Tres poemas

Feriados
Tomás Segovia

Nos lo han dejado todo
En la ciudad vacía
Que todos desertaron
Tan sólo para lejos de ella
Hundirse aún más en su obsesión

Se irían sin saber
Que iba a ser tan azul
El frescor del silencio
Tan vasta la invasión de diáfana maleza
De la paz readmitida

Y no sólo de espacio somos ricos de pronto
También se quedó el tiempo
Chapoteando contra nuestros muros
Y vagamos sin rumbo
Con esa libertad paralizada
A la vez sin condena y sin destino
Del siervo que recorre ocioso
Los patios en solemne mudez del amo ausente

Y con todo con todo
Tampoco aquí nos falta
El vórtice de ausencia
Que es el callado aullido de toda plenitud
En la fría limpieza de los soplos
Que nada opaca ahora
Es triste estar con uno mismo
Mortalmente añorando algo fatal
Inquietante lejano inescapable
A quien rendir la vida.

[Madrid, 15 de abril de 1995]

Hay lugares
Coral Bracho

Hay lugares que se tocan
con el borde
de lo que somos; otros
que son la casa. En ellos
se abre este sol. En ellos entra, incontenible,
el torrente. Llena
de voz los cuartos, de murmullos
encendidos el patio, de avidez
el umbral. Su sigilo es oleaje
‘y rastro. Su acaecer
el brillo suave de las piedras;
su placidez. Un palpitar de fuego,
un manantial incandescente
ilumina el tiempo, y en él,
en su copiosa mansedumbre,
la noche es rapto y caudal.
Un rescoldo de luz sobre este fruto
que toca el viento.
Sobre este cosmos que engendra
el espesor de una voz; el huerto ahondado
de un aroma. Hay lugares ardientes
que son la casa. Por ellos cruza
esta frescura.

Con hilos de ansiedad
Coral Bracho

Con hilos de ansiedad
se teje sobre la nada. Electrizados hilos
multicolores. Todos, a la vez, incidiendo
y tratando de llenar con movimiento
enmarañado
el vacío. Son razones
delgadas, como cabellos,
pero tienen el brillo de entrelazarse
y de tornear un espacio.
Algo
sabe
que su celo es ficticio. Que su irascible
solidez es la voz que se curva,
el trazado aguijón.
Algo lo sabe, pero insiste. Busca
entablar con sus vidriados espesores
un nido, el cordel de una esfera, blancos
que la rodeen; quizá tibieza o una claridad,
o curvaturas en un volumen.
Pero algo sabe
que ese cuenco es ficticio.
Que si lo acerca hasta su vientre
para sentir su espectro o su calor, o si
lo ciñe como certeza, por él cruzará
la nada
con inquietantes mordeduras. Algo
en él hará muecas
y afectados mohines, como espadazos
de insensatez, como avisperos
en la niebla.

Sabe, también,
cuáles son sus relentes,
cuál su cuerda verbal. Y cómo,
entre incontenibles filamentos,
irrumpen toros
y filtran su maraña sin huella
como un filón
de contumaz bisutería, como un puñado de
cristales
contra el vitral.
Son cascarones, tábanos, refugios tristes
bajo el vacío, techos
de arena o naipes, vencimientos. Son
(y algo lo sabe, pero así juega) los ígneos
filos del ansia, su cavilar. Sabe
que cederlos los tensa, los alimenta.

Vienen al cuenco de su mano y ahí
se muestran
y lo despiertan;
lo hacen temer.

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