Sobre el oficio de la crítica literaria

Jorge Téllez publica en su bitácora un ensayo acerca de aquello que motiva el escarnio contra la crítica literaria y contra el crítico. Los adjetivos para calificar a éste abundan en el medio literario y fuera de él: escritor frustrado, envidioso, pusilánime, cuenta-chicles, perro, mezquino intelectual, truhán de baja estofa, delincuente, insatisfecho sexual, impotente, rufián, parásito, inútil, por mencionar unos pocos. ¿Qué hay detrás de todo esto?, se pregunta el autor del texto. Si el estado de la crítica literaria es mediocre, la literatura no debe andar muy bien. “Toda literatura tiene la crítica que merece”. Transcribo el siguiente fragmento:

II

Lo primero que hay que decir es que en el principio está la creación. Un escritor prende la computadora o afila el lápiz y escribe. Lo que resulta de eso es un objeto artístico, bueno o malo, pero artístico. Luego de leerlo y releerlo le hace modificaciones, lo pule o lo rompe definitivamente. Ahí ya hay crítica, puesto que esta palabreja proviene de “crisis”, del verbo griego “krinein” que significa separar, juzgar o decidir. Esta acepción es arcana para nosotros, a pesar de que aparece en una carta de una de nuestras glorias nacionales –es decir, cuyo rostro aparece en los billetes de $200–: sor Juana Inés de la Cruz firmó su “Crisis sobre un sermón”, corrientemente conocida como Carta Atenagórica, a finales de noviembre de 1690. En ella, la monja hizo alarde de erudición e ironía mediante estas tres y simples acciones: separar los argumentos del padre Antonio de Vieira sobre la mayor fineza de Cristo, analizarlos y juzgarlos. ¿Alguien se atrevería hoy a opinar que esa carta es mezquina y absurda o que proviene de la envidia y la frustración intelectual? No importa. Estamos con que el escritor termina su obra y la relee. Puede gustarle o no y en ambos casos lleva a cabo un ejercicio de crítica, de autocrítica.

Cuando el autor decide que su obra está terminada, se la da a sus amigos o la lleva a un taller o la registra a un concurso literario o la entrega a su editorial. En todos estos casos estamos frente a otro proceso de crisis. Cuando la obra se edita y se publica –seamos optimistas– alguien la compra y la lee. Las formas de leer son tan variadas como lectores existen, pero si yo leo una novela, un cuento o un poema tendré alguna opinión. Puede o no gustarme por múltiples razones pero ahí hay otro ejercicio crítico, aunque sea en el más básico de los niveles: un libro puede gustarme por su humor negro, porque me tuvo al filo de la silla o porque me identifiqué con el protagonista; habrá quien odie una novela donde haya muchas groserías, o porque la historia no lo atrape o porque no le guste la portada. En cualquier caso, todas estas trivialidades forman parte de un análisis, de un juicio y de una decisión.

III

Si entonces la creación y la crítica corren parejas desde su germen, ¿cuál es problema contra la crítica literaria? Lo que molesta, o eso interpreto, es la crítica literario como oficio, y con esto me refiero a quien dedica habitualmente sus horas a la crisis literaria. Pero, aún así, esto no es un problema: cada quien es libre de fatigar sus horas en lo que mejor le acomode. Todo se complica cuando resulta que el oficio se convierte en profesión y, ahora, ese hipotético sujeto no sólo se dedica habitualmente al ejercicio crítico sino que además le pagan por eso.

Podríamos hablar de, por lo menos, dos tipos de crítico literario: el académico y el periodístico. Uno se refugia en la Universidad, aparece de vez en cuando en congresos especializados, publica en revistas académicas y muy de vez en cuando aparece en el Canal 22 hablando sobre el autor que acaba de morir y que representa una gran pérdida para nuestras letras. El segundo publica en los suplementos culturales de los periódicos y en revistas literarias, tiene un blog, usualmente tiene un par de novelas publicadas e imparte talleres de creación en donde pueda. Ambos ejercen la crítica y ambos reciben honorarios a cambio

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