El arte de Steve Jobs

No puedo más que estar de acuerdo, enteramente, con la reflexión que Jesús Silva-Herzog Márquez dedica hoy a Steve Jobs: Las diferentes generaciones de Macs, iPods, iPhones y iPads son mucho más que simple teconología: son objetos de placer estético, tecnologías del deseo, diseño artístico. Escribe Jesús:

Steve Jobs fue el empresario extraordinario que cambió la industria de la computación, del entretenimiento, de la música. Sus inventos cambiaron el paisaje de nuestras casas, modificaron nuestros hábitos, transformaron nuestra relación con la tecnología. Jobs fue, ante todo, el diseñador de los objetos más emblemáticos de nuestro tiempo. ¿Puede hablarse de él como un artista? En algún sentido sí. Steve Jobs hizo una pieza de cada invento. Fundió como nadie lo estético en lo utilitario. Mucho se ha hablado de su talento comercial, de su capacidad para fundar una de las empresas más exitosas del planeta. Me atrae más el hombre que le imprimió un estilo a la tecnología. Se le ha comparado en estos días con otros grandes inventores de la historia y con otros grandes hombres de negocio. Su excentricidad, me parece, es que logró que la ingeniería trascendiera los linderos de lo práctico. Su éxito económico se debe, a mi juicio, al hecho de que sus máquinas reflejaban no solamente un ideal de modernidad sino también un arquetipo de belleza. Una modernidad atractiva; una modernidad que deleita los sentidos. La sensibilidad estética en Steve Jobs está a la altura de su intuición empresarial y su inteligencia tecnológica. Coordinó a uno de los equipos más talentosos para revolucionar los instrumentos que nos comunican y nos divierten. No eran solamente ingenieros que sabían de números sino también diseñadores que pensaban en formas, colores, ángulos y materiales. Coordinando las dos lógicas—la de los técnicos y la de los creativos—creó un imperio. Muchos han creado herramientas. Pocos las han convertido en objetos de adoración. Nadie como él ha sabido imprimir alma a la tecnología. Los artefactos con los que se asoció personalmente, las máquinas que bautizó públicamente en grandes ceremonias no son objetos: son seducciones. El tecnólogo era, en realidad, un esteta.

Se ha ubicado al diseño como una creación inferior al arte: una creatividad al servicio de una función. Imaginación subordinada a un objeto que se reproduce mil veces. El artista rinde culto a lo inservible mientras que el diseñador se somete al dictado de lo útil. Pero el diseño, como nos recuerda Deyan Sudjic en El lenguaje de las cosas, logra captar “la belleza de la utilidad.” Las Mac, las varias generaciones del Ipod, el Iphone, el Ipad son mucho más que contenedores de tecnología: son objetos de innegable poder estético. Nuestra relación con ellos no es meramente utilitaria. Nuestro vínculo es emocional, sensual, tal vez. Los inventos de Jobs son almacenes de música pero son algo más; son teléfonos pero son algo más; son instrumentos de trabajo pero también algo más. No me refiero al hecho de que cada cosa sirva para muchos propósitos: lo que digo es que, además de servirnos, satisfacen otro apetito. Objetos que nos recuerdan la vital aspiración de belleza. Creo que ésa es la principal aportación de Steve Jobs, su principal mensaje: la era del conocimiento tiene que ser también el tiempo de la sensibilidad estética, de la creatividad artística

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