Pensar la izquierda del siglo XXI

Apoyado en ejemplos de la historia política, y sustentado en lecturas de Locke, Agamben, Benjamin, Foucault, Deleuze y Judt, Ilán Semo escribe un breve pero extraordinario ensayo sobre los desafíos actuales para la izquierda del siglo XXI. La experiencia soviética enseña, con un rostro de horror, el camino que no deberíamos volver a transitar (y esto ya es algo); ahora debemos imaginar alternativas de izquierda para este mundo diverso y adverso. “Si de algo debe desembarazarse la izquierda”, apunta Semo, “es de su propensión a imaginar que la sociedad sólo puede lograr su mejoría a través de observarse a sí misma en un gran final, una gran utopía […] Nada justifica hoy hablar a nombre de la historia o del futuro para sacrificar el presente”.

Les comparto unos párrafos de Las metamorfosis de la izquierda:

El punto de partida es un hecho simple: a principios del siglo XXI la izquierda no cuenta, como lo afirmó Günther Grass hace algunos días (“Un Nobel contra el sistema”, El País, 24 de julio, 2011), con una alternativa general al capitalismo. Esto no significa que no disponga de argumentos y políticas para hacer frente a sus dilemas principales; o que no posea dispositivos conceptuales y teóricos para continuar con la labor de su crítica. Pero a diferencia de sus abuelos del siglo XX, ha descubierto de manera penosa y gradual lo que Benjamin y Foucault ya habían advertido: en las sociedades modernas el poder es difuso y multiversal; el mercado se autorreproduce más allá de lo político (supera cualquier forma de interdicción política) y el mundo sólo se habrá transformado cuando la vida cambie en cada uno de sus detalles. Porque si algo trajo consigo el fin de la Guerra Fría, es decir, el fin de la catástrofe que significó la experiencia soviética, fue precisamente el cambio de la noción misma del cambio.

La lección es esta: por más que su origen se remonte a una utopía igualitaria, los regímenes basados en la absorción total de la sociedad por el Estado, “regímenes de transición” los llamó alguna vez Trotsky, no sólo cancelan todas y cada una de las libertades civiles modernas, sino que encierran probabilidades muy altas de desembocar en formas de capitalismo salvaje, tal y como sucedió en Rusia desde los años noventa, y como sucede en la actualidad en China. Sobra decir que la historia reciente de la izquierda es algo más (algo bastante más) que el destino que arrastró a la utopía de 1917.

En Occidente la expansión de los derechos civiles (cuestionada en países como Estados Unidos, Italia y Francia), la consolidación del espíritu del Estado de bienestar (bajo asedio por déficits fiscales y cambios demográficos), la legitimidad del orden secular, la diseminación de los derechos de género y tolerancia sexual, el nacimiento de la conciencia ecológica, el pacifismo y los métodos de la lucha no violenta, la defensa de los migrantes y de las minorías étnicas y culturales, la impugnación del racismo y de la homofobia han sido el fruto de las acciones de un abigarrado enjambre de organizaciones sociales, políticas y ciudadanas que fijan hoy el horizonte de expectativas para las transformaciones que siguen. El paradigma socialdemócrata, la conjunción de una democracia deliberativa con una ostensible distribución del ingreso en sociedades altamente productivas, queda como un aporte indiscutible de esa historia. La ironía es que su consagración llega en un mundo que ha vuelto anacrónicos a sus protagonistas tradicionales. Las desventuras (o, en un tono más teatral, las debacles) de Tony Blair, Zapatero y Papandreu cifran las huellas de ese anacronismo.

La izquierda del siglo XXI no parte de cero. Sin embargo, para reencontrarse, tendrá que hacer frente a su propia historia, encarar los desafíos de su presente y descubrir sus propias e inéditas opciones. Al menos ya sabe por dónde no hay que marchar. Y eso no es poca cosa. Explorar el espectro de esos desafíos requeriría varios volúmenes. Baste aquí con enumerar algunos de sus rasgos más notables

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