Literatura de izquierda

Frente nos comparte un fragmento del úlitmo libro de Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda, publicado por Tumbona Ediciones:

Mientras que el mercado y la academia escriben en favor de sus convenciones, la literatura que me interesa —la literatura de izquierda— sospecha de toda convención, incluidas las propias. No busca inaugurar un nuevo paradigma, sino poner en cuestión la idea misma de éste, la idea misma de orden literario, cualquiera que éste sea. Es una literatura que escribe siempre pensando en el afuera, pero en un afuera que no es real; ese afuera no es el público, la crítica, la circulación, la posteridad, la tesis de doctorado, la sociología de la recepción, la contratapa, la palmadita en el hombro. Ese afuera ni siquiera es la tradición, la angustia de las influencias, otros libros. No. Ese afuera convencional está vedado para la literatura de izquierda, porque está escrita por el escritor sin público, por el que escribe para nadie, en nombre de nadie, sin otra red que el deseo loco de la novedad. Esa literatura no se dirige al público: se dirige al lenguaje. No se trata de la oposición novela de trama vs. novela de lenguaje —que es como decir: la oposición mercado vs. academia—, sino que es mucho más ambiciosa: apunta a la trama para narrar su descomposición, para poner el sentido en suspenso; apunta al lenguaje para perforarlo, para buscar ese afuera —el afuera del lenguaje— que nunca llega, que siempre se posterga, se disgrega (la literatura como forma de digresión), ese afuera, o quizás ese adentro inalcanzable: la metáfora del buceo (la invención de una lengua dentro de la lengua); ya no el buceo como búsqueda de la palabra justa, bella, precisa (el coral iluminado bajo el agua), sino como el momento en que la caza submarina se extravía y se convierte en chapa, ácido, vidrio molido, coral de vidrio molido (la exploración de un barco hundido).

Si la literatura no se las ve con el lenguaje, entonces es cierto: no le cabe otro lugar que la academia o el mercado.

Hace décadas, Barthes planteó el problema. Cito un largo párrafo: “En la lengua, servilismo y poder se confunden de manera ineluctable. Si se llama libertad no sólo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad fuera del lenguaje. Desgraciadamente el lenguaje humano no tiene exterior: es un a puertas cerradas. Sólo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística […]; o también por el amén nietzscheano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua […] Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, sólo nos resta, si así puedo decirlo, hacer trampa con la lengua, hacerle trampa a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura”.

La definición de Barthes es impecable. Pero insuficiente o acaso incompleta. Incompleta en la Argentina de la década del 2000. Porque ese lugar en el que según Barthes se escribe y se inscribe la literatura es “el esplendor de la revolución permanente”, esplendor que en el gauchisme de los setenta (la Lección inaugural es del año 77) radicaliza la herencia del 68. Pero aquí, ahora, entre nosotros, ¿a qué remite ese esplendor? ¿Nos informa sobre el avenir? ¿Ubica a la literatura en el plano del futuro? ¿Estaría sugiriendo Barthes que toda literatura es literatura del futuro?

Barthes plantea correctamente el problema general: cuando la literatura no se sustrae a la hegemonía del lenguaje, no lo enfrenta, ni lo trampea, entonces no es más que mera reproducción lingüística del poder. Así se escribe en el mercado y en la academia. Pero para ir más lejos es necesario hacer un ejercicio de interpretación fuerte, una traducción profunda del enunciado de Barthes a nuestro aquí y ahora.

Ese lugar en el que se escribe y se inscribe la literatura de izquierda, ese otro lugar que no es la academia ni el mercado, no existe. O mejor dicho: existe, pero no es visible, ni nunca lo será. Instalado en la pura negatividad, la visibilidad es su atributo ausente. Fuera del mercado, lejos de la academia, en otro mundo, el del buceo del lenguaje, en su balbuceo, se instituye una comunidad imaginaria, una comunidad negativa, la comunidad inoperante de la literatura

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