Fraternidad, una aspiración que olvidamos

Dice Fabrizio Andreella, en un ensayo publicado por La Jornada semanal, que 1989 no acabó con la historia, como vaticinaba un conocido politólogo, sino con una época muy larga que comenzó el 31 de octubre de 1517, cuando Martin Lutero clavó en la puerta de la iglesia sus afirmaciones contra la autoridad del Sumo Pontífice romano. Ese día cambió, según Andreella, la historia de la psicología colectiva; “la colocación del enemigo en Occidente”. Con la Reforma, las amenazas ya no estarían más en los bárbaros que venían de lejos, sino en las entrañas de la sociedad europea; el enemigo es un adversario doméstico (“quien comparte el mismo camino para después desembocar en una calle prohibida y amenazadora para el statu quo”). El otro como antagonista. Occidente necesita de los enemigos, reales o imaginarios, para forjarse una identidad. Como si para reconocerse fuera necesario estar en contra de algo, del Mal.

Lo paradójico es que la fraternidad (Fraternité) ha sido bandera de diversos pensamientos políticos, religiosos y sociales del mundo occidental. Fue una de las ideas y aspiraciones de la Revolución Francesa, además de la Liberté y la Egalité. Sin embargo, ese complicado esfuerzo para entender al otro que es la fraternidad, lo hemos dejado a un lado, reducido a la esfera de la buena voluntad, cuando debería ser proyecto y acción políticos. Acá la reflexión:

…el conflicto verdadero para el hombre occidental siempre ha sido la confrontación de ideas dentro de sus fronteras geográficas y culturales, la confrontación sobre la forma correcta de llegar al Bien. Baste recordar las disputas cristológicas en los concilios ecuménicos de la Iglesia, las Reformas protestantes, la lucha de la Ilustración en contra de la cultura conservadora y clerical, la Francia revolucionaria y napoleónica, la competición ideológica casi deportiva entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

De Lutero a Lenin, de Giordano Bruno a Freud, todos los herejes del Occidente nacieron de la necesidad de la cultura europea de medirse con sus entrañas, de luchar, en fin, consigo misma. Porque el interés europeo hacia las culturas ajenas siempre ha sido altanero y solamente una manifestación de rapacidad económica y arrogancia cultural.

II

Ahora bien, caído el Muro de Berlín, mientras en los noventa se celebraba el sueño del “fin de la historia” de Fukuyama, otro politólogo a quien le gustaba armar las palabras para ametrallar los cerebros, Samuel Huntington, preparaba la historia para el “choque de civilizaciones”, o sea la versión bélica del encuentro entre culturas diferentes. Era lo que necesitaban los aparatos económico-militares: una nueva legitimación a su poder, un nuevo antagonismo, como el de la URSS, que tan bien había funcionado. Un nuevo enemigo, entonces, ahora sí impenetrable e inexpresivo, como el Iván Drago soviético de la propaganda hollywoodiense de Rocky Balboa, pero también obscuro, ajeno, desequilibrado e incomprensible como un kamikaze fundamentalista.

Sin embargo, entre el 9 de noviembre de 1989 y el 11 de septiembre de 2001, el mundo occidental vivió años propedéuticos para la definitiva identificación del “islam” como enemigo número uno, aunque la definición, en la cual se reconoce casi un millardo y medio de personas, queda un poquito grande para un grupo de terroristas.

Los noventa fueron años cubiertos por la superficial euforia difundida por todos los medios masivos. Años anestesiados con la prodigalidad de carne y silicona de la serie Guardianes de la Bahía, la infelicidad planetaria por la muerte de una princesa inglesa, flaca y aburrida; las acrobacias sexuales de una practicante en la Casa Blanca, la cursilería infantiloide de la película Titánic. Sin embargo, eran tiempos que ya irradiaban señales alarmantes

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