Sobre la pena de muerte

Capitán Swing acaba de editar Reflexiones sobre la pena de muerte, un volumen que reúne dos textos clásicos: ‘Reflexiones sobre la horca’, de Arthur Koestler, y ‘Reflexiones sobre la guillotina’, de Albert Camus. Para nuestra fortuna, El Cultural nos ofrece las primeras páginas de este libro:

I
La herencia del pasado

El proceso comienza, los abogados llegan; Los jueces ocupan su lugar (qué horrible espectáculo). John Gay, La ópera de cuatro centavos.

El diablo en la caja

Gran Bretaña es ese curioso país de Europa donde los autos circulan por la izquierda, donde se mide con pulgadas y yardas, y donde se cuelga a la gente por el cuello hasta producir la muerte. Jamás se le ocurrirá a la mayor parte de los británicos que alguien puede asombrarse de esas costumbres. Cada nación considera como naturales sus propias tradiciones, y la horca forma parte de las tradiciones británicas, ni más ni menos que contar en chelines y en peniques. Generaciones de niños han lanzado gritos de terror y de encanto delante del guiñol, cuando veían aparecer al títere verdugo. Cuatro verdugos famosos tienen su nombre en el Diccionario nacional biográfico: Jack Ketch, Calcraft y «William Boilman», y mientras vivieron fueron tan populares como pueden ser actualmente las estrellas de cine. Podría creerse que hay algo risible en ese procedimiento, como si la víctima que patalea en el extremo de la cuerda no fuera un ser humano, sino un maniquí de carnaval. Nuestro verdugo actual, Pierrepoint, tiene un cabaret con el lema: Ayudad al pobre diablo.

Su antiguo asistente era dueño de uno que se llamaba La cuerda y el ancla, y el Lord Chief Justice en ejercicio provocó el júbilo en un banquete de la Academia Real al contar la historia del juez que después de haber condenado a muerte a tres hombres había recibido el toque de diana de una orquesta que ejecutaba el célebre estribillo de la Asociación Náutica de Eton: Todos unidos nos balancearemos. Este detalle aparecía en un retrato de lord Goddard publicado en el The Observer y en el que también se leía lo siguiente:

Sobre su infancia se cuenta una historia que aunque fuera apócrifa justificaría de forma bastante exacta la leyenda que rodea a lord Goddard. Cuando entró al colegio de Marlborough, tuvo que plegarse a la costumbre que consistía en que cada nuevo alumno cantara o recitara alguna cosa en el dormitorio. Requerido para cantar, se cuenta que el futuro Chief Justice asombró enormemente a sus camaradas salmodiando con voz aguda la fórmula exacta de la condena a muerte: «De aquí seréis conducido al cadalso, y seréis colgado por el cuello hasta que la muerte se produzca. ¡Que Dios tenga piedad de vuestra alma!».

Todo ocurre entonces como si la horca fuera una especie de gracia macabra, como si se tratara de una vieja broma familiar y que sólo los abolicionistas y otros personajes desprovistos de humor fueran incapaces de apreciarla.

El 2 de noviembre de 1950, Mr. Albert Pierrepoint fue llamado a declarar ante la Comisión Real sobre la pena de muerte. Al preguntársele cuántas personas había llevado a la horca durante su carrera de verdugo, repuso: «Algunos centenares».

P.- ¿Conoció momentos difíciles?
R.- Uno solo durante toda mi carrera.
P.- ¿Qué le pasó?
R.- Era un grosero. No tuvimos suerte con él. No era inglés, era un espía. Hizo un escándalo horrible.
P.- ¿Luchó contra usted?
R.- No solamente contra mí, contra todo el mundo.

A M.H.N. Gedge, cuando era sheriff agregado del condado de Londres, igualmente le consultó la Comisión acerca del incidente provocado por ese personaje desagradable que había hecho tanto escándalo y confirmó las declaraciones de Mr. Pierrepoint.

Sí. Era un extranjero, y he observado personalmente que los ingleses se comportan mejor en esos casos que los extranjeros… Con la cabeza baja se lanzó sobre el ejecutor y se puso a forcejear con todas sus fuerzas. Ensayamos pasarle una correa alrededor de los brazos, pero seguíamos con mala suerte: la correa era nueva… Se arregló para liberar los brazos.

Todo está claro. La horca es perfecta para los ingleses; y hasta es como para creer que les gusta. Sólo con los extranjeros hay dificultades porque no aprecian ni el lado divertido ni el lado solemne y ritual de ese procedimiento, y tampoco la respetable tradición que lo respalda. Sobre este último fundamento hay que citar la respuesta del lord Chief Justice al preguntársele si era o no partidario de mantener la costumbre del juez de cubrirse de negro la cabeza al pronunciar una condena a muerte

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