por haber enloquecido por Hitler entre 1933 y 1940. De todo aquello queda, en los anales de la teratología de los ideólogos, La transfiguración de Rumania (1936), su ensayo juvenil de interrogación nacional, en el estilo de los muchos que entonces se escribieron. Cioran incurrió en un género muy fértil en español y no le fueron ajenos ni los ensayos de Miguel de Unamuno ni los de Octavio Paz

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